Monólogo de Alsina

Alsina carga contra la división en bandos tras el accidente de Adamuz: "Es una investigación científica, no política"

El director de Más de uno ha señalado a aquellos que quieren condenar ya al Gobierno como el culpable de la tragedia, a la par que ha destacado los fallos del Ejecutivo.

Carlos Alsina

Madrid |

Monólogo de Alsina, en Más de uno

Déjenme que les cuente una historia, que es muy corta, ya verán. Es un cuento brevísimo, de los de Jodorowsky. Treinta palabras, no llega. Dice así: "Un espejo, colocado frente a otro espejo, trataba de establecer en qué se diferenciaban. Cuando, frustrado, entendió que los dos eran idénticos, entonces el espejo se rompió en pedazos".

Quienes repiten desde el lunes, pase lo que pase, que el Gobierno, el ministro, y Adif, están ocupados no en informar a la opinión pública de lo que ocurrió sino en construir un relato los exonere culpando al Iryo igual podrían, antes de que el espejo reviente, preguntarse si no están siendo ellos quienes con más denuedo están construyendo el relato que condena a Adif, al ministro y al Gobierno sin esperar -nos quema la urgencia- a que las investigaciones concluyan (no vaya a ser que cuando concluyan disientan del relato).

Le dijo un espejo al espejo que tenía delante: deja de deformarme.

Llegados al cuarto día después del accidente, que para las familias de los muertos es una eternidad, pero para una investigación científica es solo un primer suspiro, no hay una respuesta concluyente a la pregunta: qué causó el descarrilamiento de los últimos vagones de un tren que, a su vez, y al golpear a otro a doscientos kilómetros por hora, provocó la muerte de cuarenta y tres personas. Lo que está en marcha es una investigación científica, no política.

Una investigación científica que es el punto de partida de la indagación judicial que habrá de establecer los hechos (una vez probados) y las posibles responsabilidades; ahí sí, también políticas. Posibles. De las conclusiones a que lleguen los científicos (previo trabajo riguroso y supervisado por un juez en el laboratorio) dependerá hacia dónde quepa dirigir la exigencia (también penal) de responsabilidades. Y en esos términos, de responsabilidades posibles, le planteamos aquí ese escenario al ministro Puente el lunes.

No piensa en eso ahora, pero habrá de pensar en eso si la hipótesis de un fallo de la vía acabara siendo la que prevaleciera. El ministro dijo anoche que aún no sabe si esa fue la causa. Admitió que, como posibilidad, no cabe negarla. Y confirmó que las muescas en las ruedas del Iryo y de otros trenes que pasaron por allí antes son compatibles con un defecto de la vía.

No necesariamente con un trozo de raíl desgajado por un fallo de soldadura. De demostrarse que la causa del accidente fue el mal estado de la vía, el asunto sería tan grave que estaría justificada la caída del ministro, solo o en compañía de otros. Pero si la causa hubiera sido otra, no mermaría tampoco un ápice la gravedad de las denuncias que vienen haciendo los maquinistas: ese problema seguiría ahí, aunque no hubiera provocado accidente mortal alguno.

Ni los audios de las llamadas entre los trenes y Atocha ni los elementos con que ya cuentan los investigadores (el trozo de raíl seccionado, las muescas en las ruedas de trenes distintos que pasaron por ese punto, uno de los bajos del Iryo lanzado a doscientos metros de distancia) dan una respuesta concluyente a la pregunta de qué sucedió exactamente. Permiten dar prevalencia a la hipótesis de que la vía presentaba algún defecto, pero no, todavía, una explicación completa de lo que sucedió.

Apuntó el ministro que ni siquiera está asegurado que el punto donde está rota la vía fuera el principio del descarrilamiento. Y que el hecho de que no les resulte fácil, a los expertos, afirmar a primera vista qué falló hace pensar que podamos estar ante un problema que se ha manifestado por primera vez y obliga a repensar medidas para el futuro.

