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EX ALCALDESA DE MADRID

Rubén Amón indulta a Manuela Carmena: "No ha sabido perder, ni tampoco ganar"

Si Felipe IV fue el rey pasmado, Manuela Carmena es la alcaldesa pasmada. O la ex alcaldesa, porque ya ha sido evacuada del palacio municipal en estado de incredulidad y de desengaño.

Rubén Amón
  Madrid | 17/06/2019

No renunció a un último baño de masas populista. Quiso sustanciarse con el pueblo de Madrid a semejanza de una papisa, pero no perdona a los madrileños haberla destronado.

Los considera ingratos, temerarios. Y sostiene que la coalición de la oscuridad ha podido con el imperio de la luz. El mal ha vencido al bien. El petróleo ha anegado los patinetes. Han capitulado los muros de Madrid central. Y Carmena no ha logrado terminar su misión.

Que nunca fue gobernar una ciudad, sino hacernos mejores personas, transformar la sociedad, atribuyéndose una autoridad moral que convertía a los madrileños en menores de edad. Y a ella en la Cibeles.

No puede reprochar su caída a la misma razón por la que ella fue alcadesa. Porque Carmena perdió las elecciones que había ganado Esperanza Aguirre. Y terminó gobernando gracias a la carambola de la aritmética.

Cuatro años después, la vanidad de Carmena experimenta el escarmiento que supone entregarle el bastón a un tal Almeida. Y no porque los madrileños amen a su nuevo alcalde, sino porque ella misma no ha sabido conquistarlos más allá del buenismo, la propaganda.

Le ha quitado la alcaldía el Sur, la población currante de la periferia. Quizá porque la Gran Vía les queda lejos. Porque Madrid Central fue el paraíso de los privilegiados. O porque la pancarta de Bienvenidos refugiados en la sede municipal nunca llegó a conmoverlos.

No es que Carmena supiera hacer las cosas. Las hacía saber. Y pensaba que podía gobernarse desde la imagen, el carisma y la egolatría. No ha sabido perder, ni tampoco ganar. Ya dijo en este programa que se marcharía a casa si no era alcaldesa.

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Es una falta de respeto al papel de la oposición. Y una rabieta infanti parecida a la que sufríamos en el colegio cuando el dueño de balón amenazaba con llevárselo si no le dejábamos ganar.