11/06/2026

Jorge Freire está muy satisfecho con su trabajo como consejero de Más de uno después de que el oyente que le consultó la semana enviara una carta de agradecimiento. No obstante esta semana su deliberación no es sencilla, ha tenido que enfrentar un dilema amoroso en un zoológico.
Me llamo Flori, trabajo en un zoológico y acabo de descubrir una conjura sentimental. Félix, que es un capibara, y Matilde, una tortuga, estuvieron quince años compartiendo recinto. Simplemente ocurrió. Coincidieron, se habituaron y acabaron durmiendo juntos. Durante década y media han formado una de esas parejas que nadie sabe explicar, pero que funcionan.
Hace unos meses llegó una nueva directora: joven, pragmática, eficiente. Revisó las instalaciones, encargó informes, proyectó diapositivas y concluyó que era intolerable que un capibara conviviera con una tortuga. Tenía razón: la ciencia estaba de su parte. Los protocolos estaban de su parte. PowerPoint estaba de su parte. Así que los separó.
A partir de ese momento, Félix empezó a comportarse como un poeta ruso después de una ruptura amorosa. Comía poco y pasaba horas mirando al vacío. Matilde reaccionó de forma aún más inquietante: cada mañana caminaba hacia la esquina donde Félix solía dormir y permanecía allí inmóvil, mirando al horizonte.
Hace dos semanas, a última hora, mientras hacía inventario en el almacén de pienso, descubrí el complot. Una compañera -cuyo nombre omitiré- abrió el nuevo recinto de Félix y lo condujo, con sigilo de contrabandista, hasta su antigua estancia junto a Matilde, para que durmieran juntos. Desde entonces sé que cada noche, cuando el zoológico cierra, mi compañera vulnera media docena de protocolos para reunir clandestinamente a un capibara melancólico y a una tortuga geriátrica. Al amanecer devuelve a Félix a su recinto, pone el candado y finge que aquí no ha pasado nada, aunque en realidad ha pasado todo: Romeo ha cruzado el balcón, Julieta tiene caparazón y la celestina ficha a las siete.
¿Qué hago ante esto, Jorge? Si la denuncio, cumplo con mi obligación. Los protocolos existen por algo. Hay normas sanitarias, criterios de bienestar animal y una nueva directora que intenta poner orden en un zoológico. Pero entonces estaré delatando a una compañera que ha decidido jugarse el empleo para que dos animales que llevan quince años juntos no pasen sus últimos días separados por una resolución impecable y cruel. Y, si no la denuncio, ¿qué soy? ¿Una cómplice? ¿Una encubridora?
Atentamente,
Flori



