CON MANU MARLASCA Y LUIS RENDUELES

Territorio Negro: Los asesinos de un guardia civil en Madrid quedan impunes 20 años después

En Territorio Negro hablamos del crimen de Juan Carlos Sanz, un guardia civil que tenía 23 años cuando fue asesinado a la salida de un bar de Madrid y cuyo delito ya ha prescrito cuando se cumplen 20 años. Manu Marlasca y Luis Rendueles cuentan la historia inexplicable de un fracaso en el sistema.

ondacero.es

Madrid | 09.02.2021 21:51 (Publicado 09.02.2021 17:21)

Juan Carlos Sanz (izquierda), el guardia civil asesinado en Madrid.
Juan Carlos Sanz (izquierda), el guardia civil asesinado en Madrid. | Luis Rendueles

La semana pasada se cumplieron veinte años del asesinato de un joven guardia civil en Madrid. Y desde entonces, si sus asesinos se presentan y confiesan su crimen en cualquier juzgado o comisaría o programa de televisión, saldrán en libertad.

El crimen de Juan Carlos Sanz, un guardia civil que tenía 23 años cuando lo mataron a la salida de un bar de Madrid, ha prescrito. En este territorio negro, Manu Marlasca y Luis Rendueles nos van a contar la historia inexplicable de un fracaso del sistema, o al menos de una parte de él, que ha dejado abandonada y sin justicia a una familia.

El delincuente torpe de la semana

Pero antes, uno de esos especímenes de delincuentes que pueden provocar una sonrisa. El delincuente torpe de la semana, el tolay que decís vosotros, es un gallego de 40 años que fue detenido por la policía de Ferrol. Entró a robar en casa de una señora la noche del sábado, ese fue su primer error, pero no el único

Debió hacer mucho ruido, porque la señora se despertó, se levantó de la cama y fue al salón, donde se encontró a este ladrón. El tipo salió corriendo y dejó allí una bolsa que llevaba. Dentro de la bolsa había una pequeña libreta, como esas que usan los niños en el colegio. Y, como hacen muchos escolares, en el dorso de la libreta, nuestro ladrón había escrito: esta libreta es propiedad de… (y su nombre y sus dos apellidos, los de verdad, detrás). Muy poco después fue localizado y detenido.

No se trata de dar ideas, mucho menos a ladrones de pisos, pero no parece conveniente ir a robar con una libreta firmada. Aunque no es el peor caso que hemos tenido de tolays aquí...

Hay varios atracadores que se han olvidado el carnet de identidad en las casas y bancos que asaltaron. Nuestro favorito fue un joven de Elche que se dejó en la casa que robó el currículum que llevaba para después del atraco optar a un puesto de trabajo legal…Venían todos sus datos personales, dirección y fotografía. La historia acabó mal. Y pronto.

Un fracaso del sistema: el crimen del joven guardia civil

Vamos a dejar de sonreír, me temo, porque vamos a hablar de un crimen sin resolver, un crimen que ya va a quedar impune, la muerte de una persona, y de un fracaso del sistema. Primero recordemos algo que es legal, aunque no sucede en otros países. En España, un asesinato prescribe a los 20 años de cometerse. ¿Es así?

Como norma general, sí. Hay una serie de plazos de prescripción para todos los delitos. Los delitos sexuales, por ejemplo, prescriben entre cinco y quince años después de cometerse, esto era muy sangrante en los casos de abusos a menores, de ahí que vaya a cambiarse con la nueva ley y los plazos no empiecen a contar hasta que las víctimas cumplan 30 años de edad.

En España, los delitos de homicidio y asesinato caducan a los veinte años como norma general. Quedan fuera de ese sistema de plazos, los asesinatos terroristas y también aquellos posibles delitos de genocidio o crímenes contra la humanidad. En asesinatos digamos normales, si el juez que dirige las investigaciones no realiza ninguna diligencia nueva, si la policía no sigue ninguna pista, si el instructor no llama a declarar a nadie… el crimen queda impune a los 20 años de cometerse.

Y eso acaba de ocurrir con el asesinato en Madrid del guardia civil Juan Carlos Sanz Cancelas, que murió de un disparo en la cabeza, a quemarropa, en una calle del barrio de Carabanchel. Vamos a situarnos allí aquella madrugada del 2 de febrero de 2001 ¿Qué ocurrió?

