Subirse cada día a más de 200 metros de altura para limpiar los cristales de los rascacielos de Madrid no es un trabajo para cualquiera. En la sección "Currarse Madrid", que dirige Irene Calderón en Más de uno Madrid con Pepa Gea, hemos conocido uno de los oficios más impresionantes (y vertiginosos) de la ciudad: el de los técnicos que limpian por fuera los grandes edificios, como las Torres Kio o la Torre Cristal.
El pánico es lo peor
El responsable de la empresa Cogomil, Agustín Ortiz, explica que para dedicarse a este trabajo "lo primero es que no te pueda la sensación de pánico". Asegura que el miedo se vence "con la experiencia, la seriedad y la confianza en el equipo", ya que "en situaciones de riesgo lo peor de todo es el pánico".
Estos trabajadores se suben a góndolas o cestas suspendidas desde las azoteas de los rascacielos. "Todos los modelos de góndolas que fabricamos tienen un sistema de autorrescate", detalla Ortiz. En caso de emergencia, el operario puede comunicarse con el equipo desde la propia cesta y accionar una palanca que permite descender "hasta llegar a cota cero".
El viento lo complica todo
El principal enemigo, según cuenta, es el viento. "A veces estás a 150 metros de altura y de repente las rachas cambian sin previo aviso. No se pueden predecir igual que en tierra, y ese es nuestro talón de Aquiles", reconoce. También sufren el frío, el calor y la lluvia, que obligan a interrumpir el trabajo durante días.
La jornada dura ocho horas, con descansos en suspensión, y limpiar por completo un edificio puede llevar entre cinco y seis meses. No comen colgados en el aire: "Está comprobado que la mayoría de accidentes ocurren después de comer, así que lo evitamos", explica.
¿Y si tienen que ir al baño?
Y sobre algo tan humano como ir al baño, Ortiz confiesa con humor: "Intentamos llevar los deberes hechos por la mañana, pero si hace falta, se baja o se sube hasta el baño".
Pese a las dificultades, Agustín Ortiz no cambiaría su profesión por nada. Después de haberse subido a más de mil edificios, dentro y fuera de Madrid, lo tiene claro: "Lo mejor es la sensación de libertad. Estar ahí fuera, a 250 metros, viendo la ciudad como si fuera una maqueta… es una sensación única".
