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TERRITORIO NEGRO

Territorio Negro: Ana Orantes, la mujer que puso nombre a la violencia de género

Hace 22 años, nadie hablaba de violencia machista, ni de violencia de género, ni de violencia doméstica. Son términos que se acuñaron y que comenzaron a extenderse después del asesinato de Ana Orantes, la mujer de vamos a hablar en Territorio Negro. Ana era una mujer maltratada, que se atrevió a romper su silencio de décadas y salió en televisión para contar años de palizas, malos tratos y vejaciones. Dos semanas después fue quemada viva por su marido, un salvaje llamado José Parejo, alias Tarzán. Hace unos días, el Ayuntamiento de Sevilla anunció que una calle o una plaza de la ciudad llevará el nombre de Ana Orantes. Será la primera víctima de la violencia de género que tendrá una vía en una capital de provincia española.

Luis Rendueles y Manu Marlasca |  Madrid |  29/01/2019

El 4 de diciembre de 1997, Ana Orantes, rompió su silencio en el programa de Canal Sur De tarde en tarde, presentado por Irma Soriano.

Ana Orantes Ruiz, entonces una mujer de sesenta años, estuvo cuarenta minutos hablando, narrando detalladamente los cuarenta años de infierno diario al lado de José Parejo, un albañil apodado Tarzán con el que casó en 1955. La noche de bodas, contó, recibió la primera de las muchas palizas que Parejo la propinó. En cuatro décadas de matrimonio, Ana tuvo once hijos, que también fueron víctimas de su padre. La mujer contó en televisión que también ellos recibieron golpes, las hijas sufrieron abusos sexuales y hasta alguna nieta corrió la misma suerte

Ana contó ese día que algunas de las palizas de su marido la dejaban sin sentido y que él le hacía el boca a boca para que se recuperase y poder seguir pegándola. No la dejaba acudir a clases para adultos para aprender a leer y a escribir –era analfabeta–, le prohibía acudir a las bodas de sus hijos, le cortaba el pelo casi al cero cuando regresaba de la peluquería, a sus hijos no les dejaba encender la luz para estudiar cuando se iba la luz… La casa de Parejo era lo más parecido a un infierno, en el que se imponía su régimen de terror.

Pero llegó el día en el que esta mujer dijo basta. Y pidió la separación. Pasaron cuarenta años y muchas palizas. Los hijos del matrimonio fueron saliendo de casa –algunos porque se casaban muy jóvenes y otros porque Tarzán los echababa–. Francisco, el menor de los hijos, fue el último al que echó en agosto de 1996, después de que el chaval preparase unos tomates rellenos para la cena. Le hizo salir a patadas de casa, diciéndole que había estropeado los tomates y propinó una nueva tunda a su esposa, cuando ella salió en defensa de su hijo. Ese día, Ana no pudo más y solicitó la separación, al mismo tiempo que por primera vez denunciaba a su marido.

¿Esa solicitud alimentó la ira del monstruo que esa mujer tenía por marido? En principio, no, seguramente porque en ese momento José se había echado una novia. El matrimonio acudió a un abogado, que les propuso una peculiar solución que ratificó el juzgado. Como el único bien que tenía la pareja era la casa de Cúllar Vega en la que residían, Parejo se quedaría en la parte de abajo de la casas y Ana en la de arriba, junto a sus hijos menores, Raquel y Fran. Pese a que tenían cerraduras propias, el miedo seguía presente entre ellos, que se cruzaban permanentemente con Tarzán y al que oían rondar. A veces, metía a su perro en el corral de las gallinas que Ana cuidaba para que matase a algunas y la insultaba constantemente.

No tenían medios económicos para que José Parejo abandonase esa casa o de que su mujer y sus hijos se marchasen, tampoco familiares que los acogiesen y en esos tiempos ni se había oído hablar de los pisos de acogida y menos en un pueblecito de la sierra granadina. Parejo pidió a su mujer y a sus dos hijos, estudiantes, seis millones de pesetas (36.000 euros) a cambio de marcharse. Él cobraba una pensión de 50.000 pesetas (300 euros), de la que entregaba 15.000 (90 euros) a su mujer. Así que tampoco tenia medios para irse.

