Jorge Freire cada día está más seguro de que no hay que pensar tanto en la vida y rescata unos versos de Joaquín Bartrina "Si quieres ser feliz muchacho como dices, no analices, no analices". Sin embargo, el filósofo de Más de uno sí que está obligado a reflexionar para poder responder a los dilemas de los oyentes, como el que le manda Mercedes:
Querido Jorge:
Le escribo profundamente preocupada por unos amigos, una pareja encantadora en lo personal pero que ha decidido declarar la guerra total a la educación moderna, empezando por la de su hijo de diez años.
El niño, como todos, va al colegio. Pero no porque ellos quieran, sino porque la ley les obliga. Como no pueden educarle exclusivamente en casa, lo que hacen es compensar lo que ellos llaman ‘imposición jacobina del Estado’ enseñando al niño en casa exactamente lo contrario de lo que aprende en el colegio.
Impugnan, por ejemplo, la teoría de la evolución. Al niño le dicen que el hombre no viene del mono y que a lo mejor el señor Darwin hablaba por experiencia propia. Tampoco creen que existieran los dinosaurios, y le explican que, en todo caso, “no serían tan grandes”. Le cuentan que la Tierra, más que redonda, es “una cosa así como abombada”. Y cosas aún peores: si en Biología le enseñan el sistema circulatorio, en casa le corrigen diciéndole que la sangre no da vueltas, que eso sería un despilfarro, y que el corazón está ahí “para dar impulso moral”, no para andar bombeando como una máquina socialista. Sobre la reproducción, evitan lo que ellos llaman “guarradas innecesarias” para contarle que los niños llegan cuando entre sus padres hay amor verdadero y respeto.
El resultado es que el niño vive en un cisma pedagógico, y sus profesores están escandalizados. En Matemáticas se niega a aceptar los números negativos, le dice a sus compañeros que los terremotos son “avisos” y ha empezado una campaña para que no se vacunen contra el tétanos. Sus padres, por supuesto, están encantados. Dicen que el niño “tiene criterio propio”. Yo, en cambio, empiezo a temer que llegue a la adolescencia creyendo que Copérnico fue un masonazo y que el microscopio es una herramienta ideológica.
Así que le pregunto, Jorge: ¿Dónde acaba la libertad de los padres y empieza el derecho del niño a no vivir creyendo que la tierra es casi plana y Darwin un mercachifle?
Un saludo,
Mercedes
Freire ha recordado que los niños no hay que meterlos entre algodones ni cataplasmas y estos niños de española acaban rompiéndose a las primeras de cambio. Para el filósofo el problema que tienen las burbujas es que hacen olvidar que la realidad tiene aristas muy afiliadas y "el sino de toda burbuja es acabar pinchando".
Para el filósofo, incluso de las personas con más renombres, podemos sacarles la punta y mostrar sus defectos. Según Freire, el pin parental y todos sus derivados son tentativas de rebanar el intelecto de nuestros hijos para que se mantengan en la inocencia en toda la vida.
En el caso concreto de Mercedes, la solución puede estar en mandarle un enlace con esta sección de Más de uno para invitarles a la reflexión y a la apertura. Begoña, Carlos y Jorge ha recordado la película de la 'La herencia del viento', también conocida como 'El juicio del mono' donde entran en conflicto las enseñanzas de un profesor con las creencias de unos padres. La libertad del profesor debería ser infinita incluso para reprobar a los padres que actúen de manera incorrecta.

