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CON JAVIER CANCHO

Historia del pájaro que regresó de entre los muertos

Existe un mundo insólito dentro nuestro planeta. Por ejemplo resulta muy extraño que existan unas aves que nacieron dos veces.

Javier Cancho
  Madrid | 11/07/2019

Hay lugares asombrosos de los que se habla poco o nada. En el océano Índico hay un paraíso para las anémonas y las esponjas que tiene el aspecto de una ciudad sumergida, es una isla fósil en el fondo del mar. En el Índico, en otra isla, pero en la superficie, puede encontrarse un animal muy extraño. Es la última especie de ave no voladora en aquel confín del mundo. Es un pájaro que pertenece a los rálidos. Digamos que se parecería a una avutarda sin serlo. Y lo sorprendente es que representa una asombrosa paradoja evolutiva, porque es una especie que regresó de la extinción. Es un ave que no vuela y es un extraño caso de animal que consiguió regresar de la muerte.

Pues no son zombis, más bien a estos pájaros se los llama fochas, gallinetas o polluelas. Son aves originarias de Madagascar que se extinguieron hace decenas de miles de años en el atolón de Aldabra, en las islas Seychelles. Y lo asombroso es que volvieron a colonizar el mismo enclave miles de años después de haber muerto. En dos ocasiones distintas, y con miles de años de diferencia entre la primera y la segunda vez, ese pájaro pudo colonizar con éxito un atolón aislado. Y después de haberlo hecho, y en ambas ocasiones, perdió su capacidad de vuelo al no haber depredadores en la isla. No había depredadores, pero cuando se extinguieron fueron engullidas por una gran inundación que cubrió el atolón por completo. Y allí, y ahora, de nuevo, han reaparecido las aves del Índico que no saben volar. No saben volar; pero, si renacer.

A 800 metros de profundidad en el Atlántico, está Lost City, la Ciudad Perdida, que es un lugar lleno de monolitos de carbonato de un tamaño similar a un edificio de 60 metros de altura, pero en lo hondo del agua. Es como estar en las profundidades oceánicas contemplando grandes bloques. Se trata de un campo hidrotermal único en el planeta porque no depende de la actividad volcánica. Allí no hay magma que caliente el agua que circula bajo el suelo del mar. Y sin embargo todo está lleno de fumarolas blancas que parecen una estructura sólida dentro del océano.

Y luego está el café del tiburón blanco, que es una comarca sumergida en el océano, entre América y Hawái. Es el lugar donde se congregan los tiburones blancos del Pacífico Norte. En el Atlántico Norte está el mar de los Sargazos, que es el único mar del mundo sin costas, sólo lo delimitan corrientes marinas: es un mar que no está definido por límites terrestres y sin embargo contiene un ecosistema específico: son algas, de las que ya les hablamos la semana pasada, unas algas marrones que están conquistando el Caribe. El mar de los Sargazos es una enorme masa de agua, que gira en torno a las islas Bermudas. Es un mar que durante siglos no pudo ser atravesado, más por una resistencia psicológica que por una dificultad técnica para la navegación. En 1492, Cristóbal Colón se encontró con ese mar inhóspito. Al rededor del mar las corrientes circundantes giran en sentido concéntrico, como las agujas del reloj, pero en el centro del mar de los Dargazos no hay movimiento aparente, no se siente la presencia del viento: es como si nunca hubiera ni una brizna de aire. Es como si allí el universo se hubiera detenido. De hecho, durante los siglos XVII y XVIII ese rincón del mundo tenía fama de ser el cementerio de los barcos de vela.