Déjenme que les cuente una historia. Había una vez un líder político con el pelo naranja, y ebrio de laca, que bastante pagado de sí mismo garantizó, nada más recuperar el trono, que él se encargaba de resolver en dos patadas tanto el conflicto de Oriente Próximo, pasando por Gaza, como la invasión rusa de Ucrania, que él achacaba a un error de cálculo de la OTAN, siempre provocando al pacifista que gobierna Rusia.
Alardeaba el líder del pelo naranja de su extraordinaria relación con el jefe del Gobierno de Israel, un tipo directo y pragmático como el llamado Netanyahu, y con el jefe del Estado, el gobierno, el Ejército y la maquinaria de propaganda rusa, otro tipo directo y resolutivo como él, llamado Putin.
Almas gemelas. O trillizas. El líder prometió pacificar el mundo en enero de 2025. Pero llegó septiembre, hoy en concreto, once de septiembre, y Netanyahu seguía llevándose por delante vidas de ciudadanos palestinos con la coartada de que todo apesta a Hamás y Putin seguía matando ucranianos con la coartada de que tenía que liberarlos del régimen nazi que encarna Zelenski y que es una amenaza terrible para la integridad territorial de Rusia, diecisiete millones de kilómetros cuadrados, veintiocho veces Ucrania.
De este líder desahogado, y estadounidense, Donald Trump, decían sus partidarios que podía ser un poco bocas, es verdad, pero que tenía la gran virtud de no hablar el lenguaje de madera de los políticos. Bien al contrario, a él se le entendía todo. No necesitaba intérpretes.
Violación rusa del espacio aéreo polaco
Por eso, el día que el Ejército polaco hubo de derribar una cuadrilla de drones rusos que habían violado su espacio aéreo, y que la OTAN se puso en guardia, y que el primer ministro de Polonia levantó el teléfono para hablar de urgencia con Macron, con Starmer, con Meloni, con Merz (no, con Sánchez, no), ese día, que fue ayer, se esperaba con verdadero interés lo que tuviera a bien decir Trump, el rey del lenguaje directo y claro. Al cabo de una jornada a la expectativa, el influyente presidente de los Estados Unidos escribió un mensaje en su red social que dice: "Allá vamos". Y el resto del mundo se quedó pensando qué diablos quería decir.
Hoy el presidente de Polonia será el primero en poder aplicarle a Trump la traducción simultánea porque ha prometido llamarle. Qué significa "allá vamos". Polonia, país OTAN, ha requerido de los Gobiernos aliados consultas sobre lo que entiende que ha sido una agresión premeditada a su integridad y la seguridad de sus ciudadanos. En la escala de posibles respuestas de la OTAN a un episodio como este, estamos aún en la parte baja: consultas y declaraciones de los líderes, advirtiendo a Moscú y acelerando la puesta en pie de un escudo anti drones.
El paso siguiente sería calificar lo de ayer como ataque a todos los países de la OTAN en su conjunto, con la obligación consiguiente de decidir qué respuesta militar merece. El sobresalto fue notable y la inquietud, justificada. Rusia asegura que no pretendía atacar Polonia, pero la costumbre de Putin de poner a prueba a sus adversarios y medir la respuesta que dan a sus acciones hace que cunda la sospecha sobre sus verdaderas intenciones.
Los Gobiernos europeos amanecieron ayer preocupados, estuvieron hablando entre ellos y transmitieron sus impresiones a los ciudadanos. Bueno, no todos. En España, país europeo y país OTAN, los más significados líderes políticos, y su Gobierno en pleno, coincidieron a primera hora de la mañana en el Parlamento. Donald Tusk, el polaco, ya había hablado; lo había hecho la OTAN; en el Parlamento Europeo lo estaba haciendo Úrsula Von der Leyen.
Pero en el Parlamento de España, ni el presidente consideró necesario mencionar lo que había sucedido en Polonia, ni al líder de la oposición le pareció necesario preguntarle. Hubo que esperar a las doce y media de la mañana, seis horas después de que se conociera el incidente, para leer -que no escuchar- al presidente expresar la disposición de España a defender la paz y la seguridad comunes.
Votación de la reforma laboral
Lucha de clases en el Congreso. Yolanda Díaz Pérez, abogada laboralista, de clase media y salario superior a la media española, contra Míriam Nogueras Carnero, empresaria del textil de clase media y salario superior también a la media. Claro, es que catalanas son españolas. Se refiere la vicepresidenta, imagino, al resto de los españoles. Lucha de clases. El Gobierno de la clase obrera frente al partido que puso en el Gobierno a Sánchez y que ahora resulta ser, a ojos de la vicepresidenta que fue pionera en blanquear a Puigdemont, la delegación de la patronal reaccionaria en el Congreso. Señor, señor, cuánto postureo.
