UN PODCAST DE DANIEL RAMÍREZ GARCÍA MINA

Centenarios Capítulo 4: Un amor para toda la vida

Nos adentramos en un modelo de vida proscrito, en una revolución contracultural, junto a Adela López Pego, una mujer que a sus 96 años lleva casada 68 años con su marido Antonio. Ambos son parte de una revolución contracultural, de lo que se llama "el amor para toda la vida" y ella nos asegura que sí, que existe.

ondacero.es

Madrid | 09.04.2021 11:45

Adela López Pego es una mujer pequeñita y risueña donde cabe toda una revolución contracultural. Tiene 96 años… ¡y lleva casada 68! Su marido se llama Antonio y lleva un siglo a la espalda. Acaban de celebrar las bodas de platino y, si la biología se lo permite, pronto celebrarán las de titanio.

Adela se sienta a la mesa para desmigar las interioridades de una especie en peligro de extinción: lo que ella llama, con voz dulce pero reiteradamente firme, “el amor para toda la vida”. Aquí está la noticia, lo verdaderamente inesperado, el hallazgo de la perla en el pantano… Porque, ¿qué son una moción de censura, un terremoto murciano o un adelanto electoral al lado de tamaña proeza?

Vamos a adentrarnos, Carlos, en un modelo de vida proscrito; en una aventura que ya sólo puede leerse en las novelas. Adela, sentada en su silla de madera, me miraba… aportaba pruebas documentales, con fechas y lugares, para demostrarme que, por increíble que parezca, ¡sí, muchacho!, el “amor para toda la vida” existió alguna vez.

Porque el matrimonio de aquella época, ¡el enlace nupcial!, era una fórmula que no debía tener margen de error. Era la asunción de un destino inexorable, una misión vital… costara lo que costase. Adela, reconoce, tuvo suerte. Se casó porque quiso y ha llegado feliz al final del viaje. Como ella dice… ahora parece increíble contarlo.

Su historia

Adela nació en Madrid, en 1925. En la calle Andrés Mellado. Hizo la primera comunión, le regalaron un rosario, sobrevivió a una guerra civil y se licenció en Letras. Especialista en Historia de América. Antes de conocer a Antonio, tuvo un pretendiente más pretendiente que los demás. Una relación de quince días que acabó disolviéndose de mutuo acuerdo. Porque los noviazgos, entonces, se disolvían, como hoy sólo se disuelven los Parlamentos antes de unas elecciones.

El padre de Adela era militar. Fue destinado a Huesca y allí recaló toda la familia. Un día, Adela estaba con sus amigas en el frontón. Y entró Antonio con los suyos. Como ella dice, se cayeron “en gracia”. Comenzaron a dar paseos, a “acompañarse”. Y muy poco tardó en “declararse el asunto”. Ya tenemos noviazgo.

¿Cómo se enamoró Adela de Antonio?

Pero, ¿por qué se enamoró Adela? ¿Cómo la encandiló Antonio? Tiene una explicación muy sencilla. Incontestable. Antonio, nacido en Huesca, era baturro. Y los baturros, ha comprobado Adela a lo largo de estos 68 años, no mienten. Él le decía que la quería. Y ella sabía que la quería de verdad.

¿Qué papel jugaban los placeres de la carne en aquellos noviazgos? ¿Cómo se descubrían el uno a la otra? Pues se descubrían francamente poco. Adela me miraba. Yo la miraba. Y me decía que la cosa no tenía nada que ver con la de ahora. Paseo para arriba, paseo para abajo, cogerse de la mano en situaciones excepcionales… y, a la hora de la despedida, en la esquina más cercana a la casa de la novia, quizá un beso en la mejilla. O ni eso. Porque cuando llegaba el momento de juntar los labios, Adela corría escaleras arriba: “¡Me están esperando!”.

Las tradiciones han cambiado, ¡y mucho!, pero no el ser humano. Por mucho que se esquivara, el deseo existía. Porque Antonio, no estaba nada mal. Estaba muy bien. Hombre apuesto. La atracción anidaba en el fondo de los dos novios. Pero no era una opción coquetear con ella antes de pasar por el altar. A Adela, no se equivoquen, le gustaba Antonio. Le gustaba mucho. Sabía que, una vez casada, tendría que mantener relaciones. Estaba “dispuestísima”.

