Ni me he subido ni me he caído de guindo alguno, pero desde mi humilde espabile, ya sé que del deporte no siempre se sacan moralejas encomiables. Estos días han estado los sauditas viendo una exhibición en Riad que arrejuntó a los 6 mejores tenistas ATP. El jugador élite sueña con los Grand Slams, pero como todo hijo de vecino, el dinero también despierta alguna de sus apetencias.
Sinner derrotó a Alcaraz y se llevó como recompensa el mayor premio del mundo "raquetil", 6 millones de dólares, y además el trofeo, una raqueta de oro valorada en 250.000 euros, que como la vea Trump con su obsesión por lo dorado, querido Yannick, te manda a los marines. El objetivo del reino absolutista es seguir seduciendo al mundo moderno con sus armas, pero sin renunciar a su identidad. Llevan todo el siglo XXI consiguiéndolo, no obstante, me llama la atención la nula respuesta contestataria, salvo excepciones.
¿Nuestro nivel para escandalizarnos depende de si hay montante obsceno? ¿De si es para nuestro deportista o nuestro equipo o si es para el de enfrente? En función de si trincamos o vemos como trincan, nos sale la ética por las orejas. ¿Es así? Porque a mí me sigue pareciendo que nos compran. Mucho y bien. Y la mayoría, nos dejamos.
Hilo esto con el dichoso partido de la liga española en Miami. Este finde los jugadores hicieron 15 segundos de parón por partido, quizá en la huelga más 'mini' de la historia de los derechos laborales, pero la señal televisiva, instigada por la propia Liga, se iba a un plano dron mientras rotulaban la imagen genérica con la frase "compromiso por la paz". ¿De verdad queremos manipular al abonado al que le sacamos una tela haciéndole creer que ve una actuación solidaria con no se qué conflicto tapando una protesta chiquitita y silenciosa? Tebas, más creíble un concierto de los Milli Vanilli.
