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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "El marianismo termina en el PP con ración triple de marianismo: Cospedal, Soraya y Casado"

Si es usted afiliado del PP, no se ha visto en otra.

Carlos Alsina | @carlos__alsina |  Madrid |  Actualizado el 05/07/2018 a las 08:13 horas

Poder plantarse en la sede local y elegir entre seis personas, seis, cuál le parece mejor para liderar en adelante su partido.

Lo nunca visto en una formación política acostumbrada a que el jefe que va a caducar hace antes testamento y deja proclamado heredero. A dedo.

Llegó la democracia directa al PP. Un afiliado, un voto. Por lo menos para hacer la criba de hoy. De los seis sólo pueden quedar dos. Los que los afiliados decidan.

Bueno, hoy de momento pueden quedar dos. Sólo si hubiera una votación abrumadoramente favorable a alguno de los seis aspirantes resultaría proclamado presidente de manera automática. Es una posibilidad: imagine que Elio Cabanes obtiene el 75% del voto: pues presidente Cabanes.

A las nueve y media abren las urnas en las sedes del PP.

No se ha celebrado debate alguno entre los candidatos. No ha habido confrontación ni de proyectos ni de formas de entender cómo debe funcionar un partido, para qué sirve, cuál es su papel en la sociedad de 2018. Margallo se quedó con las ganas de que los demás entraran al trapo de discutirle su reforma constitucional. Y entre los tres favoritos, Cospedal, Santamaría, Casado, todo el debate que ha habido es cuál de ellos representa menos el pasado. Los tres proceden del equipo de Rajoy y de la dirección del partido: una secretaria general, un vicesecretario y una vicepresidenta. El marianismo termina con una ración triple de marianismo.

Se consumó la operación desembarco. La izquierda toma el control de Radio Televisión Española con el aliento de los independentistas catalanes.

En el nuevo puente de mando de la empresa pública sólo hay consejeros de Podemos, el PSOE y el PNV. De los diez, cinco son de Pablo Iglesias. Ni consenso, ni perfiles poco significados, ni nada de lo que prometieron. A los nuevos consejeros habrá que juzgarlos por la decisiones que vayan tomando, obviamente, y también por el grado de autonomía que quieran tener de aquellos que les han colocado. La primera señal que van a emitir son los nombres de los directores de cada sociedad del grupo —quién dirige Televisión Española, quién Radio Nacional— y a quiénes eligen estos para dirigir los informativos, que es lo único que de verdad les interesa a los partidos políticos: los informativos que para ellos siempre son herramientas de persuasión y propaganda.

La versión oficial dice que el director de informativos tiene que someterse a una votación, en referéndum, de los trabajadores de la plantilla. La realidad es que esa votación es perfectamente irrelevante porque su resultado no vincula y porque sólo se puede votar sí o no al candidato que propone la dirección. Por eso la pregunta es: ¿al director de Informativos lo va a buscar también Podemos? ¿Le llamará Pablo Iglesias como hizo con Andrés Gil y Ana Pardo de Vera?

Dame los telediarios, dame los telediarios.

El compromiso con la neutralidad se demuestra poniendo a dirigir Radio Televisión Española a alguien que no sea de tu cuerda. Justo lo que no han querido hacer ni Pedro Sánchez ni, sobre todo, Pablo Iglesias. De nueva política nada. Han salido los dos de la vieja escuela.

Nos prometen transparencia pero no hay manera de créerselo.

Si la transparencia fuera norma de conducta, esta declaración de ayer de la ministra para la Desinflamación de Cataluña, Meritxell Batet, habría sido recibida como lo que es: una vacuidad, una obviedad, una frase vacía. ¿Quién iba a podría considerar noticia decir que aquel que visita en la Moncloa a visitar al presidente le puede hablar de lo que le parezca oportuno?

Nunca se le prohibió a nadie hablar de lo que quiera hablar ni en la Moncloa ni en el Congreso de los Diputados. La mejor prueba es Rufián, día tras día con el raca raca.

Al presidente del gobierno Torra le podrá hablar de lo que quiera. Por supuesto que sí. Autodeterminación incluida. Y entonces, ¿cómo es posible que una obviedad sea aireada por Joan Tardá como si le acabara de cortar la cabellera a Borrell para exhibirla en el balcón de la plaza de Sant Jaume?

Pues sólo por una razón. La sospecha.

La sospecha de que aquí hay algo más que este baile que se traen Esquerra Republicana y el gobierno. La primera dándole una relevancia que no tiene a la bobada ésta de poder hablar y el segundo dejando hacer porque fingir que han cambiado las cosas sirve para hacer olvidar el 155.

El bailecito. Los pasitos sincronizados y el juego de apariencias.

¡Se podrá hablar de todo en la Moncloa! Qué gran cambio, dicen, en contraste con el marianismo.

Al personal ya se le ha olvidado que a poco de ser coronado el amigo Puigdemont por el dedazo de Artur Mas, unos humoristas llamaron a la Moncloa de Rajoy haciéndose pasar por el nuevo. Ya había proclamado el Puigdemont de verdad que su meta era la autodeterminación y el referéndum.

Y se puso Rajoy a buscar fecha para su reunión con Puigdemont. Porque nunca hubo veto ni a que visitara la Moncloa ni a que hablara allí de lo que le pareciera oportuno.

Torra, como le pasó a su creador, puede acudir a donde él quiera para contar su raca raca. A Puigdemont se le invitó a hablar en el Senado, en la Conferencia de Presidentes Autonómicos y en el Congreso de los Diputados. Venga usted y diga lo que quiera. ¿Y qué pasó? Que nunca se digno aparecer por ninguno de esos foros. No porque le prohibiera nadie venirse arriba con la autodeterminación, sino por lo que habría pasado luego. Que los demás también habrían hablado y Puigdemont habría tenido que encajar las réplicas. De los otros presidentes autonómicos, de los senadores, de los diputados. Es decir, de los representantes legítimos de los ciudadanos que no son de su cuerda.

Nunca ni la Moncloa ni el Parlamento le prohibieron hablar de nada al presidente de la Generalitat. Fue él quien se negó a afrontar lo que luego le iban a recordar: que la autodeterminación no cabe y que no es legítimo actuar como si existiera abusando del poder que uno tiene y usando las instituciones catalanas como fuerza de choque para imponer un referéndum.

Pero aquí no ha habido ningún cambio. El cambio llegará el día que QuimDeMont Torra, después de soltar su parrafada sobre la autodeterminación en la Moncloa, asuma que él no es quien para imponerle nada al resto del país y que ahí nada que negociar. Y acepte negociar con el gobierno central aquello que sí está en condiciones de conseguir, como hacen los demás presidentes autonómicos. Lo que Torra aún tiene que demostrar es que él tenga capacidad —y autonomía, y coraje— para dar semejante paso. Siendo, como es, el delegado en España de Junts per Alemania.