Esto sí debería explicárnoslo un poco mejor el ministro. En ausencia, aún, de conclusiones, qué le hace pensar que será todo más complejo de lo que hoy podamos pensar.

Uno puede dudar, faltaría más, de lo que diga el Gobierno sobre este o sobre cualquier asunto. Pero todo lo que expusieron anoche el ministro, el director de operaciones de Renfe y el director de Tráfico de Adif es compatible con lo que vienen publicando los diarios sobre la marcha de las investigaciones. Quien pueda acreditar que el Gobierno engaña, el Gobierno manipula, el Gobierno oculta, que lo haga.

Quien pueda acreditar que el Gobierno engaña, el Gobierno manipula, el Gobierno oculta, que lo haga

Mientras tanto, pretender que todo lo que diga o haga el ministro ha de ser acogido como una oscura maniobra, como una falsedad, como el ocultamiento de algo que ya sabe, como el intento de demorar el conocimiento de la verdad es construir un relato. Tan interesado, y tan rechazable, como el que el Gobierno ha construido en otros casos.

De los técnicos que analizan el accidente y del juez que dirige la indagación, nadie espera, supongo, que tomen partida el primer día: ¿fue la vía más soldada o fue el tren mal mantenido? ¿Fue el Gobierno o fue Iryo? Del resto de la Humanidad parece que algunos sí esperan que tome partido sin esperar ni más datos, ni más indicios, ni más audios, ni más nada. ¿Usted con quién va?

¿Usted con quién va?

Los audios de las llamadas del maquinista a Atocha y de Atocha al Alvia, en poder de Adif, debieran haber sido presentados a la opinión pública en la rueda de prensa que ofreció ayer el ministerio. Las filtraciones caprichosas en un asunto como este solo sirven para sembrar sospechas sobre la intención de quien filtra y el objetivo último que persigue.

Pero escuchadas las grabaciones, que a nadie inculpan ni exculpan porque nada revelan sobre la causa del descarrilamiento, la nueva pregunta que quedó en el aire es cuánto tiempo tarda Atocha en tener noticia de que un tren de alta velocidad ha quedado parcialmente destruido. Cuando se tuvo constancia de que no era un tren, sino dos los siniestrados. Si hubo ahí algún error o alguna negligencia. Pero sin que eso cambie el hecho de que el siniestro fue la consecuencia, no la causa, del descarrilamiento.

Los pecados probados del Gobierno

El Gobierno sí es culpable de no haber sabido responder, durante meses, a las quejas de los maquinistas sobre los fallos recurrentes en las líneas. De haber despachado, sin mostrar mucho celo, la carta del Semaf el pasado agosto. De no haber sabido explicar a los usuarios que limitar la velocidad máxima en algunos tramos no equivale a sugerir que todos los trenes que circulan por esas vías estén en riesgo de descarrilamiento.

El Gobierno es culpable de haberse hecho la víctima cada vez que se ha producido una sucesión de incidencias, o averías, o de robos de cable sugiriendo que era un comando antisanchista el que saboteaba los trenes para dar munición a la derecha.

Y es culpable de haber desdeñado el debate sobre la capacidad que tienen las líneas de alta velocidad ahora que circulan más trenes que nunca y que el mantenimiento ha de ser, también, más constante. Ese debate que el ministro admite ahora a la vez que rechaza una auditoría completa al transporte ferroviario en España.

No me consta que el Gobierno sea culpable, hasta hoy, de haber mentido, distorsionado, ocultado o demorado información sobre el accidente de Adamuz. Hay quien se indigna enormemente cuando se siembran sospechas gratuitas sobre el comportamiento de un gobernante y se lanzan de cabeza a sembrar sospechas cuando el gobernante concernido es del signo político contrario. Un espejo, en el callejón del gato, que se mira en otro espejo. Y los dos son espejos deformantes.