Déjenme que les cuente una historia. (Es muy corta, ya verán).
Preguntó el discípulo: ‘Maestro, ¿qué he de hacer para ver la luz?’ Respondió el maestro: ‘No mirarla’. Y narró, entonces, lo ocurrido a aquel barco que encalló en las rocas, justo al pie del acantilado en el que se erigía, orgulloso, un faro. Al único marinero que salvó la vida lo interrogó la autoridad portuaria. ‘¿Qué pasó, acaso no vieron las señales?’ ‘¿Qué señales?’, dijo él. ‘¡La luz, la luz del faro!’ ‘No vimos ningún faro’. Hicieron llamar al farero. ‘¿Estaba encendida la luz del faro?’ ‘Por supuesto’, respondió él, ‘la luz es mi vida’. ‘¿Y giraba adecuadamente para que pudieran verse los destellos?’ El farero guardó silencio. ‘¿Por qué callas?’ No respondió. Se ordenó una inspección inmediata del faro para averiguar si el motor había fallado.
El ingeniero que primero subió comprobó que el mecanismo había sido bloqueado. La lámpara se encendía, pero la luz se proyectaba hacia el interior y siempre en el mismo punto. En el informe que presentó al juzgado escribiría que el farero manipuló el artefacto para que, en lugar de iluminar el mar, lo iluminara a él. Haciéndolo brillar. Creyendo que, así, podría ser visto, refulgente, a varias millas de distancia. ‘No comprendo’, dijo el juez, ‘un hombre es apenas un punto diminuto en el horizonte. ¿Quién iba a poder verle por grande que fuera el foco?’ Respondió el ingeniero: ‘Así es, señoría, pero pruebe a explicárselo a un hombre deslumbrado’. Al terminar su relato preguntó el maestro a su discípulo: ¿Qué has aprendido de esta historia?’ Y dijo el joven: ‘Que he de tener cuidado de amar tanto la luz que, de resultas, me quede ciego’.
Acto de exaltación de Sánchez
El presidente faro de los progresistas europeos, que en efecto es visto con envidia por la legión de colegas suyos de izquierda que ni está gobernando ni parece que vaya a hacerlo en breve, se regaló a sí mismo un acto de autoexaltación en Gavá -qué otra cosa es un mitin- en el que se mostró no sólo como faro de la oposición europea sino como profeta.
Sánchez siempre ha añorado haber sido líder de la oposición a Aznar
Está muy bien fingir que uno sabe lo que sucederá en 2027 -juegos florales, cualquiera apuesta-; está muy bien reivindicarse como líder de la oposición a Nentanyahu en la Unión Europea porque, en efecto, lo ha sido: el primero que viajó a Jerusalén a decirle en persona que no era aceptable atropellar los derechos de la población palestina (por muy atroz, y repudiable, que hubieran sido los atentados de Hamás y el secuestro de doscientos cincuenta israelíes, algunos de los cuales aún permanecen cautivos y muchos de ellos, seguramente, muertos), y el primero que abrió camino a que las naciones europeas que aún no lo habían hecho reconociéramos el Estado Palestino, está muy bien incluso que Sánchez, que siempre ha añorado haber sido líder de la oposición a Aznar, recordara ayer la guerra de Iraq (sólo han pasado veintidós años) y el 11-M (sólo han pasado veintiuno).
El silencio de Sánchez sobre los fallos de las pulseras antimaltrato
Lo que no está tan bien es que el presidente no encontrara un minuto (ni un segundo) en su largo mitin de ayer para decir algo -siquiera una palabra- sobre la sucesión de informaciones que, desde el jueves, vienen conociéndose respecto de los fallos en el funcionamiento de las pulseras anti maltrato que dependen exclusivamente de su gobierno.
El viernes les dije, a esta misma hora, que no cabía confundir la pérdida de datos que se produjo al cambiar la operadora telefónica con la ineficiencia de los dispositivos. Porque la memoria de la fiscalía del Estado lo que recogía lo primero: la dificultad de probar que un individuo violó su orden de alejamiento si el fiscal, o el juez, reclama los datos registrados en el sistema y se le responde que esos datos se extraviaron al hacer la migración. Éste es un asunto, el de la información perdida y, según el gobierno, más tarde recuperada. (Eso de que la memoria de la fiscalía se había quedado vieja).
