Éranse una vez dos amigos británicos aficionados a los libros y a cambiarse de religión: empezaron siendo anglicanos y se pasaron al catolicismo. Del primero, Evelyn Waugh, su obra más conocida en España es, seguramente, 'Retorno a Brideshead', porque se hizo una serie en los ochenta con Jeremy Irons, pero entre periodistas, su novela más popular es 'Scoop', 'Noticia bomba', una sátira sobre las primicias inspirada en su propia experiencia como joven reportero al que enviaron a Abisinia a cubrir la invasión italiana y cuando obtuvo, por casualidad, una exclusiva puso tanto celo en que ningún colega se la pisara que telegrafió la noticia en latín, circunstancia que llevó a su redactor jefe a mandarlo a hacer puñetas.
Para algunos críticos, lo mejor que hizo Evelyn Waugh fue biografiar a su amigo cura Roland Knox, que a su brillante carrera académica y pastoral unía una pasión reconocida por las novelas de detectives. Fue el primer erudito en Sherlock Holmes, creó su propio detective -un tipo enorme que trabaja para una compañía de seguros- y compartió con Agatha Cristie y Chesterton la aventura de escribir un relato de misterio con otros siete autores, cada uno de los cuales iba escribiendo un capítulo sin saber ninguno, salto el último, quién de los personajes era el asesino. Más suspense no cabe.
Roland Knox, que no fue periodista, ni obtuvo exclusivas pero sí disfrutó del secreto profesional -en su caso, el secreto de confesión- dejó escritos sus diez mandamientos de la novela detectivesca. Entre ellos, estos tres:
- El culpable ha de ser uno de los personajes a los que el lector conoce. No vale sacarse de la manga al final a un cualquiera.
- Todos los indicios de culpabilidad o inocencia han de ser conocidos por el lector. No vale escamotearle información relevante.
- Y… en la novela no puede aparecer ningún chino. Esto debía responder a la manía de que un personaje de ojos rasgados hiciera de comodín para explicar cualquier cosa.
La primera de las normas se cumple religiosamente -o católicamente, ya que Konx se convirtió mucho antes de que Rosalía sacara un disco- en las series de intriga que hoy proliferan: te van presentando personajes, parece que el culpable puede ser uno, luego parece que es otro y al final tiene que ser uno de ellos -incluso uno que se haya hecho el muerto- porque carecería de gracia que el culpable fuera un perfecto desconocido del que el espectador nunca tuvo noticia.
El inédito juicio al fiscal general del Estado -España, año 2025- llega hoy a puerto. Si da tiempo a hacerlo todo en el mismo día, por la mañana declaran los detectives -aquí llamados investigadores de la UCO- y por la tarde, el presunto culpable, Álvaro García Ortiz, embutido, contra viento y marea, en su toga. La UCO fue quien recogió en un informe la sospecha de que la filtración de un correo confidencial -cuya difusión nadie ha negado que constituya, si la ejecuta un fiscal, un delito- partió de la fiscalía general del Estado.
La UCO fue quien atribuyó a García Ortiz un papel preeminente en la filtración. Y la UCO fue quien estableció que el sospechoso había borrado todas sus comunicaciones personales, guasaps y gmail, de forma que no fue posible establecer con quién se comunicó, y en qué términos, la noche del crimen (perdón, de la filtración).
Por el juicio han desfilado fiscales afines a su jefe Ortiz y fiscales desafectos; abogados que se dicen traicionados al ver un correo confidencial en una nota de prensa; un presunto defraudador fiscal que se declara atropellado por el Estado; un jefe de gabinete autonómico que se justifica a sí mismo y su afición a intoxicar a sus followers; periodistas que trabajan de dosificadores de información en los gabinetes de prensa y periodistas de investigación que se dosificaron, en fin, a sí mismos.
Si se cumplieran las reglas de la novela detectivesca, o de las series de intriga, el culpable habría de ser uno de los personajes conocido por los lectores. Solo que esto, como es un juicio, solo trata de si ese culpable es García Ortiz o el crimen (perdón, la filtración) queda impune.
Si ese culpable es García Ortiz o el crimen (perdón, la filtración) queda impune
Algo sí ha quedado comprobado. La fuente, o las fuentes aludidas por los periodistas -no se sabe si es la misma persona o varias- eran conscientes de que al revelar ese correo estaban incurriendo en un acto ilícito. Declaró ayer el periodista Campos sobre la suya, esa persona que tiene despacho, le muestra el correo y le deja que lo copie, que luego le retira el permiso para difundirlo porque sabe que puede meterse en problemas. Problemas legales si aireas algo que estás obligado a preservar. Alguien filtró. Y si era fiscal, con el rango que fuera, delinquió.
Y algo más ha quedado comprobado. Admitido por los protagonistas: la noche del 13 de marzo, cuando aun ningún medio ha publicado ni el correo del abogado ni entrecomillados de ese correo -ciertamente se han cometido dos delitos fiscales- el fiscal general está dictando a su jefa de prensa un pasaje de ese correo confidencial para que lo incluya en una nota pública.
