Había una vez un ex ministro socialista que aspiraba a ser investido presidente de la Generalitat de Cataluña. Aspiraba tanto que tuvo que tragarse el sapo de negociar los diputados que le faltaban con el partido que se había hartado de llamarle carcelero y represor por defender que una persona condenada por sedición y malversación (o sea, corrupción) no es un preso político. Es un delincuente. O sea, Esquerra Republicana, partido dirigido por una de esas personas.
El exministro aspirante, que ya se había tragado antes una amnistía que durante años desdeñó, y con gran convicción, ¿verdad?, ni amnistía ni tutía, que habría dicho Fraga, se personó en el Parlamento de Cataluña una mañana de agosto para ver, por fin, cumplido su objetivo, sapos mediante. Y mientras él se presentaba en el Parlamento, un señor con flequillo y gafas se presentó en el Arco del Triunfo a dar un mitin para torpedearle su día de gloria.
O sea, Puigdemont. Aquella mañana de agosto de hace un año en que el valeroso cabecilla del procés fingió dirigirse al Parlamento para meterse en un coche, torear a los mossos de esquadra y darse, otra vez, a la fuga. Y ahí sigue, fugado. Siete años incumpliendo su obligación de presentarse ante el juez.
Hace trece meses, Salvador Illa se convirtió en presidente de la Generalitat de Cataluña. Puigdemont, que aún no ha superado el trauma del gatillazo, despreció a Illa antes, durante y después de aquella investidura. Gobernador civil, lo llamó. Marioneta españolista. Peón de Pedro Sánchez. Antes lo había llamado opresor por haber apoyado el 155. En noviembre cargó contra él por no viajar a Bruselas a dedicarle un rato.
Illa se había buscado la coartada de reunirse, de uno en uno, con todos sus antecesores -coartada para blanquear a un evasor fiscal pendiente de juicio, o sea, Jordi Pujol-, y Puigdemont le preguntó por qué a él le seguía haciendo ascos. Por qué, si el Illa converso jaleaba ahora la amnistía como si hubiera sido lo mejor que le había pasado a Cataluña desde el regreso de Tarradellas.
Pero Illa no quería viajar al extranjero a agasajar a Puigdemont -él no quería, oiga-. Hasta que ayer quiso, de pronto, y anunció que esta tarde estará en Bruselas para encerrarse un rato con el hombre que aún lo sigue despreciando. Todo muy honorable, como se ve. A solas y sin preguntas de la prensa. Solo la imagen, o la foto. La foto de un creyente agasajando a un profeta. El president, que se debe a los ciudadanos, no ha creído oportuno explicar de qué tienen que hablar. Es incluso posible que no hablen de nada. De lo único que se trata es que de Illa se trague el siguiente sapo.
Sí, ha dicho Illa que él quiere enviar, volando voy, un mensaje de diálogo. Esto es bonito. Un mensaje de diálogo. Chico, hazle una perdida. O una videollamada. Envíale un guasap. No hace falta personarse. Perdón, retratarse.
"El motor de la democracia es el diálogo", ha dicho Illa -un poco campanudo, con cariño lo digo-. El motor de la democracia es el diálogo y el cumplimiento de la ley, ¿no, president? El cumplimiento de la ley, el respeto a los derechos políticos de los demás ciudadanos, en fin, todo eso que su agasajado de hoy atropelló hace ocho años y aún no ha encontrado tiempo para arrepentirse, y disculparse, ni un poco.
Jamás pidió disculpas Puigdemont por nada de lo que hizo. Todo será que sea Illa quien se disculpe hoy por haber apoyado el 155 y el procedimiento judicial que abrió el Supremo. Turull, por si quedara duda, volvió a tratarle ayer mismo con recochineo. Como a un pelele que hace lo que Sánchez le ordena. Ahora, a tragar, a ver si así nos afloja la soga Junts en el Congreso.