Pero después hemos ido sabiendo que no es sólo la migración. O que, en realidad, lo que más insatisfechos tiene a los técnicos del centro Cometa que velan por la seguridad de las mujeres amenazas es la frecuencia con que los nuevos dispositivos, desde que cambió el proveedor, no emiten la señal cuando deberían hacerlo o la emiten cuando no hay razón para ello. Errores e incidencias que minan la confianza de la mujer que los padece y que, a día de hoy, no han sido solventados.
Porque los fallos se siguen produciendo, porque son más frecuentes que antes del cambio de adjudicatario y porque quienes trabajan en ese centro han informado verbalmente y por escrito a los (y las) responsables del ministerio. Empezando porque tiene la responsabilidad máxima, que es la ministra.
El gobierno insistió el viernes -e hizo bien- en que no debía confundirse el problema de la migración de datos con un supuesto apagón de las pulseras que nunca se produjo.
Y la ministra proclamó el sábado que las pulseras siempre han funcionado y que quien genera inseguridad es quien dice lo contrario.
Pero ocurre que nada ha dicho, ni la ministra ni sus colegas de gabinete, sobre esta segunda parte de la historia que son los fallos recurrentes en algunos de estos dispositivos. Y que nada tienen de bulo. Este fin de semana hemos leído testimonios de mujeres a las que les ha sucedido. Hemos leído el testimonio de una vocal del Consejo del Poder Judicial, Esther Rojo, que confirma esas deficiencias, sobre todo en el ámbito rural. Y hemos leído el testimonio de técnicos del centro Cometa que se duelen de llevar meses avisando de que los fallos aumentan sin obtener, del ministerio de Igualdad, una solución al problema.
El diario 'El País', al que no creo que el Gobierno incluya en la máquina del fango, ha publicado este fin de semana dos completas informaciones de Isabel Valdés. ‘Múltiples trabajadores de Cometa han dado cuenta al ministerio de los errores’, leo. ‘El sistema ha ido a peor con el cambio de empresa. Pérdidas de cobertura, saltos de GPS, señales que no entraban, usuarios (hombres) que nos decían abiertamente que si no ocurría nada era porque ellos no querían, problemas que siguen sin solución’.
Esto que he leído es un fragmento de un correo electrónico que un técnico de Cometa envía a la delegación del gobierno contra la violencia de género en mayo de este año. Y lo envía fruto de la inquietud al ver que las advertencias anteriores no han tenido efecto alguno. Diciembre de 2024, una reunión con el ministerio para pedir soluciones; febrero de 2025, otra reunión; mayo de 2025, una tercera.
Hay un informe elaborado por cinco empleados de este centro que está en poder del ministerio desde hace un año: ahí se habla de los problemas recurrentes, averías, instalaciones fallidas, falta de recursos, y también de los problemas críticos, como la posibilidad de que el agresor se quite la pulsera sin que salte la alarma. Está en el informe porque alguna vez ha pasado.
Si en algo insisten quienes constatan estos fallos, jueces y abogados incluidos, es en que no hay motivo para poner bajo sospecha todo el sistema. Tampoco para dudar de su utilidad y tampoco para pretender que las cuatro mil mujeres que hoy llevan estos dispositivos están desprotegidas. Lo que dicen es lo que ven en el día a día: que hay más fallos que antes, que las problemas se repiten y que las soluciones no llegan. Y de eso es de lo que ya está tardando en informar la ministra de Igualdad, Ana Redondo, que no puede despacharlo todo predicando contra la alarma social y escudándose en que la fiscalía se excedió en sus valoraciones. Porque esto ya no es la fiscalía. Son los técnicos que trabajan para su ministerio.
Sánchez estaba tan ocupado ayer hablando de Aznar, y del PP, y de los años que seguirá él gobernando que se le pasó decir una palabra -siquiera una palabra, presidente- sobre esta obligación incumplida de su gobierno que es faro de los progresistas del mundo entero.

