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EL BLOG DE ALSINA

En el ecuador de julio

Les voy a decir una cosa.

Hemos llegado al ecuador de julio con la nación desfondada y enrabietada, dudando ya de todo y de todos, preguntándose cuántas veces más tendrá que escuchar a un gobierno anunciar “el mayor ajuste de la democracia” tal como antes escuchó repetir aquello de “lo peor ha pasado ya”; preguntándose si alguna vez bajarán todos estos impuestos que ahora suben y que le dejan con menos dinero para afrontar sus gastos;  preguntándose por qué ha acabado pasando todo aquello negativo que nos dijeron que nunca pasaría y no ha ocurrido, por el contrario, nada de lo teóricamente positivo que tenía que pasar.

Carlos Alsina | Madrid | 16/07/2012

Guindos, Montoro y Santamaría en rueda de prensa

Guindos, Montoro y Santamaría en rueda de prensa / EFE

Llegó la subida del IRPF y la del IVA, el incremento del copago farmacéutico, la reducción del dinero para dependencia, el céntimo sobre céntimo de la gasolina; los salarios han bajado en el sector privado y los han vuelto a bajar en el público; la jubilación se ha retrasado y la prestación de desempleo, a partir del séptimo mes, se ha reducido. Los compradores de vivienda se quedan sin deducción, las empresas sin bonificaciones en el impuesto de sociedades, los productores de renovables pierden las primas (y el negocio) y las eléctricas tradicionales preparan reajustes para hacer frente a sus nuevos gravámenes. Todo lo que se suponía que no iba a pasar, ha pasado.

Por el contrario, no se ha logrado frenar el crecimiento desolador del paro, no se ha recortado de manera eficaz el déficit público y no nos han dado cancha alguna los mercados: después de anunciar tres ajustes mil millonarios en lo que va de año, el interés que se reclama por nuestra deuda pública sigue en niveles prohibitivos y el Banco Central de Alemania predica ya abiertamente que lo que debiera hacer España es solicitar el pack de rescate completo, es decir, admitir que no es capaz de financiarse sola y terminar de entregar su política económica a los países socios. Nuestros bancos eran la envidia del mundo entero y ahora están en el centro del drama como sospechosos habituales. Con este panorama, a quién puede extrañar que la sociedad española, desfondada, desconcertada y airada, se sienta como los soldados desembarcados en la playa de Omaha en medio de un diluvio de tiros, esperando a que de un momento a otro se escuche la frase mítica del coronel George Taylor: “En esta playa sólo van a quedar dos tipos de personas: los que ya han muerto y los que van a morir”.

Que tenía este añadido que muchas veces la Historia ha olvidado: “¡Salgamos de esta playa de una maldita vez!” Ésta es la parte que más contrariado tiene a todo el mundo, que no se alcanza a ver cómo se sale de esta playa, cómo se rompe el bucle en el que nos hemos instalado. La tesis según la cual las subidas de impuestos y los recortes de gastos permitirían que España volviera a financiarse con facilidad en los mercados, saneando la economía y dejándola lista para crecer de nuevo, está chocando con la terquedad de indicadores como el interés del bono o la manoseada prima de riesgo: ese efecto no se ha conseguido. Y la tesis que dice que la única salida de este embrollo es que Europa cambie de doctrina, que el Banco Central nos ayude a abaratar la financiación y que los gobiernos de los países más fuertes vuelvan a apostar por los estímulos económicos  (aunque sea a costa de un mayor endeudamiento) chocan con la esencia misma de Europa, que es que, aun siendo una unión de diversos países, al final cada uno mira por sus intereses antes que por los de los otros.

Por eso, llegados al ecuador de julio, en puertas de un mes de agosto que será decisivo para saber cómo será nuestro otoño, vuelve a estar sobre la mesa la posibilidad de que España acabe siendo rescatada del todo, sin que el partido que sostiene al gobierno haya encontrado aún la manera de explicarle a la sociedad por qué le angustia tanto la posibilidad de que eso ocurra; tanto como para explicar todas las medidas que se siguen tomando como el muro que nos protege de esa intervención.

Hoy ha dicho Cospedal que “el gobierno  está haciendo todo lo que tiene que hacer para que España no tenga que ser rescatada”, y que “hay algunos agentes (a los que no citó por su nombre, ni siquiera dijo qué significa ‘agentes’) que están deseando que el país sea intervenido”. Pero esto es lo que luego se le olvidó explicar a Cospedal, por qué es indeseable que el país sea intervenido. Si el gobierno va a hacer de la no intervención el argumento para explicar todo lo que haga, debe empezar a afinar en el discurso, porque no hace ni un mes que informó a los españoles de lo estupendo que resulta que los socios europeos te presten el dinero que necesitas a un interés inferior al de los mercados y sin imponerte condiciones de política económica. Fue así como se “vendió” la bondad del llamado rescate bancario -conseguíamos el dinero que nos hace falta a un interés asumible-, y aunque se dijo que no había condiciones de política económica un mes después se bajó el sueldo a los funcionarios y se subió el IVA, “obligados por las recomendaciones”, según dijo el viernes Montoro.

Hasta ahora se huía del rescate  porque equivalía a admitir la impotencia para conseguir financiación y a entregar la soberanía económica a Berlín y Bruselas. Pero resulta que esa soberanía, en la práctica, ya la hemos entregado y que la dificultad de financiarnos solos está bastante acreditada (si no de qué iban a tener que financiarse las autonomías con el sorteo del gordo). No vaya a ocurrir que, después de decirnos que hay que subir todos los impuestos y bajar los salarios para esquivar el rescate, acabemos escuchando que el rescate, con su línea de crédito a bajo interés, no sólo es lo mejor que podía pasarnos, sino que hemos sido nosotros los que hemos presionado para obtenerlo. Cuando los discursos se revelan tan volubles, y los argumentarios tan de todo a cien, no cabe aspirar a ejercer un liderazgo social estimable. Cuando la secretaria general del partido que gobierna afirma que el comportamiento de una de sus diputadas (Andrea Fabra) es “censurable” y “un mal ejemplo para la ciudadanía”, pero que no será sancionada “porque entonces habría que sancionar a media Cámara Baja” está aplicando un sorprendente criterio de cantidad: como los sancionados serían muchos, mejor dejarlo pasar. Aplicando la lógica (que igual no deberíamos), lo que está diciendo Cospedal es que el comportamiento de la mitad de la cámara es censurable y un mal ejemplo para la ciudadanía. Sabiendo de la impopularidad creciente que arrastran sus señorías, habrá quien se pregunte por qué ha salvado a la otra mitad.

Viendo la que sigue cayendo y el horizonte que tenemos, decae la relevancia que en otro tiempo hubiera tenido el desencuentro entre el gobierno central y el catalán. Una declaración como la que hoy hizo CiU -no apoyaremos al gobierno en el Congreso, que se apañe con su mayoría absoluta- o como la que el jueves hizo el consejero de Hacienda catalán -Montoro nos trata como súbditos, nos riñe, no hay derecho- habrían abierto, en el pasado, los  informativos y nos habrían tenido ocupados en las tertulias tres o cuatro días: alta tensión entre Moncloa y Generalitat, titularíamos, consecuencias incalculables del choque entre Rajoy y Artur Mas. Hoy, reducidas las batallitas políticas a la condición de anécdota, el cruce de declaraciones se percibe como lo que es: calderilla de la política de bajo vuelo, chatarra gestual, duelo de orgullitos heridos. Poca cosa al lado de todo lo demás. Porque lo demás es la crisis del sistema.