OPINIÓN

VÍDEO del monólogo de Carlos Alsina en Más de uno 13/03/2019

Ha empezado el día, en este programa, con la noticia de la libertad. La libertad recuperada por Luis Carlos Díaz, periodista y docente en Venezuela. 34 años.

Carlos Alsina | @carlos__alsina

Madrid | 13.03.2019 08:16

Lo detuvo la policía política de Maduro por animar a los venezolanos a grabar los efectos de la falta de electricidad, lo han tenido retenido veinticuatro horas y ha quedado en libertad con medidas cautelares. La primera, la prohibición de hablar del caso.

A las seis de la mañana escuchó este testimonio de Luis Carlos otro Luis, el padre, que reside en Barcelona y estaba a esa hora abriendo el café que saca adelante.

Seis años lleva Luis viviendo en España. A la pregunta de qué le decidió a abandonar su país, su respuesta fue una palabra: el miedo.

Ahora nos toca aprender de aviones. De modelos de avión, de sistemas automáticos que han ido contribuyendo a hacer más seguro el vuelo y del riesgo de que alguno de esos sistemas funcione mal y obligue al avión a hacer cosas que no debe sin que el piloto pueda impedirlo.

Puede parecer una película de miedo pero es una investigación, o una hipótesis, que tienen sobre la mesa los investigadores de dos accidentes aéreos: el de Indonesia de hace cinco meses y el de Etiopía de este fin de semana. Compañías distintas pero mismo modelo de avión: el 737 MAX 8 de la empresa estadounidense Boeing. Boeing, como Airbus, fabrica aviones. Se los vende a las compañías aéreas, se pintan con los colores y la marca de cada una y los manejan las tripulaciones de esas compañías. Pero el avión es el mismo, mismo modelo, mismas funciones, mismo comportamiento.

A estas horas ya habrá escuchado usted que la Unión Europea tomó ayer un medida muy inusual: cerrar su espacio aéreo a un modelo concreto de avión. O dicho de otro modo, prohibir que los 737 MAX 8 vuelen en la Unión Europea. Que es una forma de decirle a las compañías aéreas que tienen este modelo en su flota que, de momento, no lo utilicen. Decisión que, antes de que la tomara la Unión Europea, ya la habían tomado por su cuenta muchas compañías y los gobiernos de unos cuantos países.

¿Por qué? Porque en los dos accidentes que se investigan se han producido similitudes, o coincidencias, que hacen pensar que el problema puede estar en el aparato. En algún error que da el aparato unos minutos después del despegue o en alguna formación adicional que requieren los pilotos para utilizar el sistema. Este modelo, que empezó a venderse hace dos años, tiene motores más potentes y situados más adelante, lo que hace posible que el morro del avión se levante (se encabrite, por usar una imagen fácil de entender, como las motos). Ahí es donde entra en funcionamiento el sistema automático que detecta esa elevación y la corrige haciendo bajar el morro. El problema es qué sucede si el avión interpreta erróneamente las señales y baja el morro más de la cuenta o más tiempo del necesario sin que el piloto sea capaz de revertirlo.

Esto es, a falta de que la investigación avance, lo que está planteado como hipótesis. Es un hecho que Boeing tiene pendiente facilitar a las compañías que comprar este modelo un boletín explicando bien este sistema (el accidente de Indonesia fue en octubre) y que entre los pilotos hay división de opiniones sobre su funcionamiento. Y es un hecho que nada de eso puede consolar ya a las dos familias que estarán siguiendo esta historia del MAX 8 con el desgarro de saberse víctimas directas de lo que haya podido fallar porque a esas dos familias pertenecían Pilar Martínez, 32 años, de Cangas do Morrazo, y Jordi Dalmau, 46 años, de Granollers. Ingeniero químico él y cooperante de una ONG, ella. Dos de las 157 personas que fallecieron.

En dos meses y medio tenemos elecciones europeas. Sin el Reino Unido aunque el Reino Unido siga, para entonces, formando parte de la Unión Europea.

El Bréxit no termina de llegar y es cada vez más posible que no llegue nunca. Hoy, de nuevo, debate y votación en el Parlamento británico. Como ayer. Bueno, no exactamente como ayer. Ayer se debatió y se votó el tuneado del acuerdo que ya había sido rechazado una vez. La señora May volvió de Bruselas con un par de bazas más que ofrecer a los críticos, se dejó la voz defendiendo que esto es lo mejor que se va a conseguir y le tumbaron la propuesta.

