Cada acto violento hace más probable el siguiente. Es una lógica universal. Ayer con Rusia, hoy en Estados Unidos. El asesinato de Charlie Kirk, el activista trumpista que fue asesinado el miércoles en un campus de Utah, no es solo un crimen horrible. Hay riesgo de que sea además el detonante de un mayor ciclo de violencia que amenaza la democracia estadounidense. Kirk pagó con la vida su derecho a la libertad de expresión.
Como dice Ezra Klein, un famoso periodista de la izquierda neoyorquina, en las antípodas ideológicas del activista asesinado, Charlie Kirk hacía política de la manera correcta. Iba a los campus a hablar, debatir, a discutir argumentos. Y haciéndolo logró movilizar a mucho votante joven a favor de Trump en las últimas elecciones gracias a sus videos virales. Eso le granjeó la amistad personal del presidente, que ahora promete vengar su asesinato y darle "una paliza a los lunáticos de la izquierda radical".
Muchos republicanos culpan del asesinato de Kirk a los demócratas y a los medios. Dicen que es su retórica antitrumpista provocó el asesinato. Y muchos demócratas atacan a los republicanos por su defensa de las armas.
Y entre tanto, el miedo se ha intensificado. Los congresistas están cancelando eventos al aire libre por miedo a que los maten. Las amenazas de muerte a políticos se han vuelto constantes en los últimos años, desde la toma del Capitolio. La violencia política no es nueva. Este verano fue asesinada la presidenta de la Cámara de Representantes de Minnesota en su casa. El propio Trump sufrió dos ataques el verano anterior. Y Nancy Pelosi… La lista es larga y en ella hay republicanos y demócratas. Pero tras el asesinato de Kirk, crece la tensión. Y la retórica incendiaria no ayuda a calmarlo.
Todos los que agreden, amenazan o asesinan a alguien por sus convicciones políticas son de la misma ideología: el fanatismo. Y todas sus víctimas lo son de la democracia.
¿Moraleja? La historia nos da una advertencia del peligro cuando aumenta la violencia
