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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "Iglesias rompió amarras con su mentor chavista, como lo hizo con Syriza, Varoufakis y su piso de Vallecas"

Lo siente usted, ¿verdad? Lo percibe, lo nota. Que ya está aquí. Como cada año. El espíritu.

Carlos Alsina | @carlos__alsina |  Madrid |  14/12/2018

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No, hombre, no. El espíritu de la moción de censura, no. El espíritu de la Navidad.

No paramos de llevarnos sorpresas. Pablo Iglesias se sabe 'La venganza de don Mendo' de Muñoz Seca. Y Luis Aznar, senador del PP que ejerce de fiscal en la comisión (fallida) que se inventó el PP para desquitarse de los demás partidos por inventarse, a su vez, la comisión Bárcenas del Congreso, él también se sabe 'La venganza de don Mendo'. Porque los paró la presidenta de la comisión, sino habríamos tenido ayer en el Senado una batalla de gallos, no rapeando sino declamando. En su lugar tuvimos, a ratos, un gallinero.

El espíritu de la Navidad es como el espíritu de la moción, esquivo, intermitente, distinto según a quien se le pregunte.

Creyeron ser testigos ayer, no los senadores sino los diputados del Congreso de un momento genuninamente navideño. Se encomendaron a Frank Capra cuando vieron al diputado Alberto Rodriguez, de Podemos, arrancarse con una declaración de amor parlamentario que conmovió el corazón de sus señorías más pétreas.

Qué gran anuncio de la lotería si el diputado hubiera bajado de la tribuna para fundirse en un abrazo con su adversario político y compartir un décimo de esos que te cambian la vida.

El espíritu de la navidad. Bello gesto, entrañable, humanísimo, decían las crónicas.

Yo siento ser mister Scrooge. Y siento discrepar de la entusiasta que tuvo el mensaje de despedida. Es enternecedor, en efecto, que un legislador manifieste públicamente que echará de menos a un adversario político. Pero el preámbulo fue revelador. El diputado de Podemos azorado porque va a decir en público que un señor del PP puede ser buena persona. Ay los preámbulos.

Primero se lo tuvo que pensar mucho. Porque queda para la Historia y se puede arrepentir. De proclamar que un diputado es buena persona. Y encima ¡uno del PP! Qué van a pensar los españoles, señoría.

La acogida al gesto del diputado ha sido de ovación general. En el Congreso, en los medios y en las redes sociales. Tomemos nota y hagámosnoslo mirar: que en este país se haya convertido en un hito que un diputado tenga buena opinión de la calidad humana de otro. ¡Y encima del PP! Qué nos pasa, doctor, qué nos pasa.

En el caso de Pablo Iglesias, más que el espíritu de la Navidad es el espíritu de Galapagar el que de él se ha empoderado.

Dos años y medio después de se difundiera aquel intercambio de mensajes con su compadre Monedero en el que suspiraba por azotar a Mariló Montero hasta que sangrara, se disculpó el líder de Podemos no sin mencionar que aquello era una conversación privada, por supuesto.

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Lo siente mucho Pablo porque se da vergüenza a sí mismo. Muchísima vergüenza. Como escribe Luz Sánchez Mellado, le faltó azotarse cien veces y entonar el por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Iglesias y Monedero en el telegram: dos machotes chicándose los pectorales virtualmente a ver quién la tiene más larga. Uno se abochorna a sí mismo cuando lee lo que ha escrito y se ve desnudado.

En doble acto de contrición, se disculpó Iglesias por su machismo y se desmarcó de sí mismo en la envidia aquella que hace años dijo sentir por Venezuela. Aquel paraíso de luz y de color que era la república bolivariana del chavismo. Quién nos ha visto.

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No comparte las cosas que dijo él mismo y hay que entender que ya tampoco comparte las cosas que dijo a quienes discrepaban de su idílica visión de la república chavista. Ahora, como ya lo dice Pablo, no será ni fascista, ni golpista, ni imperialista admitir que los venezolanos sufren una situación catastrófica. Ahora, como ya lo dice Pablo, no tachará Podemos de manipulador interesado a quien hable aquí de Venezuela. Rompiendo amarras con su mentor chavista como antes rompió amarras con Syriza, con Varoufakis y con su piso de Vallecas.

El gobierno catalán (lo dijo aquí la señora Artadi) garantiza el derecho a manifestarse y a hacer huelga el día que Pedro Sánchez visite Barcelona y celebre allí el Consejo de Ministros. No vamos a escuchar a Torra diciéndoles a los CDR a apreteu apretu a Sánchez pero tampoco una palabra intentando disuadir a los amantes de la bronca.

Después de todo Torra y Artadi son soldados de Puidgemont. El expatriado que ayer empezó a sugerir que si Sánchez se encuentra con la madre de todos los boicots en la calle el viernes que viene es porque se lo ha buscado.

No quiere escucha al gobierno de Cataluña. Por eso ha celebrado veintidós reuniones entre ministros y consejeros. Y por eso ofreció a Torra verse en el Palau aprovechado la celebración del consejo de ministros. Que es lo que Torra no quiere porque él reclama para sí mayor deferencia: que viaje a Barcelona sólo para verle.

El independentismo catalán, los Puigdemont, los Torra, los Comín, no sólo se ha revelado como una fábrica imparable de votantes de Vox sino que ha conseguido que a Sánchez se le rebelen otra vez los barones. Tan calladitos como han estado los Page, los Lambán, los Fernández Vara, los Díaz, desde que prosperó la moción de censura, y lo poco que han tardado en empezar a hablar, y a desmarcarse del ibuprofeno, en cuanto ha caído la Junta de Andalucía. Aún colea lo que dijo Page aquí anteayer.

A la idea de debatir la ilegalización de los partidos que quieren tumbar la Constitución se sumó ayer Javier Lambán. El barón socialista que llamó fascistoide a Torra y camisas pardas a los CDR. El desenganche de los barones está en marcha. Al lado del baronéxit, lo del Bréxit es una broma.