No sabe llover. En España hay sitios donde no ha sabido llover nunca.
Yo recuerdo de mi infancia murciana la risa con los forasteros que dejaban el coche aparcado en la rambla y tenían que ir a recuperarlo tres kilómetros más allá, convertidos en chatarra, tras una tormenta de quince minutos. Había una sabiduría popular asociada al no saber llover, hecha de refranes, observaciones y calendarios zaragozanos.
Los viejos asentían con pesadumbre ante catástrofes como la del camping de Biescas, porque ellos ya lo sabían. Esos viejos desaparecían con su vara, como zahoríes, de la silla de tomar el fresco cuando caían tres gotas de barro en un día salvaje de verano. Eran nuestra alerta por situación meteorológica extrema. Pero las cosas han cambiado.
Hoy a los viejos no les presta atención nadie, y los viejos saberes se borran bajo el peso de una tecnología que pretende ser arúspice pero sigue sin adivinar al cien por cien. En Zaragoza ayer no hubo alerta y varias personas tuvieron aprietos, y varias casas quedaron anegadas, mientras que en Valencia la alerta sonó con doce horas de anticipación, provocando el pánico de una gente traumatizada por sus barrancos y sus escorrentías. Hoy llueve peor que cuando los viejos miraban las nubes y notaban los cambios de viento en la punta de la nariz.
El trauma por la catástrofe de la dana del año pasado revivirá este otoño, entre pitidos de alerta en el móvil y políticos empecinados en revolcarse en el peor barro de todos.Un año después de la dana no parece que España esté tomando las decisiones políticas correctas. Si el cambio climático va a hacer que llueva peor, ciertas zonas de nuestro país requieren grandes obras públicas que sirvan de escudo ante lo inevitable. Barreras, canalizaciones y embalses. Grandes proyectos que den esperanza a lo que hoy es miedo y desánimo. Los humanos se adaptan a las condiciones más adversas.
Levantaron un imperio en zonas inundables como los Países Bajos y salvaron las riberas del Nilo de su catastrófica crecida anual. Pero para esto, necesitan líderes menos interesados en meter bajo el agua la cabeza del adversario.