Jamás pidió disculpas Puigdemont por nada de lo que hizo
¿En calidad de qué acude Illa? Porque si es para negociar acuerdos del gobierno central en el Congreso, Illa ni es Gobierno ni es Congreso. No se sabe si Illa acude como suplente de Santos Cerdán, aquel fontanero jefe que tuvo Sánchez que lo mismo le amañaba una amnistía a Puigdemont que una obra púbica a Servinábar; como suplente del suplente (porque el suplente de Cerdán fue Zapatero) o como sucedáneo de Pedro Sánchez (como él todavía no viene, ya vengo yo).
Dice Illa que él habría querido recibir a Puigdemont en el Palau de la Generalitat -a ver, que se note quién es el president: si viajas a Bruselas, parece que el president es el otro-. Pero no ha podido recibirle en Barcelona porque no está amnistiado del todo. Qué prisas de pronto. A ver, reunirse en el Palau claro que pueden. Sólo hace falta que Puigdemont acepte que, estando pendiente de juicio, se personen allí los mossos a los que toreó hace un año para conducirle inmediatamente después al juzgado.
Un presidente alérgico a la prensa
El presidente del gobierno, alérgico a la prensa todo el verano -un año sin dar una entrevista a nadie-, acudió anoche a la televisión que considera (y trata) como si fuera suya, Televisión Española, más en su afán de promocionar el Telediario que de responder a las preguntas pendientes. Un año sin conceder una entrevista y aún tuvo el cuajo de decir que él está encantado siempre de responder a cuantas preguntas se le hagan. En fin.
¿Presentará Presupuestos a las Cortes?, le preguntó Pepa Bueno, que viene a significar dejará de incumplir la Constitución por tercer año consecutivo. La broma pesada continúa. Un presidente que anuncia que esta vez sí presentará Presupuestos sin haber explicado todavía por qué lleva dos años incumpliendo la Constitución.
Que jura, jura y perjura que esta vez sí, como años atrás juró, perjuró e incumplió (cambios de opinión, ya sabemos). Pero que a la vez avisa de que le da igual aprobarlos, que no porque él piensa seguir. Atención: piensa seguir toda la legislatura, aunque en toda la legislatura este Parlamento, que es la sociedad, no le respalde ni una vez las cuentas del Estado. Esto sí que es la nueva política, y no lo de Iglesias y Ribera.
Esto sí que es la nueva política, y no lo de Iglesias y Ribera
¿Qué tal si, en lugar de avisar tanto, va de una vez y presenta el proyecto? La vicepresidenta Montero lleva meses afirmando que se deja la piel en este empeño. Pues tiempo ha tenido (tiempo le ha sobrado) para poner en orden los números (bien es verdad que ha preferido emplearlo para organizarse actos de autopromoción los viernes -puerta de fin de semana- en Andalucía, mayor gloria de sí misma, que es candidata).
Cuando anoche Pepa Bueno le pone a Sánchez el vídeo de Sánchez, 2016, en que exige a Rajoy que apruebe Presupuestos, presente cuestión de confianza o disuelva… entonces dice este Sánchez de ahora que la situación es distinta. Porque a él con los Presupuestos prorrogados le vale, se entiende que a Rajoy no. Claro que también dijo anoche que él es un político que nunca insulta. Aunque fuera él quien llamó indecente a Rajoy en un debate electoral -debía de ser un elogio que fue malinterpretado-.
Un pacto de Estado sin ningún pacto
Ah, hoy el Consejo de Ministros aprueba una cosa que ha llamado Pacto de Estado sobre el cambio climático. ¿Pactado con quién? Ah, no, con nadie. Consigo mismo. Un pacto acostumbra a ser algo que se ha pactado con otro tras una negociación. Esto que se aprueba hoy es un papel, cargado de buena voluntad -seguro que sí- que como mucho alcanza la condición de propuesta de pacto. Ha dicho el presidente que llama a los politicos de toda España a no polarizar con esta cuestión. Está muy bien. ¿Qué tal si llama a no polarizar con ninguna cuestión? ¿Y qué tal si empieza por llamarse a sí mismo?

