Déjenme que les cuente una historia, que hoy no es corta, ni siquiera ha terminado, ya verán. Faltaban tres días para las campanadas de fin de año. Era lunes. Los españoles habíamos cumplido la semana anterior con la tradición del sorteo de Lotería, la Nochebuena y el día de Navidad. Y justo antes con lo que habíamos cumplido era con nuestro deber de elegir un nuevo Parlamento terminada la legislatura.
La jornada electoral había sido fría -veinte de diciembre- y la noche del escrutinio había sido muy fría para quien gobernaba España (de mayoría absoluta a solo 123 diputados, sesenta y tres menos) y no solo muy fría, sino gélida, para quien aspiraba a gobernar (apenas noventa diputados, veinte menos de los que tenía).
El año era 2015. El veterano Rajoy encajaba un castigo popular de los que hacen época, aunque quedara primero, y el joven debutante que había presentado el PSOE, de apellido Sánchez, marcaba un hito en la historia del partido al cosechar su peor resultado. Al año siguiente aún lo empeoraría.
Cuando faltaban tres días para que terminara 2015, el Partido Socialista, derrotado en las urnas y menguado gravemente en su representación parlamentaria, se encontraba conmocionado. Dirigentes regionales descontentos con la deriva de su reciente secretario general le reclamaron asumir la responsabilidad política y celebrar un congreso inmediato.
El joven Sánchez, estrenando un patrón que luego repetiría, frustó el examen interno que se le reclamaba cambiando el guion para cambiar de debate. Alegando que los intereses del país estaban por encima de los del partido -nobilísimo argumento, ¿verdad?- defendió el aplazamiento de ese congreso, indefinidamente, hasta que estuviera despejada la incógnita de quien iba a gobernar España.
Porque, rompiendo con la tradición de los treinta años anteriores, haber perdido las elecciones no le parecía un obstáculo para intentar ser investido. Con el peor resultado histórico en la mochila, y con Podemos en casi setenta diputados, el joven Sánchez cambió el debate sobre el hundimiento socialista por el debate sobre con cuántos grupos políticos distintos estaba justificado pactar para conquistar el poder.
En su cabeza ya había anidado la respuesta: con todos los que sean necesarios, da igual su filiación ideológica. Las semanas siguientes lo que se vería es cómo el candidato derrotado emulaba a los mejores ilusionistas del mundo y hacía creer a su parroquia que era posible pactar a la vez a su derecha y a su izquierda, con Ciudadanos y con Podemos.
Aquel Ciudadanos aún no era para Sánchez la encarnación de la (casi) extrema derecha, sino un partido progresista y avanzado solo porque, para que le salieran a él los números, era conveniente que lo fuera. (Ocho años después repetiría la fórmula con Puigdemont, de peligro público a compadre deseable porque sin él no salían los números).
Pero antes de que pasara todo aquello, y de que se repitieran elecciones, y de que a final de 2016 Sánchez fuera descabalgado, aquel 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, de 2015 se reunió el comité federal del PSOE. ¿Asunto de debate? El empeño del secretario general en intentar gobernar como fuera en lugar de convocar congreso del partido.
Hubo división entre los asistentes. Y llamó la atención de los periodistas la brecha en una de las federaciones: el PSOE de la Comunidad Valenciana. Su líder, el reciente presidente autonómico Ximo Puig, alineado con Susana Díaz y casi todos los barones en contra de gobernar dependiendo del extremismo de Podemos, el favor de Ciudadanos y el aliento de los nacionalistas.
Su secretario provincial en Valencia, a la contra de Ximo y alentando al joven Sánchez a intentar la triangulación, o lo que fuera, para conseguir el gobierno. Poniendo como ejemplo que era posible al propio Ximo, que había triangulado él mismo para ser presidente de la Comunidad Valenciana.
La intervención vehemente de aquel diputado valenciano, perfectamente desconocido en el resto de España, quedó grabada en la memoria de quienes allí estaban. En las crónicas de los diarios, al día siguiente, se abría camino por primera vez su nombre. José Luis Ábalos Meco. Sanchista antes de que existiera el sanchismo.
José Luis Ábalos Meco, sanchista antes de que existiera el sanchismo
El cierre de filas con el secretario general y su novedosa doctrina del 'somos más, da igual quiénes seamos' no pasó inadvertido, sobre todo, para el secretario general. Que un año y pico después, descabalgado del trono y decidido a recuperarlo, encontró en José Luis Ábalos a su más fiel fontanero de primarias.
Flanqueado por otro dirigente regional poco conocido, de nombre Santos Cerdán, y un conductor maniobrero llamado Koldo, Ábalos llevó a su líder de regreso a Ferraz y le ayudó a muñir, medio año después, una moción de censura que era producto no tanto de la sentencia de la Gurtel (eso solo fue el detonante) como del plan para amontonar todos los diputados posibles, de la sigla que fuera, para encaramarse al montón y, desde él, saltar al despacho presidencial de la Moncloa.
