Trump prometió acabar con la guerra de Ucrania. No prometió que nos fuera a gustar el resultado. No prometió que el final fuera justo para Ucrania. Ni avisó de que ningunearía a Zelenski, a la OTAN y a la Unión Europea, aunque esto ya nos lo íbamos imaginando. Ni de que antes incluso de sentarse a negociar una paz con Putin, de imperialista a imperialista, cedería al invasor ruso algunos de los puntos más importantes que tenía Ucrania para sentarse a negociar: ni entrará en la OTAN, ni conservará las fronteras anteriores a la invasión. No hacía falta que fueran objetivos realistas para que le fueran útiles a Ucrania en una negociación. Ya no.
Dos potencias repartiéndose el mapa sin contar con el resto. Qué siglo XIX se nos está quedando el XXI. O peor, podría quedársenos una Europa como la del siglo XX. Y no la segunda mitad. Sino la primera. La de las viejas naciones y viejas guerras. Porque es el orden construido tras la Segunda Guerra Mundial lo que desaparece después de la llamada de teléfono de ayer en la que el presidente de Estados Unidos habló con el presidente ruso de cómo acabar una guerra en suelo europeo sin contar con Europa.
Es verdad que Trump puede poner fin a una guerra, pero también que así es como empiezan otras. Cuando el invasor se sale con la suya. Como dice hoy Xavi Colás, que tiene a Putin tan calado que lo echó de Rusia por informar sobre él, mientras Trump asegura querer acabar con la guerra, está dando incentivos a Putin para seguir atacando. Y encima ha dicho que Ucrania no contará con tropas estadounidenses ni de la OTAN.
No sabemos adónde llevarán estas negociaciones en el futuro. Pero sí lo que pasó ayer. Hasta ayer Putin era un paria internacional. Hasta ayer, Occidente estaba unido frente al Kremlin. Hoy el mensaje de Washington a Europa es que el futuro de Ucrania no lo deciden los ucranianos y si luego llegan más conflictos que se apañe sola. El mundo de ayer ya no existe.
¿Moraleja?
Putin y Trump están negociando, Europa sola se va quedando.
