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Historias del Valle sin retorno 36

Historias del Valle sin retorno: Ta-chín… / Ta-dah…

Adam Gutiérrez, el sobrino de John Donahue, ya está en la Habana. Ha viajado desde Montreal, Canadá, sorteando las restricciones aún vigentes para los del pasaporte azul. Vuelo de Air China. Non stop. Tres horas y media. Cuatrocientos dólares. Por pillar un pasaje barato, Adam ha perdido varios días de universidad en Syracuse y se ha ganado una bronca monumental de sus padres. House Hulio y Anna no le han perdonado que haya decidido ausentarse del funeral de su tía Kathy. “Impresentable”, le han dicho, pero Adam piensa que la vida sigue. Uno puede permitirse romper con la familia, pero nunca con la historia. Obama y los Rolling Stone están a punto de convertirse en piratas del Caribe y Adam Gutiérrez va a estar allí para testificarlo.

Guillermo Fesser |  Madrid |  18/03/2016

Pasadas las primeras emociones, Adam no tarda mucho en entender lo que su amiga Marta López, que le hace de guía, intenta explicarle: “que Cuba a simple vista sí, pero luego no.” Marta, a la que aquí llaman Martica, se lo cuenta con estas palabras: “Está el vaivén de dos monedas, las guaguas que paran aquí pero luego ya no, las papas del mercado negro a precio de langosta, el español que deberías entender pero no siempre, el súper en el que hay poco más que menos: latas de 5kg de melocotón en almíbar, galletitas saladas, pan, arroz, frijoles y aceite de soja…” “No, en serio,” se pregunta su interlocutora en voz alta: “¿dónde está la comida?”

“Si tienes hambre más vale que te guste el puerco. Está disponible en muy diversas modalidades: bistec de cerdo, bistec empanado, sándwich de jamón, lechón con arroz, rollito de jamón, picadillo… No hay té y el precio de la leche sigue muy de cerca al del ron pero eso…” Marta baja la voz, mira a ambos lados para cerciorarse de que no hay oídos apuntando hacia ellos y le susurra a su amigo: “Pero eso… Eso no se lo decimos a Teleñeco. Shisss.”

Camino del malecón se cruzan con algunos almendrones. Carros americanos largos que aún botean las calles. Marta para uno. “Sube, Adam” le invita a su huésped. “Suaaaave, niño, suaaave” le increpa el conductor con una miradita y un suspiro. “Es que las puertas están que se caen, y hay que cerrarlas con cuidado” le guiña un ojo su amiga. “Ya sé que la novedad termina por desgastarse, pero no me negarás que 10 pesos por viajar en el amplio asiento trasero de un Chevy de los cincuenta, con derecho a música y conversación, no supone toda una ganga.”

Desde el auto, a Adam La Habana se le antoja infinita. “No hay dos casas iguales” le va poniendo voz en off su guía a las imágenes. “Los barrios son un museo de una época que se quedó anclada en el sueño eterno. Como el mobiliario de las heladerías, el menaje del hogar y la moda pret-a-porter femenina. Las calles, una mezcla ecléctica entre Maputo y Bucarest. Y, si te pierdes por los patios, encuentras mansiones de algún Gatsby abandonadas, terrazas deliciosas y pisos de Cuéntame en versión tropical; intactos desde la revolución, pero con humedades añadidas por cortesía del paso del tiempo.”

Al atardecer la oscuridad de un parque se llena de lucecitas. Son pantallas de tablets y smartphones. “A través de las tarjetas de conexión al mundo, las Nauta, intentan

conectarse con los de enfrente, que es como se refieren aquí a Miami” explica Marta. Adam avanza unos metros y se sienta en un banco de mármol blanco a contemplar el revoloteo de luciérnagas. Con disimulo, no puede evitar prestar atención a las conversaciones que se cruzan. “¿Usted ya resolvió?” Los familiares se cuentan las pericias de la semana: la salud de la matriarca, los precios en el “agro”, cómo avanza el cuentapropismo y la visita inminente de Obama, “¡Que es tan simpático…!” “Aquí le adoran” confirma Marta sentándose junto a su amigo. “¿Qué crees tú que piensa la gente?” le pregunta Adam confuso. “Bueno” responde Martica, “yo creo que los interrogantes, como los reyes magos, siempre vienen de a tres. Y aquí Melchor es ¿saldrá Fidel a recibir?, Gaspar ¿vendrán los Yankees a jugar un amistoso? y, sobre todo, sobre todo, Baltasar trae la pregunta del millón: ¿cambiará de verdad algo esta visita?”

A escasos metros, en la cuneta, un grupo de hombres reparte un manojo de lomos y salchichas que han sacado del falso suelo de un coche de fabricación polaca y, apresuradamente, se dispersan mientras el conductor arranca a toda mecha