"No es No", ya lo sabes tú, el presi y ahora Puigdemont y todos sus acólitos. Era aplaudidor de esa doctrina Pep Guardiola y mucho lo ha pagado en los últimos años con batidas de haters por ese lazo amarillo prendido en cada chaqueta, en cada camisa. El lazo y alguna expresión incorrecta e inexacta como aquella de "somos de un país de ahí arriba llamado Catalunya…"
Pero está en la cúspide de su gremio. Ayer adornó su partido 1000 como entrenador de la élite ganándole con el City al Liverpool. Cuarenta títulos, más de un 70% de victorias y todo un ramillete desplegado de caminos desbrozados. En sistemas, en estilos, en concepciones de juego que el de Santpedor ha liderado como nadie en este siglo. Pionero eficaz, de los que crean escuela. Más de un entrenador de equipo "regulero" no se ha cortado en decir en público que su quehacer ha hecho mucho mal, porque jugar así… está solo al alcance de unos pocos privilegiados.
El guardiolismo sigue siendo una fuente de inspiración de la que el fútbol moderno sigue bebiendo, aunque parezca que Pep esté un poco más seco, menos innovador, con más dudas creativas. Todos nos aviejamos (menos Brad Pitt y José Sacristán), y nuestras neuronas, mismo camino toman. Pero si te decía que Carles tiene acólitos, Pep tiene discípulos y muy sesudos. Su doctrina es extensa y ha sido muy analizada y aplicada. Y hay oleada de jugadores que quieren hacer carne esas flechas dibujadas sobre cualquier pizarra vileda blanca.
Al llamado en su pueblo "hijo del paleta", por la profesión de albañil del padre, le quedaba el sueño de dirigir a la Selección, pero con la polvareda que levantan sus impulsos personales, quizá lo tenga que hacer con otra enseña y bajo otro himno. Aunque no se pirra por ser entrevistado, una vez confesó que de pequeño lloraba con Pinocho. Alguno dirá que todo cuadra.