Diez años después de aquel día de los Inocentes en el que los caminos de Sánchez y de Ábalos se encontraron, diez años después Sánchez podría decir hoy lo mismo que, para sorpresa de todos, dijo en la noche electoral de 2015 recién encajado el peor resultado electoral de su partido.
Bueno, lo del futuro igual no. Pero lo de hacer historia, sí. Vuelve a hacer historia. José Luis Ábalos Meco, primer caballero del sanchismo, se convierte esta mañana en el primer diputado de la presente etapa democrática que amanece en prisión preventiva por el riesgo extremo de que se fugue de España para eludir su juicio.
A los hitos que nadie le podrá negar al presidente del gobierno en estos siete años y medio últimos -primera moción de censura exitosa, primer gobierno de coalición, primer presidente investido habiendo perdido las elecciones, primero que nombra a una ministra fiscal general del Estado- se une este, que es doble: primer secretario general del PSOE que ve pasar por la cárcel a sus dos secretarios de organización más queridos.
Primer secretario general del PSOE que ve pasar por la cárcel a sus dos secretarios de organización más queridos
Caso mascarillas
Ábalos, como Cerdán, como Koldo son tan inocentes, hoy, a ojos de la Justicia como lo eran antes de ingresar en Soto del Real. Sobre ellos ha volcado la investigación una montaña de indicios de enriquecimiento ilícito con dinero negro, pero juzgados todavía no lo han sido. Lo que valió para Cerdán vale para Ábalos y para Koldo: la cárcel, en esta fase, no es una pena anticipada, es la garantía de que puedan ser juzgados. Y, en su caso, o condenados o absueltos.
El caso mascarillas versa sobre la elección interesada, en los días de pandemia, de un proveedor concreto, representado por Aldama, para asegurarle a este, y este, a su vez, a Koldo y a Ábalos, unos ingresos extraídos del presupuesto del Estado. Este fue el comienzo de la investigación. Pero ahora sabemos que no fue el comienzo de todo.
Para cuando llegó la pandemia, el trasiego de favores remunerados entre los cargos de confianza de Sánchez -Ábalos y Cerdán- y sus compadres Aldama y Antxón Servinabar ya estaba sobradamente engrasado. Ahora sabemos que en 2018, un mes después de que Sánchez alcanzara la Moncloa, Ábalos ya estaba recibiendo a Aldama por intercesión de Koldo.
Una mayoría de investidura inexistente
El encarcelamiento preventivo del diputado Ábalos deja la difunta mayoría de investidura todavía más coja. Defenestrado y todo, el diputado siempre votó lo mismo que el grupo socialista que lo había repudiado. En prisión ya no podrá votar. Ya no pudo hacerlo ayer, cuando la vicepresidenta Montero se esforzó en resultar creíble no como ministra de Hacienda -que poco creíble puede ser cuando lleva toda la legislatura sin elaborar unos Presupuestos- sino como líder de oposición a los consejeros de Hacienda autónomicos.
A quienes ella, con la mejor de las voluntades, ha querido auxiliar concediéndoles generosamente una décima más de déficit para el próximo año y ha visto cómo le rechazaban la ayudita votándole en contra la senda de estabilidad de una legislatura sin senda y sin estabilidad.
El encarcelamiento preventivo del diputado Ábalos deja la difunta mayoría de investidura todavía más coja
En ausencia ya de Ábalos, el gobierno que presume de tener con él a la sociedad vio cómo solo 164 diputados (de 347) le bendecían la senda. Es decir, sin Junts, sin Podemos y sin Compromís. La ingeniería parlamentaria (somos más da igual lo que seamos) que hizo posible la moción de censura de 2018 y la investidura de 2023 se resquebraja a la vez que dos de sus arquitectos, primero Cerdán, luego Ábalos, pasan por el trago (siempre es amargo) de la prisión preventiva.
Hace historia el PSOE y hacen historia los partidos que lo secundan. Este es otro hito. La novedosa doctrina según la cual si la corrupción anida en la planta más alta de un partido político y en la más alta planta del ministerio con más músculo inversor del gobierno, solo tienen que asumir responsabilidades, desapareciendo de la política, aquellos que se corrompieron.
Ellos y nadie más. La novedosa doctrina, que abraza, por ejemplo, Rufián, choca con la que hasta este momento imperaba, que era aquella que decía que hay una responsabilidad no penal de quienes les dieron galones y no supieron detectar a tiempo que metían la mano en la caja. Y que esa responsabilidad se asumía apartándose también.
La doctrina ahora se reescribe para alumbrar el nuevo mantra: este de las tres manzanas podridas, los tres casos aislados, los tres golfos, que exonera de toda responsabilidad a quienes no fueron capaces de impedir -hasta que apareció la UCO- que personas de su más íntima confianza, se corrompieran.