Y esta mujer, que llevaba cuarenta años molida a palos, obligada a convivir en el mismo inmueble que su torturador, tuvo los arrestos suficientes para contar a toda Andalucía el infierno en el que había vivido.

Años después, su hija Raquel nos contó que a la mujer le hacía ilusión conocer la tele y que, además, vio la oportunidad de desahogarse, de tener un altavoz en el que contar el sufrimiento que en ese momento solo conocían ella misma y sus hijos. La entrevista dejó boquiabierta a toda Andalucía y a buena parte de España, que por primera vez escuchó el crudo relato de lo que era vivir con un maltratador. También se escuchó, naturalmente, en el pueblo en el que vivían, Cúllar Vega.

Pasaron trece días entre la emisión del programa y el asesinato de Ana. Un tiempo en el que José Parejo vio las miradas que le lanzaban sus vecinos, los mismos que eran conocedores de lo que pasaba en su casa y que ahora, tras la aparición de Ana en televisión, le negaban el saludo o evitaban hablar con él. Como dijo su abogado en el juicio, el programa de Canal Sur supuso la muerte social de Parejo. Algunos vecinos le oyeron rumiar venganza y a otros les reconoció que todo lo que la mujer contó era verdad, que la había pegado, pero porque se lo merecía, porque era una puta.

El juez de paz de Cúllar Vega, Gerardo Moreno, lo llamó a su despacho poco después del programa y le advirtió de que no hiciese nada contra Ana e incluso le sugirió que acudiese a la televisión para dar su versión, pero Tarzán le dijo que eso no era lo suyo. Y el 17 de diciembre, trece días después de que Ana saliese en Canal Sur, José tuvo que ir al juzgado de Santafé, donde le informaron de la denuncia que su mujer había presentado contra él.

No era la primera denuncia, porque desde que en agosto del año anterior, Ana pidió la separación, le había denunciado varias veces. En ese caso, se trataba de un episodio ocurrido el 22 de agosto de 1997. Parejo llegó enfurecido a su casa, golpeó con una tabla la cancela de entrada a la casa, pateó el coche de su hijo, destrozó a ladrillazos los huevos de las gallinas de Ana y antes de marcharse, cortó el fluido eléctrico correspondiente a la planta donde vivían su mujer y sus hijos. José salió de casa y cuando vio que sus hijos abandonaban la vivienda para pedir ayuda, la llamó por teléfono y le dijo: “Ahora que estás sola en casa, te tengo que matar, puta”. Ese 17 de diciembre, Tarzán conoció la denuncia, pidió perdón y dijo que esperaría la multa que el magistrado le anunció.

Pero en su cabeza, ese 17 de diciembre, ya rondaba lo que le iba a hacer a su mujer. Pensemos que este hombre llevaba cuarenta años haciendo lo mismo, sin ninguna consecuencia para él. Y en pocos meses, su mujer le pidió la separación, le quería echar de casa, le denunció varias veces y salió en televisión contando lo que había padecido… Aquella denuncia debió de ser el clic definitivo. Al regresar de Santafé, compró un paquete de tabaco y echó un boleto de lotería en un bar del pueblo. Después, se fue a su casa –Ana estaba haciendo la compra–, limpió una máquina cortacésped, la echó gasolina y apartó un litro de combustible en una botella que escondió tras un macetero.

Y allí, tras hacer algo tan banal como echar una primitiva, esperó a Ana para matarla. Matar a su mujer fue algo tan cotidiano como echar un boleto de lotería. Esperó pacientemente una hora a que la mujer regresara a casa y cuando llegó, aprovechando que tenía que coger unas bolsas antes de subir a la planta de arriba, le vertió el litro de gasolina que había apartado y la prendió fuego. Ana gritó mientras moría abrasada viva en el patio de su casa. Una vecina contó a la Guardia Civil que pudo observar cómo José miraba tranquilamente a su mujer agonizando, mientras tenía una manguera al lado. El cuerpo sin vida de Ana fue descubierto por una de sus nietas, una cría de doce años que encontró a su abuela achicharrada cuando regresaba del colegio.

