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capítulo 52

Historias del valle sin retorno: El asesino anda suelto / Murderer at large

“¡Los frenos!” había gritado inesperadamente el agente Chuck Madera abandonando a toda velocidad el despacho. “¿Los frenos?” Le siguió por el pasillo perdiendo el aliento el agente Glover. “Todo está en el vídeo, dude. Kathy no le pide a Victoria que la deje tranquila, <I need a break>... lo que hace es suplicarle que le proporcione un freno, <I need a brake, give me a brake > Está delirando; se cree todavía en el coche… y los frenos no responden.

Guillermo Fesser  |  Madrid |  22/07/2016

Un examen técnico verificó la manipulación de los cables. Madera y Glover acababan de proporcionarle a la fiscal, Sareena Guasaco, la prueba definitiva de que Kathy Donahue había sido brutalmente asesinada y un móvil contundente, el video, para imputarle también a Guss Sanders el intento de asesinato de la única testigo de los hechos.

Minutos antes de que el juez lea la sentencia, Rachel se pregunta por qué los jurados tienden siempre a pensar que los asesinos son hombres. Tras una pregunta de Amon Katz, el doctor había hecho una revelación interesante: “Kathy wasn't unhappy, she was bored / Kathy no estaba infeliz, estaba aburrida. I think there is a big difference.” Rachel Corcoran se sintió identificada con aquellas declaraciones porque ella se aburría miserablemente con su marido. Lo único que le gustaba al agente Dave cuando no estaba de servicio era jugar al golf… y a ella le tocaba esperarle en casa con el peanut. Por eso, la segunda vez que vio a John Donahue, hace ahora apenas un año, en su tienda de Dannemora, se lanzó a conquistarle.

El hombre de las abejas, beeman, como a ella le gustaba llamarle, no opuso ninguna resistencia y en unos minutos Rachel había colocado en la puerta el letrero de cerrado y ambos hacían el amor apasionadamente tras el mostrador. Luego volvieron a encontrarse algún fin de semana. Esquivar a sus respectivas parejas no les resuló complicado. Dave Corcoran jugaba al golf y Kathy Donahue supuestamente tenía guardias en el hospital. “Sé que mi mujer me engaña” le reconoció John una mañana a su amante. “Déjala y vente conmigo. Fuguémonos juntos a Canadá” le suplicó Rachel. “No” le contestó John. “Lo de Kathy es pasajero. Lo nuestro es pasajero. Pronto volveremos todos a nuestro sitio. Tú también, Rachel. Con tu marido, que es donde debes de estar.”

Al escuchar su condena, el doctor siente una profunda tristeza. Y no es su vida lo que le preocupa. No. Ahora, consciente de que esta pesadilla va a arrastrarle inevitablemente a las tinieblas, le preocupan las vidas de otros. Las de los pacientes con cáncer de riñón y melanoma que no podrán beneficiarse ya de su truncada investigación. Un resultado que esperaba como agua de mayo el español Joan Massagué, director del centro oncológico de referencia mundial: el Memorial Sloan-Kettering Cancer Center de Nueva York. De haber podido continuar, en dos años hubiera logrado formular nuevos medicamentos. Fármacos que, en lugar de atacar a las células malignas como hace la quimioterapia, servirían para reforzar su defectuoso sistema inmunitario. Restaurar en lugar de matar; conseguir que las células cancerígenas volvieran a hacer bien su trabajo: en eso residía lo revolucionario de su aporte a la ciencia.

Rachel se enganchó a John más de lo que habría podido sospechar y no estaba dispuesta a soltarle. Por eso, cuando un día John le confesó que no quería volver a verla, que Kathy y él iban a intentar reconstruir su matrimonio, Rachel supo que la única manera para no perderle era deshacerse de su mujer. La idea surgió de un modo espontáneo. Poco antes de que John marchase a Virginia a rescatar unas aves, los Donahue habían tenido una discusión agria.

