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Por el profesor y escritor Javier Arias Artacho
Según el último informe de la OCDE, España continúa a la cabeza de jóvenes que ni estudian ni trabajan. Me refiero a los que llamamos “ninis”, los que viven del cuento, de sus padres o de alguna subvención, vaya uno a saber. Este hecho es paradójico cuando existe un 10% de desempleo en el país y cuesta cubrir la demanda de trabajo en hostelería, trasporte e industria, entre otros sectores. Al mismo tiempo, el informe también advierte de que uno de cada tres adultos tiene baja comprensión lectora, aun siendo España uno de los países del mundo que cuenta con más títulos universitarios que la media de países avanzados. Evidentemente, el aumento de la carga lectiva en los últimos años, el abaratamiento del aprobado y la falta de autoridad del profesorado no están repercutiendo de una forma general en la formación de nuestra sociedad. Es un hecho a reflexionar.
No deja de ser un panorama de contrastes absurdos, pero que, bajo mi punto de vista, no los son tanto. La sociedad en que vivimos se ha vuelto superficial, aparente y fofa en valores, donde nos preocupamos más en aparentar que en ser, y en disfrutar más que en trabajar. Pero la apariencia es como ese papel regalo reluciente que tarde o temprano deja al descubierto ese obsequio a veces ramplón y corriente. Y al parecer, cada vez tenemos más mediocridad barnizada de estudios, donde la lectura se suple con Netflix y la información con tik tok.
Es por ello queen la política persiguen tanto ese “relato” y no la verdad. Lamentablemente, los gurús que dirigen los partidos cuentan con que una mayoría importante se dejará encandilar por la apariencia de las cosas y, mientras los vendedores de humo progresan, el cándido verá lo que le quieran mostrar. En la política ya cuentan con esa sociedad plana que se suma como borregos a las mentiras y al engaño. Es un modus vivendi que funciona porque hace más fácil manipular a la masa.
No sé qué pensarán mis oyentes y lectores, pero cuando veo a nuestro presidente salir airoso de sus mentiras, me viene a la cabeza esta reflexión. Una inmensa masa secunda esos “jamás” que acaban siendo, más bien, “unas cuantas veces”; eso clásicos “yo no sabía nada” que se acaban convirtiendo en un “yo fui el líder que lo consintió todo”, un clásico, por cierto, que ya utilizaron los expresidentes Felipe González y Mariano Rajoy. Y qué decir de esas absurdas encuestas del CIS que otorgan 9 puntos de ventaja al partido de gobierno, al mismo tiempo que se sabe y se refleja el momento de más impopularidad de nuestro presidente. ¿Y la afirmación demagógica de que se puede ganar lo mismo trabajando menos en España? Esa es para nota, como “ese todos están contra mí”, incluso los jueces. Nada de esto tiene especial repercusión entre sus fieles. Solo el relato.
Pues eso, amigos, como gritaban en el siglo XIX los que querían que regresara el rey absolutista Fernando VII, “¡que vivan las cadenas!”. Siento que aquí lo importante ya no es lo importante y que, como se titulaba la película de los hermanos Coen, este “no es país para viejos”, sino para tontos.

