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VÍDEO | OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "La fiesta madrileña de este año, con Garrido, Aguado, Espinar, es la quedada de los interinos"

Madrid contra el francés. Hoy celebra su día la región madrileña. Que es Comunidad Autónoma pero en donde a nadie le molesta que se la llame región. O de cualquier otra manera.

Carlos Alsina | @carlos__alsina |  Madrid |  02/05/2018

Madrid, aunque usted no lo sepa, tiene un himno. ¡Con letra!

Se podría cantar si los madrileños se lo supieran.

La letra la escribió Agustín García Calvo. Que era tan madrileño como cualquiera que haya nacido vivido en Madrid habiendo nacido en Zamora. O en donde sea.

La letra es hija de García Calvo y es hija de su tiempo. Los ochenta. El nacimiento de las autonomías. La rareza que para los madrileños de entonces suponía emanciparse de Castilla la Vieja, o que Castilla se emancipara de ellos. La letra de este himno se parece poco a la de cualquier otro himno regional. Es irónica, es ácida, es divertida. No evoca batallas, ni victorias ni derrotas. No recurre a conceptos elevados: la libertad, la tierra, el trabajo, la patria. No exalta —yo creo que porque no la encuentra— la idiosincrasia madrileña. Es la anti letra de himno.

Mire usted cómo empieza.

Habla Madrid y dice cómo ha sido esto de hacerse autonomía: "Yo era el centro y las otras giraban en corro, pero el corro se rompe y sola me quedo. Porque cada cual quiere ser cada una, no voy a ser menos".

Las vueltas que da el mundo para estarse quieto. Que era como decir que si había que ser autonomía, pues autonomía se era. Soy el ente autónomo último, sólo por ser algo soy madrileño. Yo soy todos y nadie. De Madrid al cielo.

Ya ve usted que ni Daoiz y Velarde, ni la lucha contra el francés, ni los alcaldes de Móstoles ni nada. Era un himno pensado para ser cantado con sorna, con el orgullo de quien se toma a broma a sí mismo. Igual por eso nadie jamás se lo aprendió.

Ninguno de los símbolos disfrutan ni del conocimiento generalizado ni del fervor popular de los madrileños. Los símbolos principales de la región son la Cibeles, Neptuno y, si acaso, la M-40. Y ello porque la M-50 nunca ha terminado de cerrarse por aquí arriba, que eso le resta influencia en el día a día de nuestra especie autóctona más conocida, el automovilista con prisas.

Estamos emitiendo desde el norte de la comunidad que hoy celebra su fiesta. Y con tal motivo les ofrezco un rápido tutorial a los oyentes que me escuchan desde cualquier otro lugar del reino.

El corazón político de esta región está partío: entre Vallecas y la Puerta del Sol. Vallecas acoge dos de nuestras instituciones principales: la sede el Parlamento regional y el estadio del Rayo. Mucho más concurrida la segunda que la primera salvo cuando hay algún escándalo que debatir, que en Madrid es casi siempre. La Puerta del Sol acoge otras tres instituciones madrileñas: la tienda de Apple, La Mallorquina y la presidencia del gobierno autonómico.

De todos estos lugares por donde fluye cada día la vida de Madrid, uno será el que atraiga hoy la atención de los quinielistas: justo aquel que se encuentra en estado de mudanza porque ha cambiado de ocupante. Se llama La Real Casa de Correos, el edificio más antiguo de la plaza. Usted lo conoce de verlo en televisión al menos dos veces cada año: cuando nos tomamos las uvas en Nochevieja y cuando la presidencia autonómica se tambalea por algún escándalo.

El edificio se construyó a finales del siglo XVIII —mucho antes, por tanto, de que existiera no sólo Esperanza Aguirre, sino Leguina, Pepe Acosta y la Federación Socialista Madrileña— y cuando fue inaugurado mereció el rechazo general de los madrileños porque, en verdad, no gustaba. Se lo veía soso. Con un patio interior muy amplio pero sin escalera deslumbrante. De tal modo que encarnó el edificio, desde su mismo inicio, la primera de las cualidades del pueblo de Madrid, que es que casi nada le gusta. Virtud que en los tratados de ciencia política se conoce como espíritu crítico y en los tratados taurinos como tendido siete.

