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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "No saque tanto pecho Puigdemont, que un tribunal alemán le ha proclamado presunto corrupto por malversación"

No saque tanto pecho el hamburgués. Este Puigdemont que lleva ocho meses fuera de España, entregado a la propaganda, pero viviendo del Presupuesto público. Sin otra ocupación conocida que la de pagar abogados para librarse del procedimiento penal en el Supremo.

Carlos Alsina | @carlos__alsina |  Madrid |  Actualizado el 13/07/2018 a las 08:11 horas

No saque tanto pecho el hamburgués porque un tribunal alemán acaba de proclamarle presunto corrupto. Ya que le da tanto valor, el expatriado, al criterio de los tres jueces alemanes —la voz de dios, la fuente de la verdad—, tendrá que dárselo a todo lo que dicen, no sólo a la parte que le tiene a él levitando.

Es verdad: los tres jueces alemanes, Martin, Matías y Matías, le han dado en las narices al Tribunal Supremo y han rechazado la principal de las acusaciones por las que Llarena tiene procesado a Puigdemont: la rebelión. No sólo es un revés para la causa, para el instructor de la causa y para el Supremo: es un problema para el Estado, que ve cuestionada la respuesta judicial que se dio a la insurrección comandada por el gobierno autonómico de Cataluña para tumbar la Constitución utilizando los medios y los recursos públicos. En contra de lo que dicen estos tres jueces alemanes, el objetivo de Puigdemont no era sólo celebrar un referéndum; el objetivo era celebrar el referéndum para usarlo como coartada de la implantación, por las bravas, de una legalidad arbitraria que enterrara la que hasta ese momento regía en Cataluña como parte de España. No sólo se montó el referéndum. Se proclamó un resultado, se lo elevó a la categoría de mandato popular y amparándose en él se declaró la independencia de la nueva República Catalana pasando por encima del derecho de los españoles a decidir sobre las cosas que nos afectan a todos.

Pero es verdad: los tres jueces alemanes le han rebatido a Llarena que haya fundamento bastante para procesar por rebelión al ciudadano Puigdemont y han cuestionado el procedimiento abierto en España. Todo lo que ellos alcanzan a ver es fundamento suficiente para procesarle como malversador de dinero público. No saque tanto pecho el hamburgués porque el mismo valor que le da —palabra de dios— a lo que dice el trío de jueces sobre un delito habrá de dárselo a lo que dicen sobre el otro. En Alemania Puigdemont se convirtió ayer en presunto malversador, que en realidad, y cuando se cursó la eurorden, es lo que se llamó delito de corrupción. Uno de los que está incluidos en el catálogo de entrega obligada.

Naturalmente, en el vídeo éste de dos minutos y medio que se marcó anoche el procesado —sacando pecho— este pequeño detalle de la corrupción no aparece por ningún lado. Habla mucho de la justicia europea, de cómo ha desbaratado la causa del juez Llarena, de lo injusta que es la situación de sus compañeros encarcelados, pero no dice nada de su condición de malversador.

 

Puigdemont se ha pasado dos semanas mudo, inquieto como estaba por si lo suyo en Alemania se torcía, hasta que ayer volvió a los vídeos de primera aliviado porque por rebelión ya no lo entregan.

Este serial interminable empezó el día siguiente a la proclamación de la independencia, cuando el orgulloso libertador de Cataluña, después de sentir el calor del pueblo en una cervecería de Girona, se largó a escondidas del país diez minutos antes de que la fiscalía formalizara en el juzgado la denuncia. Dejó a Junqueras y compañía colgados de la brocha y él se largó a Bruselas a vivir la vida. Con el escudero Comín, la farolera Ponsatí y el resto del grupeto a la fuga.

Medio gobierno en prisión, el otro medio en Waterloo.

Con el medio de aquí no tuvo dificultades el juez Llarena para ir armando el sumario, practicando diligencias, interrogando a los presuntos y formalizando los cargos. Con el otro medio pinchó en hueso. Nada salió como él pensó que saldría. Ni él ni la fiscalía. El fiscal general Maza, que en paz descanse. Cuando empezó el procedimiento se nos dijo que el regreso de los huídos sería poco menos que un trámite. Cómo iba a negarse la justicia de un país europeo a entregar a España a un ciudadano reclamado aquí por graves delitos. Existía la eurorden, el formidable invento europeo que servía para que el prófugo fuera entregado a la justicia sin intervención de los gobiernos: de juez a juez en la confianza de que si uno lo está reclamando es que está justificada la entrega. Quién iba a pensar entonces que acabarían añorando los jueces españoles la intervención de los gobiernos. De haber dependido de la señora Merkel, Puigdemont llevaría en España seguramente varios meses, para ser procesado y juzgado por todo aquello que considerara oportuno el Supremo.

Nada salió como se esperaba. Todo se fue torciendo. En Bélgica, en Escocia, en Alemania.

Hoy el independentismo sonríe y se burla del Tribunal Supremo. Los sesudos jueces en sus togas oscuras sufriendo el trago indigesto de ver cómo tres alemanes, tan togados como ellos, se hacen un calvo y les dan lecciones de derecho español visto desde Holstein.

El presidente Sánchez, impulsor de la nueva operación apaciguamiento, se precipitó ayer o por cálculo o por falta de conocimiento. Dio por hecho que, aunque sea sólo por malversación, el de Hamburgo será embarcado hacia España para ser juzgado en el Supremo. Y que así debe ser.

No tan deprisa, presidente, no tan deprisa. Puigdemont, de momento, no va a ser juzgado en ningún sitio. Llarena renuncia a la entrega cercenada. O lo mandan con carta blanca para juzgársele por todo o prefiere que se lo queden. Que se haga a la idea el hamburgués de que no podrá volver nunca más a España. Si algún día vuelve, detenido y al Supremo. Ésta es la idea. Se juzga a los que están y al resto, se los espera. Ya volverán. Ésta es, ahora, la idea.

En realidad la idea de Puigdemont es otra. El tiempo, cree él, juega ya a su favor. Aspira a que este nuevo presidente, tentado de hacer historia como apaciguador del independentismo, maniobre para que la fiscalía recule y el procedimiento, sin rebelión, acabe quedándose en las raspas. Todo lo más, una desobediencia al Constitucional. Como la de Artur Mas, al que ahí tienes, exhibiéndose junto al mar en su bañador amarillo.

Sueña Puigdemont con bañarse él también en Palamós, con la monja Caram y el cura de Calella, todos con bañador amarillo mientras Torra, servicial, termina de prepararles la merienda.

De momento el cabecilla de la tropa seguirá en Hamburgo. Un presunto corrupto está impune en Alemania.