Cuando la nota se difunda a la mañana siguiente, el correo ya habrá sido reproducido por varios medios y enviada, no se sabe por quién, una captura para ser publicada a El Plural. Pero cuando la nota está siendo dictada, nada de eso ha sucedido aún. Y el fiscal general, que no tiene por qué saber que el correo va a ser filtrado y publicado esa madrugada, le está dando difusión en una nota pública.
De los testimonios escuchados se concluye que era correcto el retrato que hacía la UCO de la fiscalía -Fiscalía de Madrid o Fiscalía General- como una máquina de proveer informaciones confidenciales a periodistas de confianza. La naturalidad con que una fiscal jefe, al escuchar que una emisora difunde un documento reservado, concluye que lo ha filtrado la fiscalía general.
La naturalidad con que otra fiscal jefe, enfrentada a esta, y el hombre de confianza del fiscal general comentan que a ella no se ha quejado de otras filtraciones, solo de esta. Filtra, filtra, que algo queda. Invocar la bondad de las filtraciones y el derecho de la sociedad a estar bien informada está bien, siempre que no se pierda de vista que esto no era los papeles del Pentágono, no era Daniel Ellsberg asumiendo el riesgo de ser empurado porque había un gobierno engañando a la sociedad para seguir enviando jóvenes a morir en Vietnam.
Esto no era los papeles del Pentágono
Esto era el caso de un defraudador (presunto) en el impuesto de Sociedades cuyo único interés es que la novia ejerce de presidenta autonómica. Y una intoxicación política, la de Miguel Ángel Rodríguez, que podía haberse desactivado sin necesidad de difundir ningún correo. Bastaba con desmentir que la iniciativa del pacto hubiera partido de la fiscalía.
Pero para lo que sí hacía falta el contenido privado de aquel correo, y entrecomillarlo en una nota de prensa, era para hacer saber que el abogado había admitido la comisión de dos delitos fiscales. Se trataba no de desmentir la intoxicación, o no sólo, sino de atribuir al novio de Ayuso haber confesado. O en palabras de Álvaro García Ortiz, 'cerrar el círculo' y ganar el relato.
Se trataba no de desmentir la intoxicación, o no sólo, sino de atribuir al novio de Ayuso haber confesado
Comparece Sánchez en el Congreso
Comparece a las nueve de la mañana en el Congreso el presidente del Gobierno, en el rato que le queda entre emitir sentencias judiciales sobre afines y adversarios -a los míos los absuelvo, a los contrarios los condeno, los jueces sobran- y ejercer la oposición a los gobiernos autonómicos del PP, que son casi todos. Y son casi todos por el efecto que su propio protagonismo tuvo en la campaña autonómica de 2023, como saben Ximo Puig y Francina Armengol. Y como supo Lambán, que en paz descanse.
Comparece Sánchez para hablar de lo que él quiera -la razón, puramente formal, es informar del último Consejo Europeo- y después de que Junts se le doliera de que, habiendo consumado ya el cese de convivencia, y habiendo endurecido el tono Puigdemont para decir que se acabó lo que se daba... el presidente no haya convocado a la sociedad para encajar el golpe y admitir lo dependiente que ha sido siempre de esta gente tan comprometida con el bienestar de España.
O sea, el partido que embistió la Constitución en 2017, cuyo líder habría sido condenado por corrupción si se le hubiera podido juzgar y a quien Sánchez se encomendó en 2023, amnistía mediante, para no examinarse de nuevo en las urnas y temeroso de perder, ya entonces, la mayoría social de la que hoy, claramente, carece.
El presidente sigue entonando el salmo responsorial del 'seguiré seguiré, hasta el 27 seguiré', que es un salmo perfectamente desechable porque ni él sabe lo que va a pasar en los próximos meses ni anunciaría una disolución antes de ejecutarla. Pero ahí seguimos, entretenidos sexando profecías.
Raro será que el presidente sin presupuestos, sin cuestión de confianza, sin mayoría y sin opción de ser investido de nuevo según las encuestas, no acabe dedicando su tiempo hoy a hablar de programa político favorito, que es cargar contra Mazón, contra Moreno, contra Mañueco, contra Ayuso. El presidente, a la contra.
Mazón emula a Sánchez
Mazón, por cierto, emuló ayer a Sánchez en la comisión parlamentaria de las Cortes valencianas y se negó a responder a lo que se le preguntaba. Sólo que Sánchez usa el no que yo recuerde y el no me consta y Mazón, directamente, no abre la boca. Pudiendo haber completado las lagunas sobre su tarde de riada, prefirió dejarlo todo sin despejar, empezando por los guasaps que, según Vilaplana, estuvo enviando.
Los diputados que le interrogaban tampoco estuvieron particularmente finos, prefirieron la proclama al bisturí y se fueron como habían entrado. Habrá que confiar en que, caso de que Mazón acabe investigado por un juzgado y se le reclamen sus guasaps, no los haya borrado todos impidiendo, así, que la verdad se esclarezca.

