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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "Esto no es una guerra, es una epidemia; nos escondemos en casa porque no sabemos cómo doblegar al virus"

Diario de la pandemia. Seis de abril. Ya queda un día menos para dejar todo esto atrás.

Carlos Alsina
  Madrid | 06/04/2020

· Es lunes santo. Y no hemos inventado las procesiones telemáticas. Habría salido esta tarde de la parroquia de San Gonzalo –-por la avenida de Coria hacia el puente de Isabel II pasando por el mercado de Triana— la virgen que tiene nombre de anhelo en tiempos de pandemia, Nuestra Señora de la Salud Coronada. Hoy se cumplen 65 años de la primera vez que procesionó en Sevilla. Leo que el rostro de la virgen lo surcan cinco lágrimas de cristal, tres en la mejilla derecha y dos en la izquierda. Y pienso para mí que se nos quedan cortas esas cinco lágrimas para todo lo que estamos pasando.

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· El confinamiento funciona. Cómo no habría de funcionar, si un país encerrado en casa es lo nunca visto. La velocidad de los contagios sigue bajando y se reduce el número de personas que se nos mueren cada día. Los gurúes de nuestro tiempo son los analistas de curvas. Sigo a Kiko Llaneras, que es capaz de sacar petróleo de cinco números seguidos. La tendencia parece que se confirma, dice, es probable que hayamos pasado ya el día de los peores registros. No lo da como un hecho porque el fin de semana es engañoso. Nos pasó la semana pasada que el domingo y el lunes pensamos que ya caía la puñetera curva y el martes nos llevamos un disgusto. Bueno, uno no. Ochocientos cincuenta irreversibles disgustos. Que baje la velocidad no significa que la epidemia remita.

· A mí estos días me pasa lo que le pasa a Aldo, que me pregunto cada día cuánto le queda a la cuarentena y al coronavirus. Pero a mí no se me había ocurrido lo que se le ha ocurrido a él, que es decirle a su madre, con su media lengua, que coja el móvil y se lo pregunte a Siri.

Tiene razón la señora que habla con Aldo. Siri no tiene ni idea. Le he preguntado cuanto le queda al coronavirus y ha salido por peteneras.

· Alberto, que es pediatra y colaborador de este programa, se está haciendo un Luis Piedrahita inventando palabras nuevas o significados nuevos nuevos para palabras que ya existían. Palabra nueva es, por ejemplo, ‘cuarenpena’, que es lo que sientes cuando miras las fotos de lo que hacías hace un mes. Palabra nueva es ‘menoscarilla’: ‘resultado de restar al número de EPIs que tienes el número de EPIs que desearías’. Palabra con significado nuevo es ‘estadísticas’. Que antes significaba números y ahora significa ‘personas sufriendo’.

· La abuela de Xiana le llama al virus el carallo virus.

· Y otro Alberto dice que pandemia es cuando la población confinada decide que lo mejor es ponerse a hacer pan. Y se quedan sin levadura los supermercados.

· La historia de Cris Borruel.

· La hija mayor de Javier es enfermera en una unidad de reanimación. Le contó a su madre que ya no iría a dormir a casa. Viviría temporalmente en uno de los hoteles que se han ofrecido para alojar personal sanitario en Madrid. El hotel es el Ciudad de Móstoles. Salió del turno nocturno y llegó la primera al hotel, tanto que aún no habían empezado a dar habitaciones. Le prepararon la suya enseguida, se fue a dormir y al despertar tenía este mensaje: ‘Elisa, gracias por cuidar de todos, por las horas en vela y por seguir en pie. Todo nuestro equipo está orgulloso de poderos tener aquí y decíroslo en persona. Bienvenidos’.

· Fernando me habla de un Sansón, un hombre grande, alto, fuerte, que conducía un camión y repartía cada día el trigo y el maíz para alimentar a los animales de las granjas. ‘Como sería de sansón que en invierno salía a la calle con pantalones cortos’. Hace tres semanas Fernando le dijo: ‘Ten cuidado, que eres población de riesgo, que estás muy gordo’. Y Sansón le respondió quitándole importancia. Hace dos viernes empezó a sentirse mal, el miércoles le confirmaron el coronavirus, el jueves lo tuvieron que llevar al hospital y dos paros cardíacos terminaron con su vida. 52 años tenía. Me cuenta Fernando que él ya tiene dos fallecidos cercanos: Sansón y la médica del centro de salud de La Fuente de San Esteban, que además de médica era agricultora.

