04/06/2026

La consulta que han enviado esta semana a Jorge Freire vuelve a situarnos en el terreno donde más dudas parecen surgir entre los oyentes de Más de uno: el trabajo. Según los datos que maneja el consultorio de Jorge Freire, más de la mitad de las cartas recibidas tienen que ver con conflictos laborales, desde problemas de convivencia entre compañeros hasta situaciones de inseguridad profesional. En esta ocasión, Sergio plantea un dilema surgido en su entorno de trabajo y busca orientación para saber cómo actuar ante una situación que le genera dudas tanto personales como profesionales.
Querido Jorge:
Siempre he creído que la amistad consiste, entre otras cosas, en la obligación tácita de ayudarse mutuamente en los pequeños asuntos materiales de la existencia. Por eso la mezquindad de este dilema moral me avergüenza.
Resulta que necesito dinero. No mucho, pero es urgente: tengo que arreglar la caldera, pagar una derrama y hacerme dos empastes. Así que he tomado la decisión de vender algo que poseo desde hace años. Un objeto raro, muy codiciado entre coleccionistas y cuyo valor, según he descubierto consultando foros, se ha disparado hasta extremos casi delirantes.
Aquí aparece el problema, Jorge. Tengo un compañero de trabajo, Ramiro, cuya vida emocional está organizada alrededor de la nostalgia y el coleccionismo, y que desde hace meses habla obsesivamente de encontrar ese mismo objeto. El hombre pasa los descansos consultando Wallapop con una concentración febril. Hace unos días le escuché decir que estaría dispuesto a endeudarse si aparecía uno en buen estado.
La cuestión es que si yo se lo ofreciera no podría cobrarle el precio de mercado. Tendría que hacerle “precio de colega”, sacrificando mucho dinero en virtud de la fraternidad oficinesca. La alternativa consiste en callar. Publicarlo discretamente en internet y esperar a que algún desconocido pague la cantidad obscena que ciertos adultos están dispuestos a desembolsar por artefactos vinculados a su infancia. Aunque sean tan absurdos como éste. Porque sí, Jorge: el objeto por el que mi conciencia libra esta batalla miserable entre amistad y codicia es un Furby original de 1998, edición limitada “Tigre Galáctico”, todavía en su caja. Mi estabilidad financiera depende de un muñeco electrónico peludo que emite sonidos cuando le aprietas el estómago.
¿Qué hago? ¿Debo comportarme como un ser humano decente y ofrecerle el Furby a Ramiro, aun sabiendo que eso implicará renunciar a una suma considerable? ¿O tengo derecho a maximizar el beneficio económico ocultándole la existencia del muñeco, como haría cualquier fondo buitre, pero con un juguete diabólico noventero?
Ansioso por tu consejo,
Sergio



