OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "Vuelta al cole: el libro aguanta"

Carlos Alsina reflexiona en su monólogo sobre el inicio del curso escolar marcada por la pérdida de protagonismo de los dispositivos electrónicos en la guerra contra las pantallas que encabezan algunas comunidades autónomas.

ondacero.es

Madrid |

Hace veinticinco años, la revista Newsweek hizo una encuesta entre personalidades del sector tecnológico a las que preguntaron cómo sería la escuela del futuro. Una especie de prospección, o profecía, sobre los cambios que, en el aula -si es que seguía habiendo aulas- tendrían los avances tecnológicos.

Bill Gates, por ejemplo, veía a cada alumno con un PC -a ser posible, con sistema Windows, claro- conectándose con internet y con alumnos de otros colegios para hacer varias tareas a la vez y con una pantalla gigante en la que el profesor pudiera navegar también por internet y usar vídeos para explicar su asignatura. ¿Y el papel? Ah, no, nada de papel.

Newt Gringich, ex presidente del Congreso de los Estados Unidos metido a inversor, preveía que, en lugar de mesas y pizarras, habría simulaciones virtuales que permitieran ver en medio del aula la representación de un átomo en tres dimensiones, o invitar a científicos a que se aparecieran virtualmente a hablar con los alumnos, y conectar con colegios de otros países, como Afganistán, para conocer la cultura de otro país.

Un tal John Doerr, financiero tecnológico, daba por muerta el aula física. Ni pupitres, ni tabiques, ni nada. Los alumnos, en torno a una pantalla gigante, como el imax, y una máquina que va proyectando vídeos para aprender. Un joven profesor, de nombre Lloyd, preveía que, en veinticinco años, cada niño iría a clase con una mochila electrónica y, por supuesto, sin libros.

Otro gurú, Papert, calculaba que el colegio mismo desaparecería. Que los niños aprenderían o en sus casas, conectados, y no sólo no habría libros sino que ya no habría que leer, tampoco en la pantalla. Todo se habría hablando. ¿Y Steve Jobs, el hombre que años después popularizaría el iPad? Pues él respondió con una frase que quedó ahí y que ha sido muy malinterpretada. Dijo: 'Cambiaría toda la tecnología por una tarde con Sócrates'. Guau. ¿Estaba en contra de las pantallas que él mismo diseñaba?

En realidad, no. Su previsión era que, en veinticinco años, a los niños, además de a escribir, se le enseñaría a grabar y editar vídeos porque ésa era, pensaba él, la nueva forma de crear y expresarse. A los alumnos había que enseñarles a expresarse en los nuevos lenguajes. Pero la clave, para que funcionara, seguirían siendo los maestros. De ahí lo de Sócrates. Una tarde con Sócrates vale por toda la tecnología de ahora. Bueno, le valía por la tecnología de hace veinticinco años.

En todo el reportaje, sólo una persona, la profesora Deborah Meier, con experiencia en pequeñas escuelas, cuestionaba la importancia de las nuevas tecnologías audiovisuales. 'Sólo son una herramienta más', decía, '‘lo esencial seguirán siendo las relaciones que se establecen entre los estudiantes y los hábitos que se crean en sus mentes. Son los hábitos mentales, la labor de pensar, lo que determina el resultado, no los instrumentos con los que se aprende'.

Veinticinco años después, no sólo sigue habiendo aulas (bastante parecidas a las que teníamos entonces) sino que iniciamos un curso escolar, en España, en el que está en cuestión la proliferación de las pantallas que estos años atrás fue promovido y financiado por las administraciones. Primero fue la restricción -incluso prohibición- de los móviles en clase, vigente ya en todas las comunidades autónomas.

Y ahora llega la erradicación de toda clase de pantallas -no sólo el móvil del alumno- en los primeros ciclos educativos: abre camino Madrid, en este nuevo curso, y le seguirán la región de Murcia y Galicia, está por ver si en próximos cursos se suma –--o no--- el resto. La corriente contraria a las pantallas en clase ha ido ganando peso y aunque no ha conseguido desterrarlas del todo, sí ha hecho que se cuestione cada vez más su uso y se limite su utilización tanto para alumnos, los pequeños, como para profesores.

Algo así como desandar el camino de los años precedentes, de la exaltación tecnológica que llegó a identificar modernidad con electrónica a estas dudas de ahora sobre el exceso de electrónica en las aulas. Una suerte de cargo de conciencia por haber fomentado en edades muy tempranas el hábito de las pantallas sin tener suficientemente estudiado el efecto que esas pantallas tienen en los hábitos mentales, la atención, la comprensión o la ansiedad.

Los más críticos con esta deriva llegan a decir que la expansión de las pantallas en las aulas ha sido como encomendar la salud de los menores a la Philip Morris. Y los más críticos con la contrarreforma de ahora replican que el problema no está en las pantallas sino en no haber sabido adaptar la forma en que se enseña con pantallas. Es uno de los debates más interesantes de nuestro tiempo.

Para los más pequeños, en Madrid, comienza el curso en que el papel, y los libros, tomaron de nuevo las aulas. Cuántas veces, por cierto, se predijo la transformación radical de los métodos de enseñanza y la desaparición de los libros. Cuando apareció el cine. Cuando apareció la radio. Cuando apareció la televisión. Cuando apareció el PC. Cuando apareció internet. Cuando Steve Jobs presentó el iPad. Y el libro se reivindica hoy, bien lo sabe María Pombo, como tecnología no obsolescente, o sea, que no caduca.

