El dilema moral que los oyentes le han trasladado esta semana a Freire es:
"Me llamo Amelia, tengo veinticinco años y convivo con mi prima, una muchacha de mi quinta. Aunque, más que convivir con ella, lo que hago es sufrirla. Nuestras familias, con la mejor intención, decidieron que compartiéramos vivienda para repartir gastos. Esto significa que me veo atrapada por el lazo de sangre y el compromiso familiar, cadenas suaves pero firmes que me impiden dar la espantada.
Y es que mi prima es un verdadero tormento. En la nevera conserva unos tápers con restos de guisos cuyo olor, agrio y denso, se me pega a la ropa y me acompaña todo el día. Tiene un hámster al que suelta por la casa y que, por instinto o malicia, se mete en mi cama a hurgar entre las sábanas. Por no hablar de que a veces usa mi cepillo de dientes -mi prima, no el hámster-. Cuando se lo reprocho, me contesta con displicencia que no sea tan escrupulosa.
Me da vergüenza añadir lo que sigue, pero en el retrete a veces deja recuerdos tan groseros que desafían toda decencia. Cuando me siento en el sofá para ver una serie, ella aprovecha para cortarse las uñas de los pies. Para colmo, y como las paredes de este piso son de papel, cada vez que trae una pareja a casa me veo obligada a escuchar una serie de sonidos que una señorita decente como yo preferiría ignorar. Yo teletrabajo, y no pocas veces mis calls han coincidido con sus ruidos. Una vez mi jefa me preguntó si en casa estábamos sacrificando un cochinillo.
¿Qué más puedo añadir? Cuando habla por teléfono con su madre pone voz de bebé. Que Dios me perdone por decir esto, pero ¡¡¡qué gorda me cae!!!
Y yo me pregunto, Jorge: ¿he de seguir agachando la cabeza, o será más razonable que me busque otra compañera de piso?"
