Querido Juan Diego, muy buenos días a todos. Conocía muchas dualidades en el país: conservadores-progresistas, tortilla con o sin cebolla, mejor la Pantoja que la Jurado… Pero los dos tipos de "campechanía" no los vi venir. Un modelo es el que representa el Emérito y que tantos parabienes le ha acarreado a lo largo de su dilatada vida. El otro es el que encarna el presidente Revilla, que anchoa va, anchoa viene, sus buenas famas también arrastra. Ser campechano tiene sus riesgos y sus ventajas. Hablas mucho, sin filtro, te mimetizas con la plebe… Pero a la vez corres el peligro de extralimitarte, de caer gordo y hasta de repetirte hasta decir basta. Al monarca le ayudó para reinar en un país que se acostó franquista y amaneció con profundas raíces democráticas. También lo usó para ser dicharachero, cariñoso y coleccionista de… billetes. Al político para imponerse en las elecciones como una especie de Paco Martínez Soria con bigote y sin boina: "¡Oye! ¿Te gusta su programa de medidas? Ni idea, la verdad, pero me cae tan simpático…". Las campechanías se atrajeron, hasta que tanto empacho de naturalidad, buen rollo y palmadas en la espalda nos llevaron a la verborrea incisiva. No sé que dirán los jueces, yo por mi parte he aprendido a mirar con cariño a la contención y a la prudencia. ¡¡¡Buen finde, amigos!!!