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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "Están mudos Sánchez e Iglesias, los profetas de la transparencia que predicaban la obligación de dar la cara"

En cinco días estamos franqueándole el paso al 2020. Año redondo, veinte veinte, que luego ya veremos si sale bueno o como siempre.

Carlos Alsina
  Madrid | 27/12/2019

Esto de medir nuestra vida en años es una cosa muy de medios de comunicación y muy poco de familias corrientes. En los medios decimos eso de hacer balance del año, destacar qué fue lo principal, qué lo más interesante, lo más comentado, lo más viralizado, lo más y lo más y lo más.

Para usted que me escucha, seguramente será lo menos. Su balance del año tendrá poco que ver con Sánchez, con las dos elecciones generales, con el auge de Vox -el hundimiento de Rivera- la peripecia puigdemoníaca y el Tribunal de Luxemburgo.

En su balance del año no creo que salga Bolsonaro, ni el peronista Fernández, ni la señora Lagarde ni Boris Johnson ni Evo Morales. Saldrán otros nombres que son los suyos. Los de las personas con quienes convive. En su balance del año que termina habrá, quizá, un nacimiento que ha hecho crecer la familia y ha hecho poner un carrito al lado de las sillas en la mesa de Nochebuena; o una ausencia, que ha hecho que la familia encoja, y se encoja, una silla menos en la misma mesa.

En su balance del año diecinueve quizá lo principal es alguien nuevo, a quien conoció cuando no esperaba conocer a nadie; o un trabajo que surgió sin buscarlo; o el mismo trabajo de siempre, que le ha decidido, ahora ya sí, a buscarse otro en el nuevo año.

A diferencia de los medios de comunicación, las personas, y las familias, cuentan su historia no en años sino en acontecimientos. Cuando estábamos casados, cuando dejamos de estarlo, cuando nació el primero, y la segunda, acuérdate del vértigo cuando llegó el tercero. ¿Quién se atreve con tres en estos tiempos?

El día que se estrenó en el cole el más pequeño, el día que se graduó el mayor, el día que anunció que se emancipaba –con 32 años, qué alegría por él y qué disgusto el nuestro, ¿o fue al revés?, qué inseguridad la suya y qué alivio tan enorme el nuestro. Cada uno tenemos nuestros hitos, la historia que se va escribiendo a base de episodios personales, de etapas felices, de reveses, de accidentes, de médicos, de hospitalizaciones, de tratamientos. De viajes, de mudanzas, de barrios y de vacaciones.

Que el año se termine y que un nuevo año empiece no significa más que que nuestra vida sigue.

Si es usted pensionista, o funcionario, es posible que tenga más interés que el resto del país por saber cómo aprovecha el Gobierno que tenemos la última oportunidad que tiene de tomar decisiones en el año diecinueve. El último Consejo de Ministros que habrá de resolver si las pensiones suben un 0,9 % ya en enero y si a los funcionarios se les sube el salario un 2%. Las dos promesas que se hicieron a pensionistas y empleados públicos cuando el presidente de ahora confiaba en haber sido investido antes de que llegara enero.

Un presidente mudo al que le incomoda exponerse a las preguntas de los medios. No es que utilice el plasma, es que ya ni el plasma. El presidente en funciones callado como una tumba y el copresidente en potencia mudo también, como Harpo y tocando el arpa. Sin noticias ni de Pablo Iglesias ni de Pedro Sánchez. Los dos profetas de la transparencia que en campaña predicaban lo obligados que están los líderes políticos a dar la cara y someterse al examen de la opinión pública.

¿Cómo era lo que le dijo Iglesias a Pablo Motos la última vez que fue al El Hormiguero?

Fíjese usted: que tendrían que obligar por ley a los líderes políticos a exponerse a las preguntas de los periodistas. Oblíguemonos por ley que si no, no vamos. ¿Y cómo fue aquello que le soltó Sánchez a Rajoy en el debate de 2015?

Ahora ya ni plasma. Todo lo que se le ha escuchado explicar al presidente transparente en los dos últimos meses sobre su negociación opaca con el recluso Junqueras es que, pacte lo que pacte, será constitucional. Hasta ahí llegamos.

No es la legalidad de un pacto lo que puede cuestionar la opinión pública. Se da por hecho que un presidente, por muy dueño del Estado que pueda creerse, no se compromete a delinquir con nadie. No es la legalidad de lo pactado sino el contenido: el precio que uno está dispuesto a pagar para tener contento a su coyuntural aliado.

Hoy hay que agradecerle a la ministra de Defensa que al menos ella, y sólo ella, haya creído oportuno decirle a Esquerra (la deseada Esquerra) que la Abogacía del Estado, como su nombre indica, es del Estado, no del partido con el que anda negociando una investidura.

Meter a la Abogacía en el bombo, la subasta, la puja de la investidura es convertir la negociación legítima para investir un presidente en una obscenidad política.

En la Audiencia Nacional, ese tribunal al que también detestan los próceres independentistas, hubo ayer novedad relevante en el caso de los CDR. Novedad que debilita la imputación que el juez instructor hizo a los detenidos: el delito de terrorismo.

De los siete detenidos, sólo dos permanecen en prisión preventiva. Para Alex Codina y Ferrán Jolis el tribunal ha acordado ahora la libertad bajo fianza. Tal como antes hizo con otros tres. Se ha atendido, así, al recurso de los abogados defensores y al cambio de criterio de la Fiscalía, que ya no ve riesgo en permitir la salida de prisión.

Lo más relevante para la causa –-y para la solidez de las acusaciones iniciales— es que no se da por acreditado que estos CDR manejaran material explosivo. Sí tenían sustancias que sirven para fabricar ese material (lo que se llaman precursores) pero no el material ya mezclado, lo que deja abierta la posibilidad de que nunca hubieran llegado ni a elaborar los explosivos ni a colocarlos.

Eso será el tribunal que juzgue quien tenga que determinarlo, pero tres meses después de las detenciones y de las hipótesis de los investigadores que entonces trascendieron cabe afirmar que la causa se ha ido diluyendo. Como se ha diluido la presión que el gobierno le hizo a Torra y compañía cuando aquellas detenciones se produjeron. Y la insinución que el propio Gobierno deslizó entonces sobre el vínculo que la investigación revelaría entre el gobierno catalán y este grupo de exaltados. A día de hoy, ese vínculo tampoco ha quedado acreditado.

Y por cierto, ahora que los del Tsunami la liaron anoche en el Palau de la Música, y que se cumplen quince años del tsunami de Indonesia, no está de más recordar en qué consiste un tsunami y por qué es una broma de mal gusto bautizar así, cono tsunami, un movimiento político que se pretende democrático.

Nada tiene de democrático un maremoto y, sobre todo, nada tiene de positivo. Es un fenómeno devastador, destructivo, mortífero que sólo deja a su paso pueblos arrasados y vidas rotas. Eso es un tsunami. Y quien aspira a ser como un tsunami aspira a conseguir eso: arrasar con todo por la fuerza. Aplíquense el cuento los del batasunami democrátic que han conseguido en este 2019 fastidiarle la vida a decenas de miles de ciudadanos comunes y corrientes en Cataluña. Estos organizadores de sabotajes y altercados que tienen alguien ahí arriba que decide cuándo toca, contra quién toca, y cuándo no conviene. Quién es ese alguien, o esos álguienes, es una de las preguntas que se va a quedar sin responder en el año que acaba.

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