En medio de la tragedia ferroviaria, Adamuz respondió como solo saben hacerlo los pueblos cuando ocurre lo impensable.
Con apenas 4.000 habitantes, sus vecinos se volcaron de manera inmediata y espontánea ante un suceso que nadie esperaba.
Sin organización previa ni instrucciones, las casas se abrieron, llegaron mantas, agua, comida y manos dispuestas a ayudar. En cuestión de minutos, el pueblo entero se convirtió en un refugio improvisado, demostrando que, frente al desastre, la solidaridad puede ser más rápida y eficaz que cualquier protocolo.
Una labor reconocida por el propio rey Felipe VI.
Uno de los vecinos que desde primera hora estuvo colaborando fue Antonio Ranchal. Él es dueño de la finca que colinda con las vías del tren.
Antonio recibió una llamada de la Guardia Civil y se puso manos a la obra: "Entonces no tenía noticias. Se rumoreaba que había habido un accidente, pero no se sabía exactamente todavía lo que era. Entonces la Guardia Civil de Córdoba me aconsejó que me acercara porque seguramente las cancelas habría que abrirlas porque era toda la avalancha ya de de servicios de emergencia, ambulancia, Guardia Civil, Protección Civil, Sanidad... Se hicieron un tapón en la jaula entrada. Aquello es un camino de 600 metros de anchura. Entonces yo como lindo con ello, abrí la cancela de la finca y empezamos a meter todos los vehículos a lo largo de mi camino dentro de la finca, a ordenarlo allí para que tuviesen todo bien colocado y para que fluyese luego la ambulancia a la hora de atender a los heridos."
Una visión de la tragedia que cambia para ellos con las primeras luces del día: "Anoche, como estaba todo oscuro, creíamos que los dos lados estaban más o menos juntos, pero no se veía exactamente cómo había sido el accidente. Y esta mañana, claro, cuando llego, vimos que uno de los trenes estaba subido en el cambio de vía"
