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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "El colchón de Pedro Sánchez como símbolo de la corta vida de un gobierno"

Ay, el colchón. Qué no habrá escuchado ese colchón. Sabiendo de la predisposición de la pareja para hablar de política y de políticos.

Carlos Alsina | @carlos__alsina |  Madrid |  20/02/2019

Qué no habrá escuchado ese colchón sobre Susana, sobre Felipe y Guerra, sobre Page, y Lambán y Fernández Vara. Qué no habrá escuchado ese colchón, tan nuevo hace ocho meses y tan deteriorado ocho meses después, sobre los que le llaman okupa y le reprochan que se pase la vida en el Falcon.

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No sabe lo que ha hecho el presidente con esta humorada, de gusto discutible, que escoge para abrir su libro de autobombo. Llega por fin a presidente para ordenar que se lleven el colchón de Rajoy no vaya a ser que se te pegue algo. Se lo imagina uno durmiendo la primera semana con el saco de dormir en el suelo porque aún no le han cambiado la cama los funcionarios. Urge reformar la administración pública, Begoña.

El colchón de Pedro Sánchez (y esposa) como símbolo de la corta vida de un gobierno. Tan nuevo y prometedor hace ocho meses (viscoelástico, señora, un prodigio de adaptación a los cambios) y tan incómodo ocho meses después. Debió de ser ahí, bajo el colchón, donde escondió el presidente el documento secreto de los veintiún puntos de Torra y eso es lo que le ha arruinado al final el sueño. El sueño de estirar hasta 2020 abortado bruscamente por un relator. Cuatro esquinitas tiene mi cama / cuatro angelitos que me la guardan: Ábalos, Calvo, Lastra y Puigdemont. Éste es el angelito malo que, al final, me la clava.

Se está ocupando el independentismo de rebatir él la parte más floja del argumentario del nuevo Sánchez reciclado y recalibrado. Esta reescritura de la historia que presenta a un presidente firme como ninguno contra la autodeterminación que manda a tomar viento a Esquerra y el PDeCAT cuando comprueba que les falta valor para hablar de la cuestión catalana en serio.

Esta vez fue Sánchez quien, queriendo darle vuelta al colchón, se lo puso en bandeja al senador de Esquerra.

Claro. Si Esquerra prefiriera un gobierno del PP, le habría salvado el cuello a Rajoy en lugar de darle el trono a Sánchez. Y se lo dio por lo que siempre dijo Esquerra: porque le veían más receptivo, más permeable, más dispuesto a acepta eso que ellos llaman un derecho: la autodeterminación. No sólo eso, incluso ahora que Sánchez ha descubierto que la abuela fuma (tenía el colchón lleno de quemaduras de pitillo) los independentistas siguen animándole a regresar a la cama de la negociación, digo a la mesa.

A las nueve de la mañana comienza la sesión de control en el Congreso con el primer debate electoral entre candidatos. De uno en uno. Le pregunta Casado a Sánchez, le pregunta Rivera, le pregunta Irene Montero. Dos que prometen no gobernar jamás con el PSOE y una que da por hecho que, si suman gobernarán juntos. Si hay un pacto que nadie está poniendo en duda estos días es el pacto de Sánchez con Podemos, aquella alianza que producía ronchas en los barones del PSOE hace dos años y que ahora se da por asumida. Pacto de no agresión electoral entre compadres y pre acuerdo para intentarlo de nuevo juntos. Esta vez con Podemos dentro del gobierno y compartiendo, digámoslo así, el colchón.

Un día menos para que las Cortes se disuelvan. El Parlamento más bullanguero y menos productivo de todos los tiempos.

La legislatura de los golpes de efecto, los shows particulares de diputados enamorados de sí mismos que buscan un minuto de televisión o veinte minutos de trending tópic. La legislatura de las comisiones de investigación que no investigaron nada pero sirvieron de hoguera en la que hacer arder a los adversarios políticos. Los dos años de Rajoy al tran trán. Los ocho meses de Sánchez por decreto.

Se hartaron de predicar los grupos políticos lo urgente que era reformar el sistema de las pensiones para hacer compatible que los pensionistas cobren más, que cada vez haya más viejos y menos jóvenes, que la seguridad que consagra la ley esté en cuestión por la falta de recursos. Éste sí era un debate que todos se habían tomado en serio. El único en el que escucharon a multitud de expertos, sortearon unas cuantas tormentas y anunciaron que habría una propuesta de reforma por consenso. Hasta ayer, que se acabó lo que se daba.

Podemos no fue el único grupo que alegó que en dos semanas no da tiempo a rematar el trabajo, pero sí fue el que amagó con enterrar a los demás en votos particulares, es decir, discrepancias que impidieran salir ante la opinión pública con un acuerdo total. O en palabras de Ciudadanos y de Compromís, que es Podemos quien se ha cargado la posibilidad de pacto.

Esto de Compromís es interesante porque ya ha hecho vida porpia al margen de Podemos en esta legislatura y no parece que vaya a concurrir en una misma candidatura electoral con Pablo Iglesias. Las confluencias se desconfluyen de Galapagar.

El Parlamento tiene ya aire de mudanza. Empiezan a despedirse los diputados que cambian de aires para probar suerte en las autonómicas. Como Toni Cantó.

O como Íñigo Errejón, que no llegó a despedirse porque causó baja desangrado en la guerra interna de Podemos. Se despide Soraya Rodríguez, que llegó a ser portavoz parlamentaria del PSOE en la época Rubalcaba.

A esto se le llama irse antes de que te echen de las nuevas listas. Se van despidiendo los marianistas de pro que no se ven a sí mismos mucho futuro en el PP de Pablo Casado. Está por ver qué pasa con la presidenta de la Cámara, Ana Pastor, la mejor amiga de Mariano. Para los quince días de sesiones que quedan se anuncia bronca por la intención del gobierno de apurar la aprobación de medidas electoralmente golosas por decreto.

Bronca, ayer, de jardín de infancia, entre Cantó y Baldoví, Ciudadanos y Compromís. Porque el primero llamó castañas a los segundos y Baldoví le llamó a él boniato.

Y bronca en la última sesión de control al gobierno en el Senado. Con abucheos de la mayoría absoluta del PP al presidente del gobierno y el árbitro pidiendo calma.

Esto se va acabando —la legislatura— con el mismo tono con que ha discurrido. Ruido, voces, gestos, golpes de efecto, numeritos para la prensa y la cosecha de reformas más escasa que nunca conocieron los tiempos.