Vuelve Leire. La fontanera, reportera

Vuelve Leire. La fontanera. La fontanera reportera. Y dicharachera. Periodista de investigación sin reportajes ni obra publicada conocida.

La ciudadana libre, socialista -suspendida de militancia- y comprometida, que iba ofreciendo a supuestas víctimas de montajes policiales y judiciales reuniones con fiscales y amparo de las más altas instancias del Gobierno para neutralizar sumarios y hacer naufragar sentencias, comparece esta mañana en el Senado. La última vez que compareció ante la prensa, acuérdese, en la sala de un hotel de Madrid alquilada por Dolset se personó allí el inefable Víctor de Aldama a llamarla sinvergüenza y reventarle la comparecencia. Qué mañana, aquélla del cuatro de junio. Tres meses han pasado. Y no se contempla que hoy se repita el numerito y se plante Aldama en el Senado, supongo.

El PP lleva a Leire Díez a la comisión Koldo -y a quién no, ha llevado ya a media España- para poder preguntarle por Dolset, por Cerdán, por la fontanería de encargo, por sus ofertas de puestos golosos a fiscales anticorrupción para quitarlos de en medio, por el vídeo sexual que fue ofreciendo a medios de comunicación para arruinarle la vida a uno de esos fiscales, por el pen drive que le llevó a Cerdán y por tantas otras cosas. Está por ver que del severo interrogatorio del grupo popular salga algo nuevo o relevante, distinto a todo lo que ya se sabe sobre la fontanería a la carta.

Illa toma el relevo a Santos Cerdán

En junio, cuando aquella semana de dolor y gloria para Leire, Santos Cerdán aún era el todopoderoso delegado de Pedro Sánchez tanto para la negociación de pactos políticos con lo mejor de cada casa -lo mismo Puigdemont que Arnaldo Otegi-, como para la defenestración de socialistas incómodos -lo mismo Lobato que Tudanca o Lastra-, como para el acarreamiento de munición villareja con la que denigrar a adversarios políticos, jueces o fiscales.

Hoy Cerdán es un recluso preventivo que cumple dos meses y ocho días en Soto del Real investigado por corrupción y repudiado, y extrañado (al menos formalmente) por el partido al que entregó su vida, y del que vivió, durante años. Hoy su defensa pedirá de nuevo la excarcelación -y no parece que lo vaya a conseguir- y en breve el Tribunal Constitucional rechazará su recurso contra el Supremo, al haberse producido la orden de prisión con pleno respeto a la ley y los procedimientos.

Ahora que Cerdán ya no puede viajar a Bruselas, o a Ginebra, o a donde quiera que desee ser visitado Puigdemont, ha tomado el relevo Salvador Illa, el más reciente visitador. Que ayer, por cierto, en entrevista en La Vanguardia afirmaba que Puigdemont no puede ejercer su actividad política en Cataluña. Paradójico, teniendo en cuenta que el trabajo de Puigdemont, y por lo que cobra salario pagado por todos los catalanes, es el de diputado en el Parlamento autonómico. En qué otro lugar cabe ejercer mejor la actividad política en Cataluña que en su parlamento, president.

La actividad política la ejerce plenamente, lo que no ejerce es la residencia en Cataluña, usted sabe bien por qué. Y el porqué es la malversación y una interpretación del Supremo sobre la ley de amnistía que hasta ahora ningún otro tribunal ha cuestionado. En la entrevista, el presidente de la Generalitat se extendía sobre los jueces que hacen política, los sectores que hacen discursos de odio, lo extraordinario que es Sánchez… pero ante la pregunta, necesaria, 'de qué habló usted con Puigdemont', se acababa la locuacidad y sólo respondía: 'Me tiene que permitir que sea discreto sobre esa conversación'.

Conclusión: Illa no cree necesario informar a sus gobernados de los temas que, como presidente, abordó con el líder de la oposición. Y aún lo llamarán normalidad. El título que el diario eligió para la entrevista fue esta frase de Illa: 'Hasta que Puigdemont vuelva y Junqueras pueda ser candidato no habrá normalidad'.

Illa no cree necesario informar a sus gobernados de los temas que abordó con el líder de la oposición

Pero vamos a ver, ¿la normalización no se había alcanzado ya? Si lleva el gobierno central dos años presumiendo de haberlo normalizado todo. Nada tiene de normal, en efecto, que un gobernante que hunde la institución que preside y conduce a sus gobernados a la crisis más grave imaginable, o sea, Puigdemont, se mantenga, prófugo y todo, como condición necesaria para poder gobernar España. Duelo y señor de Waterloo al que hay que ir a hacer la pelota, te llames Cerdán, Zapatero, Sánchez Llibre o Salvador Illa.

En rigor, la normalidad llegará a la vida política catalana, y a la vida en general, el día que Puigdemont y Junqueras asuman que su tiempo ya pasó, que llevaron a las instituciones catalanas -por abuso de poder- a su momento más crítico desde la restauración democrática, que estafaron a sus gobernados y quisieron estafar al resto de los españoles y que, habiendo cometido delitos graves y habiendo provocado una quiebra tan honda, el mejor servicio que pueden prestar a Cataluña y a la convivencia es marcharse de una vez a su casa. Quizá alguna vez el presidente Illa tenga el coraje de pedirles que dejen paso a dirigentes políticos limpios y sin antecedentes. Sin esperar, digo, a la próxima campaña electoral.

Monólogo de Alsina: "Más libros y menos tablets"