23/04/2026

Jorge Freire en 'Más de uno'
  • 12:30 MIN

Boda a pagar

El dilema de Jorge Freire

compartir
Boda a pagar

Jorge Freire se enfrenta a un dilema muy actual: una boda de ensueño que acaba en pesadilla financiera. Un oyente cuenta cómo, tras gastarse más de 170.000 euros en su enlace, muchos invitados no estuvieron a la altura… y ahora se pregunta si es legítimo reclamarles el dinero. ¿Dónde está el límite entre compromiso social y responsabilidad económica?

Querido Jorge:

Le escribo desde el interior de un cráter financiero todavía humeante, donde hasta hace poco hubo una cuenta corriente saneada. Hace tres semanas contraje matrimonio con la mujer que amo, y lo que en principio pretendía ser una ceremonia íntima degeneró en una fiesta de gran envergadura.

Invitamos a ciento noventa y ocho personas. El cubierto costaba trescientos euros por cabeza. Hubo barra libre de dieciséis horas con mixólogos traídos de Lisboa; una recena con ostras abiertas al momento; espectáculo ecuestre, una instalación de videoarte inmersivo sobre nuestra historia de amor, un fotomatón con vestuario de época y, en el clímax de la velada, un tenor descendiendo desde una grúa para cantar Nessun dorma.

Súmale a eso la finca, el coche nupcial, el fotógrafo, la quiromante, el DJ internacional y los regalos a los invitados, un smartphone para cada uno. En total, el presupuesto de la boda ascendió a ciento setenta y tres mil euros, cifra que escribo con no poca vergüenza.

Y sin embargo, Jorge, nada me había preparado para el segundo acto de esta tragedia: la apertura de sobres. De los ciento noventa y ocho invitados, solo cincuenta y uno entregaron cantidades decorosas. Treinta y cuatro dejaron sumas insultantes (veinte euros, quince, una tarjeta regalo de una tienda de bricolaje), y lo más desolador: ciento trece personas, ciento trece adultos funcionales, acudieron, cenaron bogavante azul y desaparecieron.

El resultado es que mi esposa y yo acumulamos ahora una deuda superior a los noventa mil euros. Y yo me pregunto: ¿Me asiste el derecho —si no legal, al menos moral— de reclamar a ciertos asistentes que alivien, aunque sea parcialmente, el agujero presupuestario que han contribuido a cavar? ¿O debo aceptar que el matrimonio moderno implica financiar, a pérdida, una fiesta para gorrones?

Espera su orientación,

David