EL INDULTADO DE RUBÉN AMÓN

Rubén Amón indulta a Karl Lagerfeld: "Celebraba sus ocurrencias con una carcajada bastante histérica"

Entre los detalles de mi titubeante biografía quizá convenga recordarse que fui director de El Mundo, aproximadamente 20 minutos. Y que lo fui suplantando a Pedro J Ramírez. No como un acto de subversión similar al que me lleva ocho socavando el poder de Carlos Alsina, sino porque la asistente omnipotente de Karl Lagerfeld me exigió desempeñarlo.

Rubén Amón | @Ruben_Amon

Madrid | 20.02.2019 09:55 (Publicado 20.02.2019 09:43)

Un simple corresponsal, acaso vestido de Zara, no era digno de presentarse en el aula magna de Lagerfeld. Como tampoco era suficiente el premio que iba a entregarle y que justificaba el encuentro como pretexto de una entrevista.

"El hombre más elegante del mundo", sostenía la estatuilla, pero la asistente omnipotente de Lagerfeld me exigió decir al couturier que lo habíamos proclamado el hombre más importante del mundo. Que no veía bien. Y que no iba a enterarse.

Comprendí entonces la gran impostura que reinaba en la corte de Lagerfeld. Por los efebos y maniquíes que deambulaban cuchicheando. Por los cortesanos que adulaban a su majestad a los pies de un retrato de Coco Chanel. Por la posición humillante de aquí, el entrevistador, conveniente y premeditadamente ubicado en una butaca de escasa altura para destacar así la hegemonía del monarca, enmascarado en las gafas de sol que lo escondían de sí mismo.

Me llamaron la atención las cartulinas ineverosímilmente blancas que iluminaban su escritorio. Muy cerca tenía el modisto una plétora de rotuladores, sobrentendiéndose que en cualquier momento podría precipitarse el trance de la inspiración. Y que se habría acabado la entrevista como resultado del eclipse creativo.

Hablaba extraordinariamente deprisa Lagerfeld. Y celebraba sus ocurrencias él mismo con una carcajada bastante histérica, que a su vez predisponía la disciplina de los cortesanos, riéndose también ellos histéricamente.

Me impresionaron los anillos que recubrían sus manos como un guante de verdugo medieval. Y me pareció, al mismo tiempo, que estaba entrevistando a una figura de cera. Rígida, inexpresiva, apuntalada. Temiendo que pudiera desmoronarse en cualquier momento. Y que la cabeza siguiera hablando en el suelo, aun despegada del resto del cuerpo.

Suplanté a Pedro J Ramírez sin tirantes ni IPAD, pero, sobre todo, me estremeció la farsa que unos y otros habíamos protagonizado en el templo de la moda tejiendo y entretejiendo el traje nuevo del emperador.