Hoy vamos a hablar del pan, de esas historias que comienzan antes del amanecer, cuando la ciudad duerme y el horno encendido da sentido a la palabra oficio. Este jueves abrimos la despensa de la radio para conocer la historia de José Roldán. Nuestro protagonista creció entre harinas, levadura y manos expertas. Aprendió el arte del pan observando a su padre en el obrador familiar de Córdoba, donde cada barra y cada bollo era una lección de paciencia y respeto por el producto. Entre hornadas y aprendizaje, José entendió que la panadería es mucho más que un trabajo. Es una manera de mirar la vida con dedicación, respeto y amor por lo bien hecho. Con los años, la pasión se convirtió en vocación y más tarde en un compromiso. Él quería dignificar la panadería, demostrar que el pan también puede ser arte y cultura.
En una sociedad donde lo rápido y lo industrial parece imponerse, el pan artesano nos recuerda la importancia del tiempo, del gesto repetido, de la paciencia. Porque hacer pan es también cuidar, unir, transmitir y crear recuerdo. Cada hogaza cuenta una historia, la de quien la amasa, la de quien la comparte y la de quien nos sentamos alrededor de una mesa para tomarlas.
José Roldan ha sido reconocido como mejor panadero del mundo en 2025 para lograr ese título es necesario que cada país postule a su candidato. "Los candidatos tenemos que decir cuántos premios hemos ganado en lo que va de trayectoria, cuántas publicaciones hemos hecho, qué hemos aportado al sector, no solamente a nivel nacional, sino internacional. Y con todo ello, pues el jurado decide y cada año dan el título al panadero mundial del año y este 2025 pues ha recaído en España y en mi", ha explicado en Por fin. Preguntado sobre cómo se viaja para hacer frente a la competición, José Roldán ha indicado que tienen que viajar en una furgoneta con todo el material porque una vez que llegas al concurso te dan unas 8 horas para elaborar la cantidad de productos que te exigen.
Yo tengo la suerte de dedicarme a mi hobby
Sobre sus inicios en el mundo ha confesado que al inicio lo odiaba. "Me parecía el oficio más aburrido del mundo. Porque imaginaros, yo veía una máquina donde salían unos trozos de, de masa, lo que ahora entendemos por una barra. Yo veía gente allí medio dormida poniéndolo en una bandeja y pensaba: "Oye, qué oficio más aburrido". Y sin embargo, la pastelería era todo lo contrario. Era fruta, era decoración en chocolate, era olor a, a caramelo, a azúcar... y era fantástico. Y luego tuve la suerte de viajar a Francia y a Suiza y a... y ver que la panadería era totalmente diferente. Digo: "Oye, digo, esto no es lo que yo veo en el día a día". Y a partir de ahí me enganché", ha recordado Roldán.
Yo leía todas las revistas que venían a casa, me aprendía de memoria todas las recetas, era un friki
De la panadería artesana José Roldan ha destacado el trato humano: "Tenemos la suerte de que al final el público que viene pues le gusta sentirse querido y que confía en nosotros y nos dicen: 'Oye, mira, tengo un problema con el estómago, quiero espelta integral o quiero un pan de masa madre o quiero un pan para una comida del domingo que tengo especial'. Y ese trato con el cliente hace que podamos hacer los panes pues más personalizados. Y eso es lo bonito del artesano, de un obrador donde podamos atender día a día al cliente y que se sienta querido por nosotros".