Otra derrota para la eterna superviviente derrotada.

Hoy lo que se vota ya no es el acuerdo, sino qué se hace en ausencia de acuerdo. Es decir, si se aprueba un Brexit por las bravas —que no parece— o se le encarga al gobierno que pida la prórroga. Más tiempo para ver qué se hace. Pero tal como dijo ayer May, la Unión Europea va a querer saber para qué se pide ese tiempo. Cuál es el final de este camino que nunca acaba.

La opción de un segundo referéndum sonó ayer en boca de la líder conservadora. Como opción. Porque llegados a este punto, todas las opciones son posibles. Desde el divorcio a lo bruto si hoy lo secundara el Parlamento, hasta olvidarse del Bréxit en vista de que no hay manera de aclarar cómo, o convocar de nuevo a los británicos a las urnas para preguntarles qué prefieren.

En vísperas de elecciones europeas, aspira Carles Puigdemont, profeta que dejó tirado a Junqueras, a Rull, a Turull, a que los votantes españoles le hagan eurodiputado. Ha maniobrado para colocarse a sí mismo de candidato de la lista del PDeCAT, o la crida, o como al final se llame, y ha empezado ya su campaña en directo desde el sofá de la mansión. Mucha campaña necesita si al final el PNV se desmarca y no comparte lista. No está tan claro que Puigdemont en soledad tenga votos bastantes para salir elegido en unas elecciones que son a circunscripción única. Todos los votos pesan lo mismo. Él ha empezado prometiendo que si gana el escaño vuelve a España a chotearse del Tribunal Supremo porque no podrían tocarle un pelo. Pues adelante, ¿no?

Qué necesidad habrá de explicarle a Fakedemont que si viene a España no tiene inmunidad que valga. Déjenle que venga. Que se crea blindado frente al terrible Estado opresor que quiere prohibir no sólo las opiniones sino, como dice Elsa Artadi, los colores.

La represión española no conoce límites. La portavoz del gobierno de Cataluña denuncia que se quiere prohibir un color. El amarillo, en concreto. La Junta Electoral, según el inde-fake-dentismo, ha prohibido el amarillo. Cómo no sumarse a tan angustiosa denuncia. Si prohíben el amarillo, ¿qué pasará con los limones? ¿Y con las patatas fritas? El asunto, entiéndalo, es muy grave. Sí, ya sé que lo que ha dicho la Junta Electoral es que limpien de símbolos partidistas los edificios oficiales, pero eso a una portavoz de gobierno no tiene por qué importarle. Ella está consternada. Oprimida. Perseguida. Cómo no entender que se acuerde de Ana Frank, de aquello que Ana Frank escribió y que Artadi ayer hizo suyo: "No se nos permite tener nuestra opinión, la gente quiere que tengamos la boca cerrada". Ana Frank, escondida dos años en el ático antes de ser detenida y enviada al campo de concentración. Claro que no cabe establecer comparación entre Ana Frank y Elsa Artadi, pero la portavoz del gobierno catalán se refiere (entiéndalo) a la supresión de las libertades. "No se nos permite tener nuestra opinión. La gente quiere que tengamos la boca cerrada". ¿No es acaso maravilloso que esto lo diga alguien que es portavoz de un gobierno autonómico y dice cada día lo que le da la gana? "No se nos deja opinar", dice Artadi mientras opina compulsivamente. 'Quieren callarnos la boca', denuncia, mientras da una rueda de prensa, dos entrevistas y publica en Facebook y en Twitter. La represión es irrespirable.

En fin. Que vuelva, que vuelva Puigdemont. El echao-pa-alante. Oriol Junqueras está encantado de darle un abrazo cuando acuda a visitarle al Tribunal Supremo. Le harán la ola los procesados y le organizarán Torra y Artadi una comitiva —con banda de música y alcaldes de bastón erecto— para celebrar gozosos su regreso. Un cartel gigante con su foto de espaldas y la palabra "VuELve". ¿Qué le parece, comandante Waterloo? ¿Se viene ya y le damos una alegría a Manuel Marchena?