“Algunas veces me gustaría cortarle los cables del freno para que se mate con el puto coche de carreras y me deje en paz” se le había escapado a John en una conversación telefónica con su amante. Pero Rachel archivó la frase en el disco duro y se presentó en el Valle sin Retorno a la mañana siguiente. Todo resultó extremadamente fácil. La puerta del garaje estaba abierta y el Packard Caribe aparcado en un lateral. Afuera, otro deportivo, aún con el motor caliente, descasaba en el drive way. Rachel entró y se acercó a la puerta que comunicaba el garaje con la vivienda. Pegó la oreja y escuchó gemidos. Tenía tiempo de sobra. Tres minutos le bastaban al Tom boy que creció arreglando los tractores y los compresores de la granja familiar en Dannemora para realizar la operación y desaparecer sin dejar rastro.” Al otro lado de la calle esperó a verles salir. Primero lo hizo el doctor, en solitario. Minutos después salió Kathy gritando su nombre, “Guss, guss, wait!”, pero su pareja ya había partido.

Kathy intentó un par de llamadas al móvil, volvió a entrar en la casa y, a los pocos minutos, salió por el garaje montada en el descapotable. Rachel la siguió durante muchas millas hasta que, con gran satisfacción, la observó descarrilarse en una bajada escarpada. También pudo ver cómo bajaba de un 4x4 una chica para intentar auxiliarla. Temió que diera aviso a la policía y estropease sus planes pero, por alguna extraña razón, no ocurrió así. Rachel le sacó entonces una foto al vehículo y decidió inventarse la historia del exceso de velocidad para que su marido la localizase. Y así lo hizo.

Luego el FBI implicó a Guss en el asesinato. Mejor que mejor. Hombre y negro: el jurado lo compraría sin problemas. Así que le tendió una trampa. Le puso un mensaje diciéndole que era Grace, la hija de John, a quien Sanders conocía por fotos, y que le esperaba en Nueva Orleans para contarle algo importante a cerca de la desaparición de su madre. Rachel también bajó a Luisiana y a través de un móvil de prepago le fue citando en los lugares a los que acudían las chicas para asegurarse de que éstas le vieran en algún momento. Cuando el encuentro fortuito ocurrió en el cementerio, Rachel estaba lista para culminar su plan.

Subir al tejado del edificio del antiguo Cabildo también resultó inusitadamente fácil. La casa museo apenas recibía visitas y al viejo guarda jurado de la entrada le hizo un flashing. Se desabrochó como por accidente la camisa, mostrándole los dos pechos casi a la altura del bigote del aturdido gendarme, lo cual le evitó tener que pasar por el detector de metales y que le descubrieran la pistola. Subir al tejado fue cosa de niños. La escalera de acceso permanecía cerrada sólo por un cordelito sencillo de vadear. Desde la azotea divisó la avenida en fiestas. Nueva Orleans olía a cangrejo de río y a tabasco. En una esquina Sanders vigilaba la escena. En la acera de enfrente, detrás de un gran escaparate de cristal, Grace se teñía el pelo de platino. Directamente debajo de Rachel, la gender fluid observaba distraída un poster en la pared. ¿Se podía haber nacido con mejor suerte?

El juez lee la sentencia: culpable.

John le dijo que no quería volver a verla hasta que apareciese Kathy. Luego encontraron el cuerpo y fueron a La Habana. Rachel recuperó las esperanzas, pero Cuba resultó un desastre y John le confirmó que no quería saber nada más de ella. “¿Después de todo lo que yo he hecho por nosotros?” le espetó Rachel despechada. John le dijo que no sabía de qué demonios le estaba hablando. “Those who make a peaceful living impossible make a violent revolution inevitable” le respondió Rachel. “Los que imposibilitan vivir en paz, hacen inevitable una revolución violenta.” John siguió sin entender. “No hay dos sin tres” deja caer ella en tono amenazador.

Y, justo en el momento en que el juez golpea el mazo y da por concluida la sesión, Court is adjourned, la gender fluid abre los ojos en su cama del hospital.