Condeno lo de Gaza, se llame genocidio o no, porque tengo mis propias palabras para saber lo que es imperdonable. Condeno a Hamás, que usa a su población como carne para el martirio de Alá, porque ellos dicen “¡viva la muerte!” pero viven en AbuDabi, y porque quieren una Palestina libre pero no para las mujeres, ni las maricas, ni los poetas. Condeno a Putin por meterse en Ucrania y por meterse en Georgia y por tener a los rusos entre cabizbajos y enardecidos. Condeno a Boko Haram por reducir Nigeria a pisotones con sus botas militares. Condeno a todos los que han metido sus manos en Yemen hasta hacerlo pedazos, y a los rebeldes que pelean para apropiarse los pedazos. Y al dictador que recibió de su padre Siria como herencia y la gobernó con mano de hierro, y a los rebeldes que la liberaron de Al Assad para incendiarla, y todos los países que la vieron como una ficha de geopolítica, y a los nuevos dictadores barbudos, asesinos y fanáticos, que ahora la gobiernan y dicen que hay paz porque fusilan al que molesta. Y condeno al Rey de Marruecos que domina al Sahara, y al presidente español que se lo entregó sin explicarnos por qué, y a quienes cambiaron en aquel momento la bandera de un pueblo oprimido por la de otro pueblo oprimido, como si nada.
Qué otra cosa nos queda a los que no hemos matado una mosca, sino condenar, y condenar, desde casa, pensando, a los criminales de guerra, sabiendo como sabemos que muchos quedarán impunes, y someterán a otros, y provocarán nuevas matanzas que condenaremos, y condenaremos, y condenaremos. Al menos miremos todo. Condenemos sin condenar por bandos, según la estrategia de alguien que saca contrapartida. Condenemos al que hiere al ser humano como si fuera un obstáculo para sus planes, sin otra ideología que ser humanos, ponga la masa los ojos donde los ponga. Que no quede un sátrapa sin mi condena, aunque todos sigan libres cuando quieren destrozar las vidas de los auténticos condenados.
