Érase una vez un hombre profundamente enamorado que vivía con impotencia el fango que sobre ella esparcían, día sí y día también, asociaciones ultraderechistas, medios de comunicación ultraderechistas y una oposición ultraderechista que nunca aceptó el veredicto de las urnas.
Bueno… la historia de hoy ya se la saben, no hace falta que siga.
El presidente enamorado sufría, con razón, por su esposa y necesitaba parar cinco días ---ni uno más ni uno menos--- para preguntarse si merecía la pena seguir sabiendo del daño que ella sufría consecuencia del empeño por derribarlo a él. La imputación de Begoña Gómez -la primera imputación, por presunto tráfico de influencias, abril de 2024- sacudió el Palacio de la Moncloa (la parte destinada a residencia familiar, sobre todo), puso patas arriba la vida pública española e hizo creer erróneamente a la dirigencia del PSOE que se iban a quedar sin líder, huérfanos de faro progresista, de profeta y de capitán de barco: a ver si se nos ha ido la mano con el hiperliderazgo, decían, quizá el partido debería ser algo más que Pedro.
Fue un espejismo. Y duró poco. Cinco días, en concreto. Sánchez se fue a ver al rey para que éste fuera el primero en saber que quietos paraos, aquí no ha pasado nada, majestad, los demás son contingentes pero yo soy necesario, yo sigo. Lo que vino después fue la matraca aquella que nos dio el gobierno con la máquina del fango, el empeño en situar a media profesión periodística en la fachosfera y una operación poco disimulada para señalar a todo juez que investigara a personas cercanas al presidente como prevaricador, activista, ultraderechista, antisanchista e integrante, por supuesto, de la gran conjura universal contra el sufrido presidente deshumanizado y víctima.
La verdad es que cuando empezó todo este asunto de Begoña Gómez, marzo de 2024, tras la detención de Koldo y Aldama, nadie esperaba que un año y medio después aún estuviéramos con el caso sin terminar de investigar y con la esposa imputada a la espera de ver en qué queda su futuro incierto. Las primeras informaciones fueron sobre la relación de Begoña Gómez con Air Europa y Víctor de Aldama; la primera imputación fue por las cartas de recomendación de Gómez a una empresa de Barrabés; luego el juez añadió lo del software del máster y su explotación comercial; luego añadió lo del uso de la asistente de Moncloa para gestiones particulares y así fue engordando la lista de posibles delitos: del tráfico de influencias inicial y la corrupción en los negocios a la apropiación indebida, la malversación y el intrusismo.
La Audiencia Provincial tuvo que reconvenirle más de una vez para que se centrara y el Tribunal Supremo tuvo que corregirle cuando se propuso investigar al ministro Bolaños sin llegar a concretar exactamente por qué. Es que estaba en Moncloa cuando contrataron a la asesora. Bueno, ¿y qué? El juez Peinado ha sido el peor defensor de su propia causa.
Por la investigación a menudo errática, por la interpretación torcida que hizo de la declaración de dos testigos (uno de ellos, Bolaños), por la alusión recurrente a Air Europa cuando la Audiencia ya le habia dicho que por ahí no y por algunas decisiones que revelan una cierta animadversión, ¿verdad?, a su investigada y quienes la amparan. La última decisión sonada es ésta de citar un sábado por la tarde a los procesados para informarles de su situación y de que será un jurado popular quien emita, en su caso, veredicto sobre la malversación.
El juez Peinado ha sido el peor defensor de su propia causa
'En su caso' significa si el caso llega a juicio, porque aún caben los recursos y aún cabe, por tanto, que la Audiencia Provincial deshaga estas nuevas decisiones. Pero el hecho es que el caso ha llegado hasta aquí y que, salvo sorpresa, desembocará no en un juicio sino en dos: el de la malversación y el de los otros posibles delitos. Al juez se le deben achacar, porque los ha tenido, patinazos clamorosos y se le puede achacar, porque ha dado signos de ello, un empeño excesivo en demostrar que en su juzgado se hace lo que él dice.
Pero el hecho, de nuevo, es que el caso ha llegado hasta aquí sin que los órganos superiores que han ido resolviendo los recursos hayan visto razón para archivarlo todo. Y con el gobierno presionando desde el primer día, eso también es un hecho, pressing declarativo sin tregua, para que la investigación se cerrara, el juez fuera desacreditado y Begoña, exonerada. Imposible llevar la cuenta de las veces que, en año y medio, ministros disciplinados que prefieren pecar por exceso que por defecto, han pronosticado que todo quedaría en nada.
Pues el tiempo ha ido pasando (éstas son declaraciones de hace más de un año) y los órganos superiores a los que aludía el abogado-ministro Puente han ido avalando las nuevas imputaciones. Esto mismo que comentamos ayer respecto del caso del hermano. Que es el caso, también, del líder del PSOE extremeño, Miguel Ángel AforadoExpress Gallardo. No es sólo la jueza Biedma, son otros cuatro jueces que respaldan su trabajo. Dice Gallardo a sus militantes: 'es que hay una minoría de jueces que hacen política'. Pues a usted a debido de tocarle el gordo, cinco de cinco. Para ser una minoría, en Badajoz ganan por goleada.
