De entre toda la correspondencia semanal dirigida a Jorge Freire que llega los estudios de Onda Cero el filósofo ha querido destacar una carta que hace referencia a un hecho reciente que ha acaparado las portadas de los periódicos de todo el mundo, el robo en el museo del Louvre.
Querido Jorge:
Me llamo Paco y soy un gran aficionado al arte. He dedicado buena parte de mi vida a contemplarlo y estudiarlo. Tengo las paredes llenas de reproducciones. Ningún original, por desgracia, porque dinero no me sobra.
La comentada noticia sobre el robo en el Louvre me ha traído de golpe a la memoria aquel otro episodio, ya remoto, del año 1989: cuando desaparecieron del Palacio Real dos pequeños cuadros de Velázquez que jamás fueron recuperados. Y ese recuerdo, como una llave vieja que abre una puerta olvidada, me mete de nuevo en un dilema que creía haber olvidado.
Verás, tengo un amigo de toda la vida, compañero del colegio, de esos con los que uno ha compartido meriendas y travesuras. La diferencia es que la fortuna, en su caso, se alió con él. Hizo dinero en la bolsa, mucho dinero. Y ahora vive rodeado de lujos que yo solo he visto en catálogos. Le fascina el arte, pero no desde la devoción de gente humilde como yo, que se conmueve ante la belleza, sino desde la arrogancia de quien puede comprarlo todo.
Hace un tiempo estrenó una mansión impresionante, y para celebrarlo organizó una fiesta con sus amigos más cercanos. La cuestión es que durante la velada, entre risas y copas, me aventuré disimuladamente a explorar el piso de arriba. En la alcoba principal, sobre una cómoda de caoba, vi algo que me dejó aliento: uno de los cuadros de Velázquez robados hace treinta y seis años. No me cabe la menor duda. Era él. Inconfundible.
Desde entonces, Jorge, y han pasado ya bastantes meses, no sé qué hacer.
¿Debo denunciarlo, sabiendo que con ello destruiría a mi amigo y quizá nuestra historia común? ¿O debo callar, fingir que nada vi, y cargar yo solo con el peso de saber que esa joya robada del patrimonio cuelga en la casa de un ricachón cualquiera?
Aguardo su respuesta,
Paco
Freire ha aprovechado la temática para recordar otros robos antiguos, como el hurto de La Gioconda en año 1911, que hizo saltar a la fama a un cuadro no muy destacado por aquel entonces. También la desaparición de dos obras de Richard Serra de un polígono del museo Reina Sofía que estaban hechas de acero y pesaban varias toneladas, para el propio Sierra, lo más probable es que formen parte de una carretera o la estructura de un puente. Para el filósofo, algunos cuadros también podrían ser víctimas de una 'campaña de marketing' como la de La Gioconda y de forma más merecida que el cuadro de Da Vinci
Respecto al dilema, Freire ha indicado que en primer lugar hay que tener respeto por la intimidad de su amigo y no inspeccionar su casa sin su consentimiento, para él por detrás del dilema se esconde una cierta envidia de Paco "lo que le duele es toda la riqueza de su amigo antes que el robo del cuadro".
Jorge Abad es más atrevido y aboga porque se lleve el cuadro a casa "quien roba a un ladrón tiene 100 años de perdón" y convence a Freire y a Begoña, que si que indican que sería más lógico devolverlo a Patrimonio en lugar de que Paco se lo quede en casa. Si la tienes el cuarto de baño, La Gioconda pierde su valor.
