El juez Peinado ha informado a Begoña Gómez de que tendrá que sentarse ante un jurado popular si lo suyo termina yendo a juicio. A ver. Peinado es un juez de aquella manera, pero esto no es más que una notificación. No ha decidido nada el juez, rollo sádico. No ha pensado: a esta la voy a poner yo ahora como a Cersei Lannister en aquel capítulo de Juego de Tronos. No: la ley dice que ciertos delitos y ciertas peticiones de pena corresponde juzgarlas a un jurado popular, y Peinado se ha limitado a informar a Begoña Gómez. Punto.
Pues ríos de tinta. Se dice estos días que Peinado lo hace por crueldad. Se dice que lo hace porque sabe que los jurados condenan casi todo lo que les pasa por delante. Se dice que ha hecho el cálculo de que, siendo la Comunidad de Madrid, poco menos que va a terminar conformando el jurado el club de fans de Isabel Díaz Ayuso. Se dice de todo, como siempre.
Pero da la casualidad de que la figura del jurado y sus ámbitos de actuación es una cosa que metió en 1995 Belloch, un ministro socialista, con grandes celebraciones de progreso. El jurado, se decía, acerca la justicia a los ciudadanos. Si en estos años han descubierto los socialistas que los jurados no son de fiar, ¿por qué no lo han dicho hasta que le ha tocado a Begoña? ¿Toda esa gente que pasó ante el jurado antes que Begoña daba igual?
Pero eso no es lo más divertido: los que claman ahora contra el jurado son los mismos que llevan meses hablando de “lawfare” y pintando a los jueces de enemigos viscerales del gobierno plurinacional y de progreso. Pues no entiendo. Si tan malos son los jueces, si tanta necesidad hay de “democratizar la justicia” y meter en la judicatura a “gente normal”, ¿por qué protestan? La decisión sobre Begoña no la van a tomar jueces, sino gente. ¡Esto hay que celebrarlo!