Juan Carlos Sanz y otro compañero suyo en la guardia civil, Juan José González, estaban de permiso aquella noche. Han venido a Madrid desde el País Vasco, donde estaban destinados. Salen de copas y van a un pub llamado Pepote, en la calle Castrojeriz, en el barrio de Carabanchel. Hacia las cuatro menos cuarto de la mañana, los dos guardias de paisano salen del pub y van hacia su coche, que habían aparcado cerca, en la calle Pinzón.

En ese camino, los dos guardias pasan delante de un todoterreno, que estaba parado en doble fila y donde ven a cuatro personas. Dos de ellos están delante, los guardias consideran que están haciendo algo sospechoso. Se produce un cruce de miradas y parece que todo queda ahí.

Pero a esos guardias civiles, de paisano, recuerden, les dan mala espina esos cuatro hombres dentro del todoterreno. Cuando vuelven, ya dentro de su coche, se sitúan a su altura. Y allí se produce el incidente

Algo ocurre que precipita que los guardias civiles de paisano se identifiquen y ordenen a los cuatro ocupantes del todoterreno que salgan del coche. Al principio parece que se bajan dos de ellos. Uno de los guardias civiles les ordena que se apoyen en el capó de un coche que estaba aparcado allí mismo, un Ford escort.

La situación se va a complicar, y mucho. Del todoterreno bajan, por el otro lado, los otros dos ocupantes del coche en actitud agresiva. Llevan un cuchillo al menos y una cadena de hierro. El otro guardia civil va a identificarlos. Se ha separado de sus compañeros. Hay insultos y los guardias civiles sacan sus pistolas. Cada guardia queda con dos delincuentes a un lado de los coches, uno está en la acera y otro en la carretera.

Son dos contra uno en cada lugar y les acaban atacando y quitando sus armas. Suenan varios disparos al aire. Uno de los guardias recibe varias cuchilladas; el otro, Juan Carlos Sanz, cae al suelo tras recibir dos puñaladas y uno de esos cuatro atacantes le dispara con su pistola en la cabeza. Los cuatro agresores salen huyendo de la zona en un todoterreno.

Es un crimen a quemarropa. La policía investiga en busca de esos cuatro agresores, la Guardia Civil también lo hace. Se investiga si pudo ser un ataque terrorista incluso, pero todo apunta a lo que hemos contado, una pelea a la salida de un bar. Pero las investigaciones se estancan ¿Por qué?

Se siguen muchas líneas de investigación, se considera que los autores del crimen deben ser delincuentes conocidos en el barrio de Carabanchel. Eran, entonces, gente de unos 30 años. La policía recupera incluso una huella de un individuo de un coche cercano, la mano con la que se apoyó en ese Ford Escort donde según el superviviente se habían apoyado los agresores cuando les ordenaron identificarse. Pero el juez considera que esa huella no es prueba suficiente para acusarle de nada.

Un nuevo testigo protegido

Y así llegamos a junio de 2020, cuando una persona acude a declarar a la policía. Quiere contar algo que ha oído sobre un crimen antiguo, él sabe quienes mataron al guardia civil en Carabanchel

Se convierte en testigo protegido y da los nombres de cuatro personas, cuatro delincuentes del barrio. Afirma que estuvo con ellos el día después del crimen y que le contaron lo que había ocurrido y cómo hasta le habían quitado el reloj al guardia civil asesinado para regalárselo a un compinche, un dato que no había trascendido hasta ese momento y que le da credibilidad al testigo.

La policía nacional, la UDEV, inicia entonces una carrera contrarreloj para dar con los asesinos, los investigadores saben que tienen menos de un año para darle algo al juez que permita abrir de nuevo ese caso y que no muera en los despachos.

Los agentes descubren que uno de los cuatro nombres señalados por el testigo falleció ya en 2009. Curiosamente es la misma persona que había dejado una huella en aquel coche. Quedan señalados dos personas con nombre y apellidos y un tercero del que el testigo solo sabe el nombre de pila y una empresa donde trabajaba en 2001.

Los agentes localizan a ese hombre, le ponen apellidos y cara 20 años después. Él dice que no sabe de qué le están hablando, que nunca ha estado en el barrio de Carabanchel. Es un hombre con antecedentes por lesiones, robos con violencia, robo con fuerza, robos de coches… Los agentes descubren que fue detenido por robar una tienda precisamente en la calle Pinzón, la misma del lugar del crimen, en el año 2006.