· Leyendo a Fernando me acuerdo de cuando aún hacíamos bromas con la familia y los compañeros. Bromas sobre el distanciamiento, el ‘a mí no te acerques’, el ‘tú ya estás mayor, eres población de riesgo’. Bromas sobre el colonavirus porque era chino.

· El Antunet también era camionero. Tenía un año más que Sansón, 53. A él no le infectó el coronavirus. A él se lo llevó un infarto en casa. Me lo cuenta Javier, que era su amigo, y que sabe que dos días antes había ido al hospital con dolores en el pecho. ‘Lo mandaron para casa’, me dice. Y se pregunta, claro, si no estará pasando aquello sobre lo que nos advirtieron los médicos, en una tertulia de este programa hace un mes y medio, que la urgencia del coronavirus hace que otros problemas serios de salud estén siendo relegados. Los padres de Antunuet perdieron a su otro hijo hace tres años. Padres sin hijos.

· El viernes conté que algunos médicos nos alertaban de que algunas personas con otras enfermedades retrasan tanto ir al hospital, o por miedo al contagio o por no crear más problemas, que acuden tarde. Con el mal demasiado avanzado. Adultos y niños cuyos padres creen razonable esperar y acaban descubriendo que no era razonable. Qué difícil acertar con cada decisión que se toma en un mundo irreal que nunca antes habitamos.

· No sé si estamos acertando al llamar héroes a los profesionales de la salud. Si se sienten a gusto ellos con siendo visto así. Héroes que han de arriesgar y sentirse orgullosos de hacerlo un día y otro día y otro día. No sé si preferirían ser sólo buenos profesionales dotados de los medios necesarios para hacer su trabajo todo lo bien que saben. Leo a intensivistas que admiten con humildad que estos días preferirían tener otra especialidad. Y a una enfermera de atención primaria que confiesa que no ha pisado un hospital desde que hizo las prácticas en el 97 y ve que su turno de incorporarse se acerca y no quiere ir. No quiere ser heroína. Quiere seguir haciendo su trabajo en atención primaria.

· Veo que el nuevo amuleto político se llama Pactos de la Moncloa. Sánchez se lo ha colgado al cuello y lo exhibió el sábado ante la cámara de televisión como una cáscara que aún no sabe bien lo que lleva dentro. Leí a Ignacio Varela el miércoles. Fue él quien sugirió emular al Suárez del 77 promoviento una concertación nacional. Pero Varela, a diferencia de Sánchez, iba al fondo de lo que un acuerdo así significa: medidas pactadas y objetivos de cumplimiento tasados, fruto de admitir, en primer lugar, que la legislatura ha descarrilado y que los socios en los que se apoyó Sánchez no le sirven para encarar una crisis tan descomunal como ésta. Sospecho que el presidente lo que tiene en la cabeza es otra cosa. Le salió el sábado uno de los eslóganes de su investidura: lo del bloqueo.

Evitar que el país quede bloqueado. Ése fue el mantra de la investidura: la forma de exigir a los demás que bendijeran lo que él planteaba, sin más negociación ni más acuerdo. Ya está Lastra publicando tuits que cargan contra la derecha. Extraña forma de engrasar los acuerdos.

· Me pregunto si en la trayectoria de Sánchez hay algo que permita pensar que es capaz de alumbrar un acuerdo nacional que incluya a la derecha. Si la derecha reclamará que salga Podemos del gobierno. Si Vox renunciará a la niñería de no cogerle a Sánchez el teléfono. Si habrá pactos de la Moncloa o habrá elecciones anticipadas.

