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CAPÍTULO 38

Historias del Valle Sin Retorno: Matrículas / License Plates

Escribir en el ordenador, hacerle una foto al texto y mandarla por WhatsApp, como JPEG, para no dejar huella de lo escrito en un correo. Así es como se comunica Cuba con el extranjero y así es como recibe Adam Gutiérrez el mensaje de Martica, a punto de partir hacia Montreal, en el aeropuerto internacional José Martí.

Guillermo Fesser |  Madrid |  08/04/2016

Adam observa la señal verde en la pantalla, pero no puede verlo todavía porque se encuentra hablando con su padre. Por lo visto el funeral por su tía Kathy resultó muy emotivo. “Precioso” en palabras de Jouse Hulio quien confiesa que, en algunos momentos, llegó a parecerle hasta divertido. Como cuando su tío John mencionó detalles de la pasión de su mujer por los coches. Por reconstruir motores y manipular piezas. Momento que aprovechó para desvelar un pequeño secreto. En un viaje a Maine que hizo la pareja Donahue, Kathy compró por cincuenta centavos un par de matrículas viejas en el Antique Store del pueblo.

Antes de cada peaje le pegaban el cambiazo a las placas y se lo saltaban por el carril del EZ Pass, sin temerle a las fotos que nunca podrían identificarles como autores del delito. “¿Cómo están los primos?” le pregunta Adam. “Destrozados” responde su padre. Y a continuación añade, esta vez sin recriminarle su ausencia, que “te echamos todos mucho de menos.” Comentario que provoca, por los curiosos efectos de la psicología inversa, que sea ahora Adam quien sienta remordimientos por no haber estado al lado de su familia.

Tras colgar, el joven Gutiérrez, se tira al texto de Martica en el WhatsApp. “Hoy me he zumbado una cola de una hora y media para comprar detergente y un mechero. Los jubilados iban con la cartilla para que les dieran el jabón mensual. Muy fuerte. Como ya tú sabes: la vida no es fásil. Perdona si escribo a trompicones pero me siento medio ida por este eterno olor de La Habana a gasolina que, digo yo, debe de estar adulterada porque la humareda negra que sueltan los coches se mastica. No me puedo creer el abandono al que ha sido sometida esta gente. A cada rato me entran ganas de llorar de la impotencia. Le conté a uno de la cola que en España está de moda lo vintage, la pintura decapé y los suelos de madera que parecen desgastados y me miró como si fuera una loca trasnochada. Ahora he vuelto a la burbuja de turista, desde donde te escribo, mientras me como una langosta de un kilo por 12 euros.”

Llaman a embarcar y a Adam le inspeccionan el equipaje de mano. La pintura que compró a un artista callejero no puede salir del país. “Es patrimonio.” Adam entiende lo que eso significa. La única duda es si el agente se contentará con 10 dólares, el equivalente a la mitad de su salario mensual, o querrá pillar más.

“Te trascribo, como me pediste” continúa el escrito de Martica, “los comentarios de la gente que hemos ido escuchando estos días. Espero que te sirvan para convencer a tu profesor de Latin American Studies de la universidad de Syracuse de que tenías motivos sobrados para saltarte el examen. Y, si no, al menos tradúcelos y enséñaselos a tu gente. Ahí van. Desordenados. Ya los pones tú en contexto. Espero que no sea mucho pedir.”

El paisaje acrílico del malecón, enrollado y sujeto con una goma, vuelve a su dueño. Mira tú que bien, con 5 dólares se han arreglado los trámites de exportación. El vuelo tiene retraso. El avión de Montreal llega con demora.

“Hacen falta 50 años de vivir acá para entender lo que está pasando. El poder no cree que Obama haya podido ganarse a los cubanos en tres días y eso le ha sentado mal.

¡Sí a internet,para que dejemos ya de ser los perros de cinco patas! Hay que ver qué arrogantes son los americanos. Ellos son así, hay que saberlo. ¿Derechos humanos? En sus escuelas se matan los mismos niños con pistolas; andan inventándose guerras y, para que les atiendan en un hospital, tienen que ser ricos o pedir un préstamo. ¡Hasta tienen gente viviendo en la calle! Obama no estuvo tres días, sino cuatro, porque el miércoles siguiente a su partida se volvió a colar en los hogares cubanos a través del programa televisivo de Pánfilo, el cómico nacional, para mostrar su lado más simpático y humano. No me he molestado en ver el discurso porque estoy cansado de esperar y no tengo ganas de escuchar nada ni a nadie. Raúl está permitiendo cambios que están contribuyendo a la apertura. La gente lo sabe y le tiene aprecio por ello.

Aquí hay una miseria que ya no se aguanta más y eso no se reconoce. Todo salió bien. Siempre hay cosas, claro, porque sin cosas el mundo no es mundo. Pero todo salió muy bien y ahora queda camino. Este país necesita salir del engaño ya y no tiene importancia si es Obama quien lo consiga. Lea usted la carta de Fidel en el Gramma y la respuesta de Manolín en el Cuba online. Hay una sensación, como una esperancita, de que algo va a cambiar a mejor…”

Tantos pensamientos encadenados le devuelven a Adam a la tarde del 29 de marzo en la ciudad deportiva de La Habana y a la imagen de aquél hombre que sostuvo impertérrito durante todo el concierto una pancarta que decía: “Román, teníamos razón: Los Rolling.” Como le apuntó certeramente Marta López, los cubanos de las primeras filas tarareaban, daban saltos y pegaban gritos. Pero los de más atrás, quietos, simplemente allí de pie, eran testigos de mucho más que música. Había lágrimas, abrazos, fotos y sonrisas. Esperanza y un cosquilleo que ponía los pelos de punta. El mundo entero estaba de nuevo esa noche del lado de Cuba y eso podía notarse.

Por fin aterriza el avión y sale el pasaje proveniente de Montreal. Entre ellos una figura que a Adam le resulta familiar. No puede creerlo: es su tío John Donahue. ¿Será posible? Va a acercarse a saludarle cuando algo le previene de hacerlo. Aparece una mujer tras de él. Mucho más joven. Una hípster con maxi gafas de sol y vestido veraniego. John se vuelve y la besa en los labios. Adam se sube la capucha de su hoodie y se gira hacia la pared para evitar que le vean.