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CAPÍTULO 22

Historias del valle sin retorno: Papel de lija / Sandpaper

Dave Corcoran, el agente de la DEC, observa de nuevo la foto del 4x4 que le ha enviado su mujer. Ha pasado aviso a la oficina del sheriff pero no hay rastro del vehículo. Se ha esfumado. Seguramente ha llegado a su destino antes de que la policía haya podido detenerlo. ¿Se tratará de un cazador furtivo? No le encaja.

Guillermo Fesser |  Madrid |  20/11/2015

No en esta época del año. Es temporada y, por 48 dólares, puedes sacarte un permiso que te da derecho a cobrarte dos ciervos. Dos ciervos y un oso, si es que eres de los que son capaces de dispararle a algo que no te vas a comer. “So… who the hell are you?” “¿Quién demonios eres?” pregunta el agente Corcoran en voz alta mientras pellizca la pantalla de su tablet para agrandar la imagen. “¿Un borracho? ¿Un loco? Noventa millas por hora es una velocidad demasiado elevada para alguien que haya cometido una tropelías y pretenda pasar desapercibido.” El todoterreno sólo ocupa una esquinita del encuadre; demasiado pequeño para poder reconocer el modelo.

Es de color negro, como casi todos. Quizá un Ford. Tal vez un Cadillac. O, espérate, que podría incluso tratarse de un Chrysler Balaguer, que es como llaman aquí a la Chrysler Voyager elegida mayoritariamente como medio de transporte por los miembros del Opus Dei de la cercana University of Saint Thomas. Eso explicaría su súbita desaparición. “Sí alguien arriesga tanto – piensa Corcoran – es porque se sabe muy cerca de su destino.” La matrícula y gran parte de la carrocería trasera están cubiertas de barro. El agente inspecciona detenidamente la nebulosa oscura y detecta un punto más claro. ¿Qué es eso? Posa sus dedos sobre la tablet y los mantiene extendidos en pinza para que la imagen, ahora en tensión, no vuelva a encogerse. Parece una pegatina.

Un trozo de pegatina que asoma extremadamente pixelado bajo los restos de polvo que cubren el cristal trasero. Sobre fondo blanco se recorta en rojo la curva alta de un tres y, a su lado, parte del palo de lo que podría ser un uno. ¿Treinta y uno? ¿Thirty one? Aquello a Corcoran no le proporciona ninguna pista. No, it doesn’t ring a bell. Jousé Julio, sin embargo, reconoce el símbolo a la primera. Claro que, él, lleva ventaja porque lo está viendo entero. No se trata de un tres y un uno, sino de un tres y una eme. 3M. Muchos han visto esas siglas, pero muy pocos saben a qué corresponden. José Julio la conoce de sobra. La primera eme es por Minnesota, el estado natal de Garrison Keillor, su héroe de la radio. Por eso el logotipo rojiblanco preside el escenario del teatro donde el famoso locutor recoge los aplausos del público. “Voy a ver qué quiere mi hermana con tanta llamada perdida” le dice Anna a su marido excusándose para que le deje pasar por delante y salir de la fila de butacas. José Julio asiente, “see you in a minute”, y se levanta para seguir de pie con las ovaciones. “Bravo!” La segunda eme es de minería y la tercera de manufacturas. Manufacturas mineras de Minnesota. 3M: Minnesota Mining Manufacturing. La mina proporcionaba un cuarzo muy basto, el colondrum, que no encontraba aplicaciones en el mercado.

En Three Em estaban a punto de la bancarrota. Entonces al dueño se le ocurrió triturar el mineral y pegarlo a una cartulina. Inventó el papel de lija y, con él, una de las fuentes de ingresos inagotables de la empresa: los abrasivos. Primero para pulir madera y hierro y, más adelante, también para frotar cacharros gracias al Scotch-Brite; que no se puede estar sin él. La segunda línea de negocio, los adhesivos, llegó con el pringue ideado para pegar la piedra al papel. De ahí nació la cinta adhesiva, the scotch tape; que en España se conoció como celo porque se les adelantó en la comercialización una marca de la competencia. De hecho, cuando José Julio volvió con sus padres a Orense, estuvo trabajando unos meses para 3M de vendedor antes de regresar definitivamente a Estados Unidos. Y coincidió que habían creado la campaña scotch por scotch. Se trataba de incentivar el cambio de nombre, José Julio y los demás vendedores se presentaban en las papelerías con una scotch tape en la mano y les preguntaba a los vendedores: “¿cómo se llama este producto?” Si respondían scotch les regalaban una botella de whiskey. Lo del Post-it llegaría muchos años más tarde, y no fue otra cosa que un pegamento fallido al que un tipo listo de marketing consiguió darle salida. “¿Qué quería Kathy?” “No lo sé. Tantas prisas y ahora mi hermana no contesta”.