· Y me pregunto si Sánchez entiende mejor ahora a Zapatero. Y a Rajoy. Al Zapatero que hubo de gestionar una emergencia nacional tomando medidas que habría preferido no tomar. Al Rajoy que heredó la emergencia nacional y tomó medidas que nunca pensó que tomaría. Lo más parecido que hubo entonces a una concertación nacional fue la reforma exprés de la Constitución a instancias del Banco Central Europeo y para poder seguir recibiendo crédito. Acuerdo que repudió Sánchez años después. Qué pensará el presidente del sesgo retrospectivo con el que él ha analizado siempre la gestión de los de antes.

· Su discurso del sábado basculó entre el ardor guerrero y la homilía. Una frase de Churchill, otra de Paulo Coelho. ‘Qué bien me estáis librando esta guerra, ciudadanos’. Admito que los símiles bélicos me hastían. ‘Derrotaremos al virus, unidos venceremos’. Esto no es una guerra, es una epidemia. No vamos al frente a combatir. Al revés, nos encerramos en casa. Rehuimos al enemigo porque no hay tratamiento que permita tumbarlo. Aquí, la única guerra es la que libra el sistema inmunológico de cada uno. A una epidemia se sobrevive, no se la doblega. Todos estos discursos que están plagiando los gobernantes se escribieron para guerras auténticas. Creo que son anacrónicos y distorsionan lo que tenemos. No habrá día de la victoria. Ni desfiles por las avenidas. Nos irán dejando salir de poco en poco y con mascarilla. Ahora sí vale la mascarilla. Porque seguimos sin saber quiénes están contagiados sin saberlo y quién, creyendo saberlo, no lo han estado nunca. Los datos son parciales, discutidos, tardíos. Todo el día apelando a la ciencia mientras se están tomando decisiones a ciegas.

· Celebro que el departamento de filtrado de preguntas de la Moncloa haya rectificado y vaya a permitir que se hagan las preguntas de viva voz y sin pasarlas antes por escrito. Aunque la rectificación haya sido a la fuerza. Anoté en el diario hace dos semanas que una rueda de prensa en la que es el gobierno quien decide lo que se le pregunta al gobierno no es una rueda de prensa. Es un simulacro. Lo menos que podría haber hecho el secretario de Estado es encomendar la criba a un árbitro independiente, la federación de asociaciones de periodistas, por ejemplo. Al chat que maneja el secretario de Estado llegan decenas de pre-guntas, decenas. El sábado le hizo seis a su jefe, el presidente. Esto forma parte también de la impostura. Las respuestas interminables que da Sánchez para ocupar minutos y el número ínfimo de preguntas que, en realidad, se le formulan.

· Estoy seguro de que el equipo del presidente ya le habrá hecho ver lo improcedente que resulta, con doce mil muertos y 130.000 contagiados, celebrar que los niños ahora se laven más las manos. Claro que hoy somos una sociedad distinta a la de hace tres semanas, cómo no íbamos a serlo. Pero conviene tener medida en el discurso de autoayuda, no vaya a parecer que aún tenemos que alegrarnos de que nos haya golpeado este tsunami.

· Ana, que es periodista, contó en tuiter que su abuela, que tiene cien años, envió con ayuda de Belén un audio al grupo de guasap de la familia multitudinaria. Decía: ‘En una vida tan larga, sé que los malos ratos son tremendos, pero también que se sale de todos’. Ha vivido una guerra, una posguerra la muerte de un hijo, la enfermedad del marido, la desaparición de un nieto. Y con cien años, cuenta Ana, se sigue pintando cada día los labios de rojo. Luego Belén se lo contó a la abuela y le salió este otro audio.

Concha Gómez de la Bárcena, es el nombre completo de la centenaria.

· Cada día llegan a este programa grabaciones de todas partes y con todo tipo de cantantes que intentan iniciar una carrera versionando el Facciamo Finta Che. Los más creativos se inventan palabras en italiano.

La verdad es que da igual lo que uno cante siempre que respete la melodía y sobre todo, el espíritu de la cosa. Que es recordarnos a nosotros mismos cada mañana que, aunque estemos aún metidos en un hoyo, podemos hacer ver que todo va bien. Y que el cielo es azzurro, (azzurro de azul, no de churro). Así que vamos. Todos a una: Facciamo, finta, che.

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