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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "Después de la paliza al Guardia Civil, su novia, toda la vida en Alsasua, ha tenido que irse del pueblo"

Como lo han contado ellos mismos, no hace falta que se lo cuente yo.

Ondacero.es |  Madrid |  Actualizado el 16/07/2018 a las 15:23 horas

Ésta es la historia de cuatro jóvenes. Dos parejas de chico y chica. María José y Óscar, veinte años ella, veintitrés él. Pilar y Álvaro, treintañeros. Cuatro amigos que salen a tomar unas copas un sábado por la noche. Entran a un bar con intención de pasar un buen rato. Acaban en la puerta de ese bar, tirados en la calle, apaleados por un grupo de individuos que, a la luz del parte médico, no escatimaron violencia.

Ésta es la historia contada por los cuatro jóvenes de Alsasua. Los que aquel día recibieron la paliza.

La joven que presentó la denuncia contra los agresores fue María José. De los cuatro, la que más años llevaba en Alsasua. Desde los tres años vivía en la localidad. Una chica de Alsasua que había recorrido las mismas calles que los procesados, había participado en las mismas fiestas patronales, había visitado, seguro, los mismos bares.

Ella no ha cambiado el relato que hizo desde el primer día. Siempre dijo que los agresores sabían que su novio y el otro amigo eran guardias y que ella se interpuso cuando empezaron a increparles y les dijo que si querían pegarles a ellos tendrían que pegarle primero a ella.

Maria José, la chica de Alsasua, contó ayer lo que vino después de aquella denuncia. Lo que pasó luego, que hasta ahora se ha contado menos. Y quien lo cuenta no es una extraña venida de fuera. Es una joven que tuvo que irse de su pueblo, alejarse de su familia, asfixiada por la presión de quienes le hicieron la vida imposible.

María José, Pilar, Óscar, Álvaro. Los agredidos de Alsasua. Esa condición, la de agredidos, no parece que se la niegue nadie.

Su testimonio lo escucharon ayer, como el resto de los presentes en la sala, los ocho procesados, los ocho de Alsasua que niegan haber tenido ninguna participación en las agresiones que se relatan. Estaban allí con el nuevo look elegido por sus abogados, el jerseycito de cuello redondo, la camisa, el pelo corto. El peinado que antes no llevaban. Como diría el abogado Ollé, el peinado vasco.

El tribunal juzgador establecerá criterio: será delito de terrorismo, será de lesiones graves, o será ya veremos qué. Pero que cuatro jóvenes entraron aquella noche a tomar una copa a un bar y terminaron apaleados en la calle tampoco parece que nadie lo niegue nadie.

Ah, que hay serial.

El serial catalán. Cuatro meses después de las elecciones. Seis meses de la aplicación del 155. Siete desde que el rodillo independentista aprobara las leyes contra la Constitución y el Estatuto. Se está haciendo la temporada eterna.

La verdad es que el serial anda un poco mustio porque el argumento no avanza. Las andanzas de Puigdemont en Berlín han enganchado poco a la audiencia.

Y el juego éste de a quién investimos hoy ha perdido la gracia que, en realidad, nunca tuvo. Los espectadores se aburren. Y los actores andan que ni p’alante ni p’atrás. Sin escenas nuevas que cautiven a la audiencia.

Pero se han metido con fuerza en el serial unos señores que llevan toga. Los jueces. Jueces españoles y jueces alemanes.

Echándose un pulso a la manera en que se echan pulsos los tribunales, que es rellenando papeles.

Ayer recordábamos aquí el sketch de los Monty Python del partido de fútbol entre filósofos y esto es como el combate de boxeo entre juristas. Tú intentas noquearme haciendo un gurruño con la eurorden y yo te devuelvo el golpe soltándote veinte folios de jurisprudencia española sobre la rebelión y la violencia. Venid a por otra, alemanes.

Narrar en directo un combate entre señores con toga de tal manera que resulte apasionante es un desafío que sólo está a la altura de Matías Prats padre. Pero, resumiendo mucho, lo que hoy tenemos sobre la mesa es el juego de piernas que ha hecho la Sala de Apelaciones del Supremo para utilizar la respuesta que tenía que darle a un recurso que tenía presentado Jordi Sánchez como nave nodriza, o vaina, en la que introducir la respuesta que el Supremo quería darle a una pregunta que nadie, en realidad, le había hecho. Que es: qué le parece a usted lo que han dicho los tres jueces alemanes. A saber: que el señor Puigdemont puede pasearse libremente por Berlín porque la acusación de rebelión no encaja en el código alemán porque no hubo violencia suficiente.

Los jueces del Supremo, que venían poniendo finos a los alemanes sotto voce y en conversación con algunos periodistas, se han animado a ponerlo todo en un papel. Le hacen saber la tribunal de Schleswig-Holstein que comparar el golpe a la legalidad democrática cometida por un gobierno autonómica con la manifestación de unos señores contra la ampliación de un aeropuerto no tiene un pase. Y que harían mejor los colegas germanos en explicar cómo es eso de que si Puigdemont fuera alemán y hubiera proclamado la secesión de un lander no se le habría acusado de nada.

Dice una cosa muy cierta el Supremo: que el intento de neutralizar la Constitución en Cataluña lo lideró el gobierno regional, es decir, quien tenía ya el poder político y abusó de esa circunstancia. Y dice también, y es verdad, que ese gobierno autonómico se empeñó en celebrar un referéndum a pesar de que había sido suspendido para poder utilizarlo como palanca para dar por acabada la Constitución y el Estatuto. Y que sabiendo que el Estado intentaría evitar que el referéndum se celebrara, instó a la población a acudir a los colegios a interponerse entre la policía y las urnas.

Lo que pasa es que también dice el Supremo, y ahí se le va la mano, que si no hubo más violencia es porque sólo había seis mil policías. Literalmente: "que si hubiera intervenido un número bastante mayor de policías es muy probable que todo acabara en una masacre". Y que seguro que los alemanes habrían entregado entonces a Puigdemont sin darle tantas vueltas. Hombre, sostener que más policías trae consigo una masacre es mucho sostener. Parecen Marta Rovira con las visiones aquellas que tenía de muertos en las calles.

Una cosa es que los magistrados estén irritados, o escocidos, con el criterio estrecho de los jueces de Holstein, Martin, Mathias y Mathias, y otra que la irritación se les note.

Lo más importante de lo que dicen, en realidad, es esto otro: que si el trío alemán no ve justificada la acusación de rebelión, siempre puede entregar al prófugo por sedición, que es un grado menos que la rebelión pero es bastante más que una malversación. El delito de malversación que quien está torpedando con más eficacia es Cristóbal Montoro.