Ayer tocaba incluir a Junts en el bloque de las derechas con el mismo criterio oportunista, e interesado, con que en julio del 23 fue incluido en el bloque del progreso de izquierdas-plurinacional-y-periférico. La señora Nogueras se erigió en defensora de las panaderías, los talleres mecánicos, las peluquerías, los zapateros, catalanes todos, por supuesto, porque a la diputada Nogueras el resto de España le importa un cogombre. La señora Díaz, en defensora de las cajeras de supermercado, y la clase obrera.
Fue una jornada parlamentaria conmovedora. Los diputados y diputadas que hoy ya libran porque es fiesta en Cataluña y Armengol ha decretado hoy recreo. Para dar ejemplo de jornada laboral superreducida, supongo. Fue una jornada conmovedora porque todos los portavoces se declararon partidarios de que los ciudadanos tengan más horas de descanso, pero no así, dijo la señora Nogueras, no pagándolo el pequeño comercio; pero no así, dijo el PP, no relegando la productividad.
Tiene razón Yolanda Díaz en que la mayoría social es muy partidaria de la reducción de jornada cuando se le pregunta en las encuestas -es verdad que las preguntas van sin matices de cuánto, cómo o a qué precio- pero este es el Gobierno que ha establecido que las encuestas pueden decir misa porque la mayoría social se demuestra en las votaciones del Parlamento. Mayoría social como sinónimo de mayoría parlamentaria. Y siendo así, doctrina gubernativa, ni el Gobierno tiene mayoría social para rebajar el tope legal de la jornada, ni la tiene, por ahora, para reformar el acceso a la carrera judicial, ni la tiene para aprobar un Presupuesto, ni la tiene para salvar una cuestión de confianza.
Es lo que hay. Un Gobierno en minoría parlamentaria que palma cada vez que, como dice Rufián, se hace visible que el Parlamento que votaron los españoles en 2023 es un Parlamento con mayoría de derechas. Y el Gobierno solo saca adelante sus proyectos cuando algún partido de derechas se los compra, casi nunca por convicción y casi siempre a cambio de algo que nada tiene que ver con el proyecto. Ese es el día a día de esta legislatura gripada y de un presidente que abusa del decreto.
Sanciones de la UE a Israel
En fin, alegrías y disgustos en casa Sánchez. En el Parlamento español, gatillazo; en el Parlamento Europeo, un triunfo. Fue el primero, en esto sí, nuestro Gobierno en pedir no solo la revisión, sino la suspensión del acuerdo europeo con Israel, y ayer se sumó a esa iniciativa la presidenta Von der Leyen. Úrsula, a la española, digamos, empujando a los Gobiernos de la Unión a apretar un poco más al Gobierno israelí para que recule en su opresión letal a la población de Gaza. Y propone algo más: sanciones a personas concretas de la administración israelí que, a juicio de la Unión Europea, alienten posiciones extremistas en lugar de abogar por el alto el fuego. Incluidos ministros del Gobierno Netanyahu.
Lo que no hizo Von der Leyen es llamar a lo de Gaza genocidio. Tendremos que esperar a la próxima cumbre europea para ver si Sánchez da el paso de retar a la amiga Úrsula a hacerlo con el mismo tono con el que ayer se lo reclamaba a Feijóo en el Congreso.
El Gobierno se ha abonado a este nuevo estribillo en el comienzo de curso: diga genocidio. La nueva prueba de pureza moral, y limpieza de ánimo, es usar esta palabra y no cualquier otra. De los autores de genocidio es un concepto que depende del Tribunal Penal Internacional y está por ver si se lo asigna a esto de Gaza, quiénes somos nosotros para meternos llega ahora o dice usted genocidio o está justificando a Netanyahu y sus matanzas.
El juego retórico, y político, es burdo, pero el presidente está convencido de que le funciona. De pronto, todos los ministros -hoy qué toca- meten la palabra genocidio en la primera frase que sale de su boca. De pronto el presidente que no tenía claro que lo fuera, concede o retira credenciales humanitarias con la misma soltura con que emite sentencias de culpabilidad o de inocencia. Sánchez cambia todo el tiempo de opinión, pero ay de ti como no le acompañes en sus vaivenes.