Antonio era abogado en el gobierno civil. Había estudiado mucho para obtener su plaza. Uno de aquellos días, cuando paseaban, mejor dicho, cuando se acompañaban, se dio cuenta de que jugaba a contrarreloj. El padre de Adela iba a ser destinado a otra ciudad. Así que dio un paso al frente. Le dijo a Adela: “Voy a ir a hablar con tu padre”. Ella, en el fondo, quería que lo hiciera, pero le respondió: “Ay, no, por dios, qué apuro”.

Para cuando Antonio fue a casa de Adela, la familia López ya había obtenido varios informes acerca del pretendiente. Sabían que era trabajador, estudioso y educado. La operación salió bien y, cuando Antonio se fue, los López dijeron, como se decía entonces: “El novio ya ha entrado en casa”.

Esto del anillo, del hincar rodilla, es muy nuevo, casi de antes de ayer. Como me contaba Adela, ella me miraba y yo la miraba, por aquel entonces los novios no pedían matrimonio a las novias; se lo pedían a los padres de las novias. Era la famosa pedida de la mano.

Mi pregunta a Adela fue: entonces, ¿cómo sabía Antonio que usted se quería casar? Pues es algo que se sabe, Carlos. Se sabe. De pronto, en un instante, Adela y Antonio, sin necesidad de intercambiar palabras, supieron que eran novios para toda la vida.

Y llegó la boda

Así llegamos al 18 de abril de 1953. A la boda entre Adela y Antonio, celebrada en la iglesia del Buen Suceso, en Madrid. Oficiada por el arzobispo castrense, que previamente les dio algunos consejos, les hizo algunas advertencias. Habían sido novios un año y medio. Adela, como bien sabía Antonio, se mudó a Madrid con su familia. Antonio la visitaba y se quedaba, me dijo Adela por si me cupiera alguna duda, en un hotel, no en su casa. Le mandaba cartas todos y cada uno de los días.

Fue un mes muy intenso en casa de Adela. Había que preparar el ajuar: la ropa de cama, la ropa interior, y todo lo que necesitaba el dormitorio de los recién casados.

Aquel día, Adela estaba tan nerviosa que ha olvidado hasta el menú. Sabe que comieron en Lhardy. Perdón, que el agasajo, así se decía, tuvo lugar en Lhardy. No hubo baile; eso, como el anillo y la hincada de rodilla, es de una época posterior. Adela, por supuesto, compartió mesa con el arzobispo castrense, que también presidió la ceremonia festiva. Han pasado casi setenta años, pero Adela, nuestra novia, nuestra esposa, puede repetir la frase que se repetía a ella misma camino del altar.

Una de las mayores ilusiones de la joven Adela era ejercer como licenciada en Letras. Como especialista en Historia de América. Tuvo oportunidades, pero renunció a ello para criar a sus hijos. Cuatro chicos y una chica. La decisión no fue forzada. Antonio, ya su marido, incluso la animó a aceptar una plaza de profesora de Griego en un instituto. Pero Adela no quiso. No se arrepiente de su decisión, pero dice que, si perteneciera a la generación que hoy es joven, se lo pensaría.

Hay en las palabras de Adela, ¡en sus 96 años!, una inmensa ilusión por la vida. La alegría de vivir, que como ella cuenta, se gesta en los momentos más duros, en los episodios más dolorosos. Adela y Antonio tuvieron un hijo con síndrome de Down y tetralogía de Fallot. Al principio, el mundo se les vino encima. Luego, aquel niño se convirtió en la alegría de la casa. Lo fue hasta los once años, cuando murió. De aquel niño que jamás ha olvidado, Adela sacó esta lección: "La pérdida fue grande pero dijimos que iba a un lugar mejor".

¿Cómo se mantiene el amor 60 años después?

Pero, ¿qué es el amor setenta años después de la primera vez? ¿Cómo se alimenta? ¿Cómo se debilita? ¿Cómo sobrevive? ¿Adela sigue enamorada?

Antonio no pudo participar en esta entrevista porque se encuentra conectado a una máquina de oxígeno. Acababa de regresar del hospital. En cuanto acabó esta conversación, Adela entró en su habitación. Le cogió de la mano y le preguntó si tenía frío en los pies. En esa caricia, en esa respuesta, están tres cuartas partes de su vida.

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