Nuestro físico y nuestro matemático nos han llebado esta vez a un pequeño pueblo de Estados Unidos, Dayton, Tennessee, para revivir el famoso Juicio del Mono de 1925. Entre bromas y susurros, Alberto Aparici y Santi Cremades trasladaron a los oyentes a los bancos de madera de un juzgado sureño, abarrotado de curiosos, pancartas con monos y un profesor de gimnasia convertido en acusado por enseñar la Teoría de la Evolución en plena América creacionista. El profesor John Scopes desafió una ley absurda, y aunque el veredicto se hizo esperar, la historia se convirtió en un símbolo del choque entre ciencia y dogma religioso.
De aquel juicio saltaron a una noticia científica del siglo XXI: los denisovanos. Alberto desveló que esta especie humana, pariente cercana de los neandertales, fue identificada no por fósiles espectaculares, sino por un modesto ADN extraído de un diente cubierto de sarro en la cueva de Denísova. Gracias a los avances genéticos, hoy sabemos que convivieron y se mezclaron con los sapiens, dejando rastro en el ADN de tibetanos, polinesios y papúes. Un puzzle fascinante que demuestra que nuestros genes guardan secretos de encuentros remotos que no dejaron escritos, pero sí herencia.
Cuando parecía que la clase de evolución había terminado, Santi aprovechó para explicar otro pilar de la genética: la Ley de Hardy-Weinberg. Una fórmula tan elegante como útil para entender por qué hay más ojos marrones que azules, cómo se distribuyen los genes en una población estable y por qué la biología evolutiva necesita de la estadística para desvelar mutaciones, migraciones y selección natural. Entre fórmulas y nombres alemanes, Jorge bromeaba sobre copiar ecuaciones y guisantes de Mendel, mientras Alsina ejercía de alumno aplicado para que todos siguiéramos el hilo.
Y como toda buena historia tiene final, el veredicto del Juicio del Mono fue simbólico: una multa irrisoria de cien dólares, ni siquiera aplicable por un tecnicismo, y un maestro suplente convertido en leyenda. Dayton se hizo famoso, la evolución siguió su curso y la radio, cien años después, revive aquellos ecos con humor, ciencia y curiosidad bien contada.
