La infidelidad ya no es solo aquello que ocurre a escondidas en sábanas ajenas. Aunque las definiciones científicas clásicas la asocian al sexo o al vínculo amoroso fuera de una relación comprometida y “exclusiva”, esa frontera empieza a difuminarse. Hoy, el propio concepto de exclusividad –durante décadas indiscutido– está en el centro del debate.
Las parejas abiertas, poliamorosas y, en general, las que mantienen relaciones no monogámicas consensuadas –estos términos no son realmente equivalentes y pueden indicar diferentes tipos de acuerdos en la relación, aunque aquí se tomarán indistintamente, pues se plantea una comparación entre formas convencionales de relación (monogamia) y el resto– harían saltar por los aires esta conceptualización. ¿Podríamos suponer entonces que no deberían sufrir nunca una infidelidad?
De acuerdo con la psicoterapeuta belga experta en el campo de las relaciones sentimentales Esther Perel, las infidelidades siempre reúnen tres componentes: secretismo, alquimia sexual e implicación emocional.
Hay que tener presente que hablamos del sentimiento de infidelidad, más que de unos hechos objetivos que podrían concurrir en el caso. Si se aceptan estas premisas, es posible que los miembros de una pareja abierta sufran, igual que los de una monogámica, este tipo de sentimiento. Pues aunque admitirían el deseo sexual hacia otra persona –e incluso cierto grado de implicación afectiva en el poliamor–, si este se oculta o no se explicita estaría produciéndose un engaño equivalente al de la infidelidad convencional.
“Sexo sí, pero nada de quedar luego”
Y, muchas veces, esa es la cuestión: por una u otra razón no se cumplen las reglas o los acuerdos establecidos en una pareja poliamorosa y que podrían ir del “sexo sí, pero nada de quedar luego” al “tengo que saberlo primero”, el “tengo que conocerla/o antes”, el “solo teniendo un encuentro, no repetidos” o “sin intercambio de mensajes”.
Estas y tantas otras normas tratan de ayudar a controlar los celos, los sentimientos de distanciamiento, la pérdida de una relación privilegiada frente a otras personas. O sea que, frente al acuerdo, normalmente tácito, de la relación tradicional (no hay sexo fuera de la pareja), en la pareja abierta ese pacto sería siempre explícito y más detallado.
Sin embargo, aunque se hayan establecido unas normas, ¿resulta posible desprenderse de los sentimientos de posesividad cuando la pareja está manteniendo relaciones sexuales con otra persona? Esta cuestión reabre el viejo tema de si la monogamia es algo natural para la especie humana o, únicamente, producto de las estructuras sociales, de nuestra inculturación. Probablemente, este debate sea tan estéril como tantos otros en los que se contrapone el nuture-narture (lo innato frente a lo aprendido).
Como afirma el/la psicólogo/a y activista Meg-John Barker, “la manera en que conformamos una relación está influida por una compleja red de factores biológicos, psicológicos y sociales que resulta imposible de desenredar”.
La clave está en cómo manejar el deseo
Indudablemente, el deseo o impulso sexual es algo natural, pero cómo lo manejemos y hacia dónde lo dirijamos es algo que no puede desvincularse de nuestra educación. Ocurre lo mismo con el apetito y la necesidad de comer: lo innato es el impulso por nutrirnos, pero lo trascendemos y creamos el arte gastronómico. Plantear, por tanto, que somos polígamos por naturaleza, por razones evolutivas, por impulsos biológicos o por pulsiones primarias siempre va a ser objeto de un debate simplificador.
En el libro Infidelidad. Una mirada contextual he planteado que esta es multicausal y dependiente del contexto. Que es reduccionista achacarla tanto a la propia forma de ser del “infiel” (su personalidad, impulsividad, problemas psicológicos, autoestima, niveles hormonales, deseo y frustración sexual, mala gestión emocional…) como a su educación y aprendizajes, a la mala relación con la pareja actual o a las experiencias con las anteriores, a las oportunidades disponibles, al consumo de alcohol u otras sustancias, al atractivo de la tercera persona o al ambiente en el que se está.
El fenómeno tiene que ver con todos estos factores y también con muchos otros, en un marco vital determinado y en un momento dado. Solo ese amplio análisis puede darnos una pintura acabada y, naturalmente, nada de esto es exclusivo de las parejas monógamas.
Dado que en las parejas poliamorosas la infidelidad se entendería como la ruptura de los consensos y las reglas sobre cuándo o cómo mantener otras relaciones sexuales, es difícil compararlo con la de las tradicionales y no hay estudios propiamente dichos sobre el malestar que provoca.
Sin embargo, algunas investigaciones sobre satisfacción con la pareja apuntan a que las relaciones abiertas serían igual de gratificantes que las monogámicas. No obstante, hay una notable controversia sobre su continuidad o estabilidad, pues varios trabajos señalan que estas parejas se enfrentan a un mayor esfuerzo emocional, comunicativo y de gestión de tiempo; y también a dificultades externas (el estigma social y el rechazo en un contexto cultural mononormativo).
Con todo, la escasa bibliografía que existe al respecto no permite extraer conclusiones certeras. Por otro lado, siempre resultará cuestionable si el consenso es semejante para las dos personas o una se está plegando a los deseos de la otra en aras de perpetuar la relación.
Además, de acuerdo con las manifestaciones de los participantes en las encuestas, los practicantes de las relaciones poliamorosas se identifican predominantemente con un tipo muy determinado de perfil (jóvenes, bisexuales, votantes de izquierda y agnósticos o ateos).
Manejo de emociones e infidelidad
En suma, las parejas poliamorosas podrían tener tantas dificultades en el manejo de sus emociones sobre la infidelidad como el resto. Seguramente, no las mismas, pero de lo que se trata es de entender que no se puede escapar de la infidelidad sencillamente optando por una forma de relación de pareja. La atracción de la transgresión de las normas es universal y las habilidades comunicativas, la asertividad, la templanza, el coraje para decir la verdad de lo que se siente nunca puede garantizarse, por muy comprometido que se esté con un modelo relacional.
Al fin, parece que no deja de ser verdad el viejo adagio: cambiar de pareja (o, en este caso, de estilo de pareja) no supone dejar de tener problemas, solo supone cambiar de problemas.
Jorge Barraca, Profesor de Psicología, Universidad Camilo José Cela
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