Los cronistas venidos de fuera que gustan de vincular Madrid con el centralismo franquista. Los hay que gustan mucho de martillear con perseverancia en este tópico, no todos periodistas catalanes, seamos justos. Mencionan con sonrisa de medio lado que fue este mismo edificio el que acogió la Dirección General de Seguridad franquista. Gustan de mencionar menos que fue en uno de sus balcones donde ondeó la bandera republicana un catorce de abril del 31 mientras mi abuela, como una madrileña más, se sumaba a la fiesta en ambiente —mira, aquí sí— de jolgorio y regocijo.

En Madrid la política regional ha interesado siempre poco. A los ciudadanos, me refiero, porque a la UCO y a la UDEF les ha dado la vida. La Lezo, la Gürtel, la púnica. "En Madrid nunca falta trabajo", dicen los policías anti corrupción con entusiasmo, porque es un desafío profesional para ellos, y con amargura, porque es la prueba de que aquí se ha trincado mucho. Pero es verdad que el día a día de la política autonómica no engancha a los espectadores.

Quitando algunos episodios concretos —Aguirre parando el coche en el carril bus, Granados y afición (presunta) a espiar compañeros, González tomando café con el comisario Villarejo mientras éste le graba (presuntamente también), Ramón Espinar bebiéndose las coca colas de dos en dos o Cifuentes en el supermercado— el interés de los madrileños está más en la política nacional. O sea, en Cataluña. Tú sales a la calle a preguntar quién es Lorena Ruiz Huerta y…así así. Pero preguntas quien es Montserrat Fornells i Sole y nadie duda: la diputada de Esquerra nacida en Vilanova de l’Aguda. Amanecen los madrileños amanecen cada mañana preguntándose cómo lleva Elsa Artadi lo suyo. Pero a nadie se le ocurre preguntarse si sigue en su cargo Paloma Adrados.

Ahora es cuando los oyentes de Madrid estáis diciendo: ¿Paloma Adrados? Paloma Adrados… El caso es que me suena. ¿Una presentadora?

Gracias a la Universidad Rey Juan Carlos y a su máster en realidad virtual la política regional ha dado, en este último mes, un gran salto. Al vacío. Madrid se ha quedado sin presidenta y ha estado a punto de serlo el ex ministro Ángel Gabilondo. Que es un señor que gusta mucho pero se le vota poco. Dices: bueno, quedó segundo. Ya, pero con ochocientos mil votos. Simancas llegó a tener un millón doscientos veinticinco mil votos hace quince años. Dices: para lo que le sirvió. Eso es verdad. Pero es que pasó lo del tamayazo. Eso también interesó a los madrileños, ¿ves? Desde aquello el PSOE nunca ha tenido tantísimos votos.

El caso es que Madrid celebra hoy su fiesta regional y la Real Casa de Correos, el edificio del reloj, se va a convertir en la Real Casa de Apuestas y Quinielas. Porque la recepción de este año es la kedada de los interinos. Un presidente autonómico en funciones, Garrido. Unos cuantos dirigentes del PP que se dejarán ver por allí aunque ni ellos mismos sepan si eso significa que serán candidatos a algo el próximo año (ahí estará Sáenz de Santamaría, enviada por Rajoy para que se hable de ello). Un candidato que hoy ganaría las elecciones según los sondeos, Aguado, el de Ciudadanos, pero al que en su partido está buscando relevo. Gabilondo, que es el único que tiene la candidatura asegurada y que resuma alivio desde que decayó la moción de censura. Y Ramón Espinar, Podemos, que ni será candidato ni lo fue la última vez. ¿Sabe usted quién fue el candidato de Podemos hace tres años? A mi no me lo pregunte. Soy madrileño. No me acuerdo. Tampoco sabe usted quién es Paloma Adrados.

Podemos presentó en 2015 a José Manuel López. Consiguió la proeza de ser menos conocido aún que el himno.