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CAPÍTULO 17

Historias del valle sin retorno: Coches amarillos / Yellow cars

En las granjas del Valle Sin Retorno, no resulta extraño observar caballos cubiertos hasta las cejas por mantitas que imitan la piel de cebra. Cada vez que detecta uno en el paisaje, Mickey Donahue lo señala desde la cabina del camión de su padre y grita “zebra!” Definitivamente, localizar corceles disfrazados resulta más emocionante que el tradicional counting yellow cars; el juego de contar coches amarillos al que solían dejarse ganar sus hermanas. “Yellow car!”

Guillermo Fesser |  Madrid |  26/09/2015

Los toldos fueron siempre de rayas y no por capricho; sino porque se está más fresquito debajo. Eran como las sombrillas de Muerte en Venecia (azul marino y blanco) o marrón y crema, hasta que primó la moda sobre el sentido común, y nos olvidamos que los tapiceros originalmente intentaban imitar a las cebras. Cuando los rayos del sol se proyectan sobre los equinos africanos, el blanco refleja el calor y el negro lo absorbe. La extrema diferencia térmica que se produce entre rayas contiguas crea una corriente de aire que disminuye la temperatura en 9 grados.

El león será el rey de la selva, pero las que llevan aire acondicionado de serie son las cebras. Además, la pelliza estampada en blanco y negro confunde a los tábanos, horseflies, que prefieren posarse en superficies monocromáticas, y así evitan sus tremendas picaduras.

Los dueños de las yeguadas del Valle Sin Retorno han calculado las probabilidades. Por cada 60 moscas que se posan en el lomo de un caballo negro, lo hacen sólo 20 en uno marrón, ocho en uno blanco y apenas dos en uno con manta de rayas. El uniforme de camuflaje merece la pena.

“Zebra!” Hoy no hay cole. El primer día de este otoño ha coincidido con Yom Kippur, la fiesta mayor del calendario judío, y Mickey aprovecha para acompañar a su padre. Van camino de uno de los secretos naturales mejor guardados de Norteamérica: The Eastern Shore of Virginia, la orilla Este de Virginia.

Al norte de Virginia Beach, el Benidorm de Estados Unidos, un puente de 17 millas - que a veces se convierte en túnel para permitir el acceso de los gigantescos portaviones de guerra a la base naval de Norfolk – conecta el continente con una península remota, estrecha y alargada, protegida del Atlántico por una barrera de islas. En sus playas hay también caballos, pero sin mantitas. Caballos salvajes, descendientes de los que el 5 de septiembre de 1750 sobrevivieron a un shipwreck, el naufragio del galeón español La Galga. No fue el único.

Los huracanes y la escasa profundidad de estas aguas hicieron que el Marqués de la Ensenada, almirante por entonces de la flota real, recibiera noticia de muchos navíos más que, camino de la Habana o Veracruz, terminaron reventados por una tormenta en la bahía de Chesapeake. Se perdía el barco en la mar y la carga más ligera, que llegaba arrastrada por las olas, en manos de saqueadores locales. No en vano, una de las islas barrera lleva el nombre de Edward Teach, el conocido pirata inglés Barba Negra, Blackbeard, que la utilizó como refugio.

Son casi 9 horas de viaje. Un paseo… para las distancias de Estados Unidos. Al acercarse a Manhattan, sorprendentemente, apenas pillan tráfico. En una urbe mayoritariamente judía hoy no trabaja casi nadie. Yom Kippur, el Día de la Expiación, congrega en la sinagoga incluso a

aquellos que no la pisan durante el resto del año. Según la tradición hebrea, Dios (Adonai) te abre un libro de cuentas cada temporada en el que va anotando tu comportamiento… y el día de Yom Kippur, decide si tus pecados anuales expían, debido a tu propósito de enmienda, o si los archiva definitivamente para tenerlos en cuenta el día del juicio final. Todos los judíos rezan para que sus manchas desaparezcan. “¿Y suelen desaparecer?”, le pregunta Mickey a su padre.

“Hmm, creo que sí” contesta John Donahue improvisando un poco porque tampoco conoce muy bien la doctrina. “Creo que pueden perdonarse todos menos el pecado original… Ya sabes, el de Adán y Eva, que comieron la manzana y eso.” “¿Ese es el pecado original?”, se queda pensativo Mickey. “Pues a mí algunos compañeros del colegio me han contado pecados mucho más originales que ese.”

“Yellow car!” grita John para cambiar de tema. Quedan otras seis horas de viaje por delante.