La última palabra:

Dársena

Dársena. Hoy la vemos en estaciones de autobuses, pero su origen tiene más de ciencia ficción y aventura de lo que imaginas: viene del árabe dar as-sina’ah, la “casa del arte”, los muelles donde se construían barcos para expediciones por el Mediterráneo. ¿Cómo pasó de naves a buses? Dale al play y descúbrelo.

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Madrid |

Muchas veces (más bien casi siempre) el contexto lo es todo. La palabra dársena parece vulgar y rutinaria cuando la leemos en los carteles de una estación de autobuses, entre el olor a café recalentado y la espera del vehículo que nos llevará de vuelta a casa.

Pero en las historias de ciencia ficción donde yo la descubrí, dársena era otra cosa: un lugar vibrante donde aterrizaban naves espaciales, el puerto del mismísimo Halcón Milenario.

El contraste es fascinante: lo que ahora asociamos a Moncloa o Plaza Castilla, un espacio de tránsito y prisas, en realidad esconde un origen cargado de épica. La palabra procede del árabe dar as-sina’ah, que significa casa del arte o casa de la fábrica. En tiempos de Al-Ándalus, designaba el muelle donde se construían y reparaban los barcos que partirían hacia expediciones ambiciosas por el Mediterráneo.

Así que, quizá, la dársena no haya perdido del todo su magia. Cada vez que leemos ese cartel en una estación, podemos pensar que también ahí se esconden sueños de partida, rutas por descubrir y aventuras que comienzan en silencio.

¿Y acaso hay algo más emocionante que los viajes que nos esperan, ocultos, tras cada dársena?