Era la hora de comer y sabía que no había nadie en el cuartel de la Guardia Civil, así que hizo tiempo en un bar antes de entregarse y contar que había matado a su esposa. Entre lágrimas, se inventó una justificación. Le dijo a los agentes, quizás buscando su complicidad, que al pasar junto a él, la mujer le había dicho: “me cago en tu puta madre y después de muerta, pisoteada”. Parejo dijo que no pudo aguantar esa ofensa a su madre fallecida y que perdió la cabeza.

Nadie creyó esa versión, que él fue refinando hasta llegar a la vista oral, donde se presentó, poco más o menos, como una víctima de toda su familia. Dijo que todos estaban contra él, que las denuncias eran falsas, que lo querían echar de casa y argumentó que nunca quiso matar a su mujer, que fue un arrebato y que, de hecho, intentó salvarle la vida echándole agua con la manguera del patio. Hizo una puesta en escena perfecta, llorando y pidiendo la pena de muerte para él mismo. Los agentes de la Guardia Civil y los forenses echaron por tierra su testimonio cuando contaron que al llegar a la escena, la manguera estaba perfectamente enrollada y que las quemaduras de Ana demostraban que le habían arrojado la gasolina por la espalda.

Todos los forenses coincidieron en que José Parejo no padecía ninguna enfermedad mental, ningún trastorno, nada que no lo hiciese igual que el resto de los hombres. Uno de los psiquiatras, Jorge Núñez de Arco, contó al tribunal que Parejo no era un enfermo mental, sino un hombre de campo de hace treinta años –ya cincuenta–. El forense explicó que para él no era malo pegar a su mujer y a todos sus hijos, porque todos sus amigos lo hacían y contó como Parejo no comprendía como muchos años atrás, un guardia civil le había regañado por esa costumbre tan fea de dar palizas a su mujer en un tipo tan sano como él.

¿Qué pena recayó sobre Parejo? Diecisiete años de prisión, de los que solo cumplió siete, porque el 15 de noviembre de 2004 falleció de un infarto, a los 69 años, en la prisión granadina de Albolote, para tranquilidad de sus hijos, que alguna vez nos contaron que temían el momento en el que Parejo saliese de la cárcel. Los ocho hijos que vivían en el momento del crimen –tenían entre 40 y 19 años en ese momento– se quitaron el apellido de su padre y ahora se apellidan Orantes. Han querido borrar cualquier huella del hombre que les torturó y que acabó matando a su madre. Solo uno de ellos le visitaba en prisión mientras cumplió su condena, pero ninguno acudió a su entierro.

Este crimen lo cambió todo. Ana fue la víctima número 59 de la violencia machista en ese año, 1997, cuando nadie llamaba a esos crímenes violencia machista. La crueldad de su muerte y, sobre todo, el hecho de que hubiese relatado en televisión los cuarenta años de torturas que padeció, hizo que todo el mundo se pusiese manos a la obra. La ley integral contra la violencia de género, puesta en marcha en 2004, en Estados Unidos llevaría el nombre de Ana Orantes, pero aquí no solemos hacer eso. El crimen de Ana golpeó a casi todos los sectores de la sociedad y decimos casi todos, porque el entonces vicepresidente del Gobierno, Francisco Álvarez Cascos, dijo que el asesinato de Ana había sido un caso aislado obra de un excéntrico.

Y ahora, Ana Orantes ha vuelto a la actualidad porque el Ayuntamiento de Sevilla ha decidido homenajearla con una calle o una plaza que llevará su nombre.

Cúllar Vega –el pueblo donde tuvo lugar el crimen– y La Zubia, una localidad cercana, ya tienen calles con el nombre de Ana Orantes. Hace unas semanas, el pleno del Ayuntamiento de Sevilla aprobó por unanimidad una propuesta del grupo Participa Sevilla para poner el nombre de Ana Orantes a una calle o a una plaza de las que cambiarán de denominación en cumplimiento de la ley de memoria histórica. Se convertirá así en la primera víctima de la violencia machista en tener una vía con su nombre en una capital de provincia.