Los casos que no podían llegar a ninguna parte han llegado lo bastante lejos como para que ya sea verosímil que la esposa del presidente del Gobierno sea juzgada por haberse aprovechado, presuntamente, de su relación familiar con el jefe del Ejecutivo para su beneficio personal y el de otros. Claro que es posible que el jurado, o el tribunal al que le toque, decidan que Begoña Gómez no delinquió. Como es posible que el tribunal que juzgue a su cuñado, el hermano del presidente, decida que éste tampoco delinquió.
La pregunta es qué dirá el Gobierno en caso de que un jurado, o un tribunal, establezcan lo contrario, que hará si establece la culpabilidad de su esposa o de su hermano. Bajo la coartada del respeto a la justicia lo que vienen diciendo los ministros y el presidente es que la verdad sólo es una, la inocencia de sus investigados, y que eso es lo que deben proclamar ahora quienes los juzguen; lo que vienen diciendo los ministros, y el presidente, es que tres jueces instructores, Peinado, Biedma y Hurtado, han abrazado la mentira en su obstinación política por abusar del poder de que disponen para hacerle la puñeta a Sánchez.
Pregunta: ¿alguien cree que, en caso de que alguna sentencia sea condenatoria, serán el presidente o sus ministros quienes rectifiquen y asuman que la verdad era otra?
El rey, en la ONU
El rey, en la ONU, defendiendo la vigencia de esta organización ---cuando aún resonaban los ecos de la intervención dinamitera de Donald Trump--- y reclamando al gobierno israelí que pare la masacre y la expulsión de los palestinos en Gaza.
El rey, en la ONU, dirigiéndose al pueblo amigo de Israel y haciendo explícito el repudio a la acción de su gobierno en Gaza. Preciso en los términos: qué es el pueblo, qué es el gobierno, qué es el Estado de Israel.
El rey, en la ONU, condenando con idéntica firmeza la masacre de la que es autor el gobierno Netnayahu y el terrorismo del que es autor Hamás, y confiado en que el reconocimiento del Estado Palestino contribuya a que alguna vez llegue la paz a Oriente Próximo.
Un discurso medido y ajustado, en línea con la política exterior del Gobierno, sólo faltaba, y visado por el Gobierno antes de ser pronunciado como corresponde a la representación que ejerce don Felipe del Estado en nombre del que habla. No dijo genocidio. Circunstancia que a nadie habría llamado la atención hace tres meses, porque hasta entonces tampoco el jefe del Gobierno veía conveniente pronunciar esa palabra. Ni él ni su ministro de Exteriores, que aún agosto eludía pronunciarla.
El jefe del Estado no dice genocidio sin que eso impida que el presidente Sánchez diga que comparte sus palabras de la primera a la última…y que el señor Feijóo pueda decir hoy exactamente lo mismo, que también las comparte y las hace suyas. Cielos, cómo es posible, si escuchando a y leyendo algunas crónicas parecería que discrepan en todo y que el rey tiene que tomar partido.
En la crónica de El País leí ayer que la decisión de no incluir la palabra genocidio fue de la Casa del Rey. Esto es interesante, porque quien firma la crónica es el periodista que cubre informativamente los actos del presidente y las informaciones de la Moncloa, lo que hace pensar (o me hace pensar) que su fuente no está en Zarzuela sino en Moncloa, o dicho de otro modo, que quien ha tenido interés en que se sepa que eludir la palabra genocidio ha sido cosa del Rey es la Moncloa. Ocurrió algo también interesante en la rueda de prensa (mínima) que el presidente ofreció anoche y en la que pudieron preguntarle Radio Nacional, dos medios del Grupo Prisa y ElDiario.es. Al hilo de la pregunta que se le hizo sobre el discurso del rey y el genocidio añadió esto último.
El presidente gallego ha dicho genocidio y Sánchez le da la bienvenida como si él fuera el fundador del grupo que dice genocidio, cuando, en rigor, él también es un recién llegado a este grupo. Pero está claro el mensaje, ¿no? Quien dice genocidio llama a las cosas por su nombre, sea bienvenido. Y entonces, quien no lo dice, ¿es que evita llamarlas, presidente? Para compartir tan lealmente el discurso del rey, no se privó de introducir esta cuñita. Está en su naturaleza.
Lo que diferencia, en rigor, a quienes condenan a Netanyahu de quienes evitan hacerlo no es decir genocidio o no decirlo, sino repudiar explícitamente el ataque a la población y la expulsión forzosa de los palestinos de Gaza o justificar a Netanyahu alegando que, por culpa de Hamás, ya todo vale. Ésa es la línea que separa eso que pomposamente el Gobierno llama el lado correcto de la historia. Y el empeño que demuestra en ser él quien trace esa línea para dejar fuera de ella al PP, diga lo que diga, diluya la fuerza de su discurso y alimenta la sospecha de un burdo aprovechamiento.
Lo que diferencia, en rigor, a quienes condenan a Netanyahu de quienes evitan hacerlo no es decir genocidio o no decirlo
No parece que el rey sea sospechoso de congeniar con Benjamin Netanyahu ni de callarse ante los atropellos a los derechos ciudadanos en Palestina. Pero tampoco es sospechoso de utilizar las palabras como herramienta divisiva. Si encuentra la manera de expresar una posición dando cabida en ella al mayor número posible de ciudadanos, ésa es la manera que va a escoger. Porque no es jefe de partido, ni de gobierno, ni de bando. Es jefe de Estado de una monarquía parlamentaria en la que ese jefe arbitra y modera, pero ni legisla ni gobierna.