Bien, tenemos cuatro posibles agresores, uno de ellos es el asesino de ese guardia civil, Juan Carlos Sanz. Pero la policía descubre que uno ha muerto, el otro dice que no sabe de qué le hablan. Faltan dos sospechosos más

Uno de ellos confiesa a la policía que participó en la pelea con los guardias civiles. Y señala a los otros tres amigos. Se convierte en testigo protegido y explica que habían quedado para tomarse unas copas, que estaban dentro de un coche cuando los guardias civiles les increparon y les preguntaron qué hacían. Que hubo una pelea, que dos de sus amigos les quitaron las pistolas a los guardias y que uno de ellos, el que ya ha fallecido, disparó y mató a Juan Carlos Sanz.

Y falta el cuarto hombre, el supuesto dueño del todoterreno con el que se fugaron. Y falta también el coche. La policía los va a encontrar casi en tiempo récord. En cuanto al cuarto hombre, hace un par de meses fue citado en una comisaría, donde se le explicó que le estaban investigando por un asesinato de veinte años atrás. Le leyeron sus derechos y allí mismo explicó de forma espontánea que no iba contar nada a la policía, que iba a esperar a que lo llamara el juez, que cuando le llamaran contaría lo que ocurrió aquella madrugada de 2001.

Dijo que estaba muy arrepentido de lo que ocurrió con el guardia civil y que desde entonces no había podido estar tranquilo ni descansar. Añade que él no fue quien le disparó en la cabeza y que su amigo, ya fallecido, tampoco fue. Tuvo que ser uno de los otros dos compañeros.

No fue fácil encontrar el coche, un Nissan Patrol de hace veinte años. No estaba a nombre del conductor, sino de un antiguo compañero de trabajo del que solo conocían su nombre de pila. Había tres trabajadores con ese nombre, rastrearon los vehículos que tenían en 2001 y lo localizaron.

El hombre explicó que lo había comprado de segunda mano pero no lo había usado nunca. Trabajaba con el implicado en el crimen, que, según el, le pidió por favor que pusiera el coche a su nombre, que él ya le iría pagando mientras lo usaba. Es un trapicheo extraño que acabó mal. No se lo pagó del todo, se lo devolvió años después y en muy mal estado.

Identificados los implicados en la pelea

Los investigadores entregan todo lo que han encontrado al juez encargado del caso, el titular del número 6 de Madrid. Le proponen reabrir el asunto y, al menos, tomar declaración a esos dos nuevos implicados. El fiscal ya había rechazado llamar al primer testigo porque era “de referencia”, contaba lo que otros le habían contado.

Pero esta vez son dos hombres los que dicen que participaron directamente en la pelea y que quieren contarlo, aunque no sea toda la verdad, será parte de la verdad de aquel asesinato.

La familia del joven asesinado también pensaba que esta vez sería diferente. Tenían a dos personas confesando que habían participando en la pelea, aunque cada uno echara la culpa a otro de apretar el gatillo. Pero el fiscal y el juez no vieron motivos para llamarles a declarar. Así lo dictaminó su señoría el juez Pedro Marchante el pasado 26 de enero. Una semana después se cumplieron veinte años del crimen, que ha prescrito y quedará impune para siempre.

Es una historia muy dolorosa y casi inexplicable, bastaría, así lo hicieron otros jueces como el del caso Alcasser por ejemplo, que el juez hubiese simplemente ordenado declarar a estos dos testigos para que la prescripción hubiese caducado y se pudiera investigar el crimen de Juan Carlos Sanz durante otros veinte años más.

Óscar, el hermano de Juan Carlos, nos explicaba que su padre estuvo cada día luchando por averiguar quiénes habían atacado a su hijo mayor y meterlos en prisión durante 14 años, hasta que murió.

Queda su madre, que cada día acude al cementerio y tiene un dolor que, como dice Oscar, le muerde el corazón. Y queda Óscar Sanz Cancelas, el hermano pequeño de Juan Carlos Sanz, que seguirá luchando porque se haga justicia. Solo quiere que se escuche a las dos personas que han contado que estuvieron allí cuando mataron a su hermano.

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